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Domingo, 3 de julio de 2005

VARIACIONES SOBRE UN TEMA DE ADORNO

La secuela de Frankfurt

 Por Juan Sasturain

Sobre el final de su ensayo “La crítica cultural y la sociedad”, reunido en Prismas, de 1955, Adorno –Theodor W., no Ramón Toribio, el que jugaba en Independiente– afirmó famosamente que después de (lo que pasó en) Auschwitz escribir un poema era un acto de barbarie. Y en algún otro lugar fue aún más contundente: “No se puede escribir poesía después de Auschwitz”. Es decir: no hay forma decente de hacerse el distraído tras el horror.

Cabe recordar que la celebérrima Escuela de Frankfurt –de cuya primera generación el mismo Theodor W., Horkheimer, Benjamin y Marcuse fueron miembros conspicuos– anatemizó las consecuencias múltiples y totalitarias de la razón iluminista y, entre ellas, los excesos y fundamentos mismos de la llamada cultura de masas. Sobre todo el consecuente Theodor W., enemigo número uno de la que bautizó con precisa repugnancia “industria cultural”. Adorno, a diferencia de Benjamin, que sutilizó el análisis de la obra de arte en su etapa de reproducción mecánica, aparece adscripto sin ambages al bando de los apocalípticos, según la partición establecida por Eco hace cuatro décadas. De la música popular a los discos mismos; de la televisión a los deportes profesionales y masivos, nada zafó de su mirada flamígera. Digamos, siguiéndolo, ya un poco más lejos: después de Auschwitz, cómo se puede ir a la cancha o encender la tele sin (ser o) sentirse cómplice de la barbarie.

Todo esto viene a cuento (o no viene, pero el hecho se produjo) a partir de una cadena de asociaciones que vinculó –en nuestros alienados espíritus perturbados por el desasosiego– la Escuela de Frankfurt con las secuelas de Frankfurt, Adorno con Pekerman, el horror inconcebible de Auschwitz con la (módica) catástrofe deportiva de la final de la Copa de las Confederaciones: “¿Se puede seguir escribiendo de fútbol después de (lo que nos pasó en) Frankfurt?”. Guardando las aterradoras distancias y sin trivializar el mal ni el horror: no hay forma decente de hacerse el distraído después del 1-4 –con largos minutos en que nos hicieron precio– padecido ante Brasil.

Sentados sobre ineficaces almohadones, con la mirada en el vacío, sólo atinamos a callar. Y está bien. Para el país futbolero al que pertenecemos, esa enferma grey que pone en la pelotita y los colores quien sabe qué ansiedades y valores, fue una de esas derrotas que, superficialmente y a la luz del sentido común, no debería ser exagerada en su importancia y sus efectos: perdimos holgado como habíamos ganado cómodos semanas atrás. No fuimos Gardel entonces, no nos cabe Devoto ahora. Hubo hechos puntuales: porcentaje de aciertos inusuales en ellos, errores tácticos y falencias físicas nuestras. La próxima vez puede ser distinto: si Román, si Pablito, si Mascherano, si el nene Messi, si otro arquero, si Crespo... Es cierto. También es cierto que esa lectura racional y posibilista no le alcanza a nuestro sensible corazón.

La sensación es que más allá del porrazo, proporcional a la altura desde la que nos despeñamos, le vimos la cara al Límite. Experimentamos la diferencia que hay entre tropezón y Caída.

Por eso no se puede –por ahora y sin Adorno posible– hablar de fútbol después de Frankfurt.

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