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Domingo, 28 de julio de 2002

AGIT-PROP

Tomar la calle

Recién llegados de Canadá, donde animaron una protesta contra el Grupo de los Ocho, dos compañías internacionales de arte callejero y política (la Bread and Puppet Theater y Art and Revolution) desembarcaron en Buenos Aires para sumarse a una marcha en homenaje a los muertos de Puente Poeyrredón. Hoy a las 14 vuelven a golpear en Parque Saavedra, junto con la asamblea de vecinos de la zona. Quiénes son y qué hacen estos neoagitadores para quienes “la función del arte es hacer que la revolución sea irresistible”.

Por Cecilia Sosa

Muñecos de cartón gigantes, piqueteros, asambleístas y policías con ojos desbocados, sospechosamente parecidos a los del comisario Fanchiotti. Un mural gigante, hecho a base de papel, cartón y palos, detiene el paso de la multitud. “Piquete y cacerola, la lucha es una sola”: el canto se hace más fuerte y el muro cae, descubriendo un rostro gigante con brazos que se alzan, abiertos, a ambos lados. En una mano, una goma; en la otra, una cacerola.
A un mes del asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, una marcha-homenaje a la estación de trenes de Avellaneda se vio inundada por una nueva ingeniería teatral que compitió con las tradicionales capuchas piqueteras. Las máscaras danzantes se mezclaron y confundieron con las banderas y consignas políticas. Por primera vez, el barrio de Avellaneda se transformó en el escenario de una performance política globalofóbica. Y Kosteki y Santillán pasaron a ser émulos de Carlo Giuliani, primer mártir del movimiento, asesinado en julio pasado en la cumbre de Génova.
Es que los pilares de la performance fueron dos compañías de arte y política de renombre internacional: la Bread and Puppet Theater, el grupo norteamericano que ganó fama por los muñecos gigantes con que participó en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, y Art and Revolution, un movimiento de arte, política, pop y activismo urbano con sede en San Francisco, cada vez más sensible a eventuales inspiraciones latinoamericanas, cuya consigna reza así: “El rol del arte revolucionario es hacer que la revolución sea irresistible”.
Sus enviados, llegados especialmente para la organización del acto de homenaje, son David Solñit, de 38 años, Graciela Monteagudo, de 43, y Jan Monteagudo Hesse, de seis y medio. Hoy harán una nueva intervención pública en Parque Saavedra, junto con la asamblea de vecinos de la zona. El show comienza a las 14 en la Plaza del Aguante del Parque, en Roque Pérez y García del Río.
El reflujo post 11 de setiembre enfrió bastante las acciones del movimiento que en los ‘90 comenzó a recorrer el mundo, sitiando las cumbres de los organismos internacionales, y enfatizó la urgencia del “Pensar global, resistir local”. Las grietas quedaron abiertas para la exploración de latitudes remotas, ajenas –al menos por el momento– a la criminalización que terminó amenazando, a raíz de los atentados, a todo acto de disidencia en territorio de Estados Unidos.
Así como algunas semanas atrás se trasladaron a Calgary, Canadá, para participar de una manifestación contra el Grupo de los Ocho, ahora los artistas desembarcaron en el ex Banco Mayo, donde lleva un mes haciendo pie la asamblea de vecinos de Parque Lezama.
“Es muy importante aprender qué está pasando en la Argentina. Las asambleas y los piqueteros son una inspiración muy importante para los movimientos de Estados Unidos”, confiesa David Solñit, mientras recorre las páginas de la carpeta que atesora imágenes de las intervenciones del grupo: Seattle, 1999; Escuela de las Américas, 2001; Berkeley, 2001; San Francisco, 2001; Israel, febrero 2002; Calgary, 2002. Algunos de los blancos: las reuniones del ALCA, el FMI, la World Trade Union, el Grupo de los Ocho.
Graciela Monteagudo es argentina, pero desde el ‘94 vive en Vermont. Allí se unió al Bread and Puppet Theater; allí dejó de lamentar la única materia que le faltaba para terminar la carrera de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y se dedicó a un rubro a medida: un master en Bellas Artes con especialización en “Teatro callejero y trabajo comunitario para construir objetos para protestas políticas” en la Universidad de Goddard.
Aunque llegaron hace algunos días a Buenos Aires, ninguno parece tener conciencia exacta del día en que viven. Todo gira alrededor del reciclado,las pinturas y los sucesivos encuentros con los organizadores locales para ultimar detalles de los shows. El brainstorming los llevó a compartir herramientas con los titiriteros del Centro Cultural Sur y a convivir durante dos días con los piqueteros de la Coordinadora Aníbal Verón. “Dormimos, comimos y trabajamos dos días con las mujeres, los chicos, los hombres. Son muy inspiradores: están creando alternativas para cuidarse entre ellos con muy poquito”, dice David sentado en el piso, entre latas, cartones y muñecos, en la planta superior del banco, donde se ha improvisado un taller. “Para que nuestros movimientos de cambio social se vuelvan masivos, es crucial desarrollar nuevas formas de resistencia que resulten estimulantes para la gente. El zapatismo, en ese sentido, fue una inspiración muy fuerte.”
Ya tienen aceitado el modus operandi: los artistas llegan a cada nueva ciudad algunos días antes del acto y se contactan con los organizadores locales. “Decidimos qué vamos a hacer de manera horizontal, en grupos de trabajo. Para nosotros lo importante no es traer un acto armado sino que le gente se exprese a través del arte”, dice Graciela. David, experto en carpintería, trabaja en la organización de workshops en Educación Popular y en Desobediencia Civil Pacífica; allí enseña, por ejemplo, cómo utilizar el cuerpo como escudo para bloquear el paso de delegados y policías a congresos. Líneas para entrenadores en acciones directas no violentas es el título de un correo electrónico que recibió en los últimos días.
“En el arte la gente se organiza sin jefe: no reproduce el sistema de los gobiernos y las empresas, sino que ejercita la democracia directa. La gente tiene que organizarse por su cuenta para encontrar alternativas; si no, los devora el sistema corporativo y jerárquico”, dice el entrenador. El arte, coinciden ambos, puede también ayudar a resistir las estrategias criminalizadoras de los gobiernos. “Al teatralizar la política, a los gobiernos se les hace más difícil imponer la idea de que los manifestantes son terroristas.”
Graciela se graduó en Vermont, sin campus, galeras ni diplomas. Parte de su tesis fue una intervención en homenaje a las Madres de Plaza de Mayo en Viecques, Puerto Rico, un pueblo de la isla que la marina norteamericana utiliza como escenario de pruebas militares. Con ese background volvió dos veces a la Argentina: en el ‘96, cuando se cumplieron 20 años del golpe militar, y en el ‘98, cuando la agrupación H.I.J.O.S. los convocó para participar de un escrache a Etchecolatz.
En febrero, grupos de derechos humanos, trabajadores, ecologistas, zapatistas y homosexuales coincidieron en la manifestación contra el Foro Económico Mundial que se realizaba en Nueva York en paralelo al Foro Social de Porto Alegre. “El colapso económico argentino coincidió con la bancarrota del Grupo Enron, que hizo quebrar a un montón de ahorristas norteamericanos. Una de las consignas fue ‘Ellos son todos Enron, nosotros somos todos Argentina’”, dice David. Y agrega: “Hace 6 años sentíamos que no teníamos de quién aprender. Ahora nos llaman de todos lados”.

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Graciela Monteagudo, Matías Bernal, David Solñit y, abajo a la derecha, Jan Monteagudo Hesse.
 
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