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Domingo, 28 de julio de 2002

MUSICA

Los hermanos escoceses

Dos recientes compilados de grandes éxitos resumen vida y obra de las dos bandas de hermanos más célebres que haya dado el rock Made in Scotland. 21 Singles condensa la energía, la sensibilidad tumultuosa y las averías de Jim y William Reid, de Jesus & Mary Chain; The Best of..., las melodías, el clasicismo sereno y las veleidades cancheras de Charlie y Craig Reid, de The Proclaimers. Rodrigo Fresán evalúa dos trayectorias paralelas que comparten un mismo apellido, un mismo culto –la honestidad– y una patria sorprendentemente fértil a la hora del rock y el pop.

 Por Rodrigo Fresán

Algo especial debe tener el aire de Escocia. O tal vez tenga que ver con el monstruoso Macbeth o con el monstruo Nessie. No importa. Lo cierto es que las Highlands no sólo son el verde y florido “Jardín de Inglaterra” (rótulo que los escoceses detestan, obviamente) sino que también –Glasgow y Edinburgo en especial– son tierra fértil a la hora del rock y del pop. Allí nacieron David Byrne, John Cale, Donovan, Alex Harvey, John Martyn, Annie Lennox, Mike Scott y Mark Knopfler. Allí se formaron bandas como los Bay City Rollers, The Incredible String Band, Lloyd Cole and The Commotions, Teenage Fanclub, Simple Minds, The Beta Band, Travis, Mogwai, Primal Scream, Arab Strap, Belle and Sebastian, Associates y Orange Juice... Unos mejores que otros, sí, pero todos Made in Scotland. Y allí nacieron una pareja de hermanos y otra pareja de hermanos, en dos familias diferentes, pero con el mismo apellido: Reid. Jim y William por un lado, y Craig y Charlie por el otro. Y en los ochenta, cuando fueron más o menos grandes, se dedicaron a la música con modales opuestos, como bien lo atestiguan sendos compacts modelo Grandes Éxitos, editados simultáneamente por estos días con títulos tan inocurrentes como ocurrente es la música que traen adentro. El de Jim y William se titula 21 Singles, y el de Craig y Charlie The Best of... O tal vez no sean tan diferentes, después de todo. La misma energía ahí. En cualquier caso, no sé por qué –yo, que tuve la suerte de verlos en vivo a unos y a otros–, no creo que The Jesus & Mary Chain y The Proclaimers sean primos...

PELO
Lo primero que uno veía de los primeros hermanos Reid era el pelo. Estilo Robert “The Cure” Smith, pero menos elaborado. El pelo les crecía así y así quedaba: sucio y electrizado, como electrizada y sucia era su música, y quién puede olvidarse de la primera vez que escuchó Psychocandy, el debut de 1985 de The Jesus & Mary Chain. El nombre de la banda salía de una frase pronunciada por Bing Crosby en una de esas películas en las que hacía de sacerdote cantarín, pero el sonido blasfemo surgía directamente de los infiernos de Phil Spector, The Velvet Underground y The Sex Pistols. Un muro de sonido y el feedback entendido como un instrumento más que apenas escondían elaboradas melodías dignas de los Beach Boys en sus momentos más perturbados. Recordar y volver a oír ahora ese marcial y ominoso arranque con “Just Like Honey” y hay momentos –es raro, pero a veces pasa– en que la música se las arregla para relativizar la idea del tiempo y ayer es hoy y mañana nunca se sabe.
Lo cierto es que Jim y William jamás pensaron en estar juntos en una banda. Usaban el mismo grabador para armar sus demos y alguien de una discográfica escuchó un casete con canciones de uno y de otro, y –recuerda hoy William– “nos obligaron a formar una banda y duró mucho más de lo que pensábamos”. Trece años más tarde, uno no soportaba al otro y el otro no soportaba a uno y –drogas y alcohol mediante– los dos se autodestruían sobre un escenario y frente al público en un inolvidable concierto en la L.A. House of Blues luego de cantar su single “I Hate Rock and Roll”, donde se oye: “Amo a la BBC, amo cuando se mea en mí / Amo a la MTV, amo cuando se caga en mí”. El que también tuvieran un single con el nombre de “I Love Rock and Roll” no modificaba demasiado el panorama. Se empujaron mutuamente del escenario y acabaron a las patadas en el backstage, mientras algunos pedían la devolución del dinero de la entrada y otros se entusiasmaban por haber sido testigos de un acontecimiento histórico.
A muchos les costó entender que The Jesus & Mary Chain –al igual que su adorada Velvet Underground– se hubiera permitido coquetear con el pop y el country luego del ruido blanco de Psychocandy. En especial a los que los habían consagrado como la fuerza revolucionaria y justiciera que fundía el avant-garde y el cuero negro con una sensibilidad curiosa ymelancólica a la que difícilmente accederán, hoy, imitadores como The Strokes y Black Rebel Motorcycle Club.
Entre el comienzo y el final pasaron varios discos y varias cosas; entre ellas, un inolvidable concierto en Obras Sanitarias, donde la puesta de luces apuntaba y encandilaba al público y ellos eran sombras nada más –los entrevisté entonces y no fue sencillo arrancarles algo más que monosílabos–, y la invitación a Bob Dylan para que grabara y cantara un tema con ellos. Dylan aceptó, pero pidió que le faxearan la letra para aprendérsela. El requerimiento ofendió a los hermanos Reid, que –a modo de escarmiento– canjearon a Dylan por el desdentado cantante de The Pogues. 21 Singles viene con bastante furia de Psychocandy, pero también rescata momentos más reposados –“April Skies”, “Darklands”, “Sometimes Always”– que, por supuesto, no son otra cosa que la calma que precede a la tormenta. A estos hermanos desunidos no los devoraron los de afuera: se masticaron entre ellos solitos. Y crudos.

ANTEOJOS
Lo primero que uno ve de los hermanos Reid son los anteojos. Iguales, como ellos. Directamente heredados de Buddy Holly para encajar en dos rostros idénticos, eternamente juveniles y por siempre nerd. Y la música de los hermanos mellizos Reid es como sus anteojos: una música para la que los Beatles nunca existieron y Jerry Lee Lewis, Hank Williams y los Everly Brothers están más vigentes que nunca. Una música que –a diferencia de la de Jesus & Mary Chain– nunca estuvo de moda porque está fuera del tiempo y, por lo tanto, permanece ahí y difícilmente desaparezca. Ventajas de ser como ellos solos y, como bien escribió alguien, “nadie suena como The Proclaimers porque nadie quiere sonar como The Proclaimers” y, en las liner-notes del compact, Matt Lucas jura con valentía que “las canciones de The Proclaimers significan más para él que cualquier cosa de Morrissey y Cobain”. Y aquí vienen veinte canciones –tres nuevas, producidas por Edwyn Collins, entre las que se destaca la gloriosa “The Doodle Song”, más el cover del “King of the Road” de Roger Miller– extraídas de cuatro discos de entre 1987 y el 2001 en las que no se detectan ni mínimos cambios ni gestos evolutivos y experimentadores. Y está bien que así sea. El as en la manga de The Proclaimers radica en su férrea voluntad de no cambiar nunca. Ya tienen todo lo que necesitan: melodías simples y eficaces, letras sentidas y nunca sentimentaloides, y dos voces que fueron hechas para cantar juntas y no separarse nunca.
Eso les bastó para ser considerados héroes en su patria y rostros más que reconocibles de ese gran himno amoroso que es “I’m Gonna Be (500 Miles)”, que recorrió el mundo entero cuando salió como single y volvió a recorrerlo cuando la actriz Mary Stuart Masterton obligó a que lo incluyeran como tema principal e insignia del soundtrack de la película Benny & Joon. Canción casi de cancha. (Craig y Reid son hinchas patológicos del Hibernian Football Club, que los considera sus bardos oficiales; en 1990, el ya por entonces famoso Charlie se encadenó a las puertas del Bank of Scotland cuando el archirrival de su equipo, el Heart of Midlothian, amenazó con quedarse con sus colores. Ganó Charlie, y las respectivas hinchadas continúan odiándose desde veredas opuestas, como corresponde.) Canción ideal para cantar a los gritos por la calle, y con el discman puesto, eso de: “Pero yo caminaría 500 millas y caminaría 500 millas más sólo para ser el hombre que caminó 1000 millas para desmayarse frente a tu puerta”. Así es lo que cantan, y ya pueden imaginarse cómo suena: feliz, regocijada música de pub (semanas atrás pasaron por Barcelona para presentar en plan acústico sus grandes éxitos en un bar) para brindar en estado de gracia, sin que eso impida internarse en asuntos más serios como la historia de su país “invadido” por las pestes de EE.UU., las penurias del desempleo, la denuncia anticlerical (ser cristiano, pero no tomárselo tan en serio), la muerte de un padre y lo másimportante de todo: resistencia absoluta a corregir el fuerte acento escocés que exaltan en la eufórica “Throw the ‘R’ Away”. Pero el fuerte de Craig y Charlie son las canciones, esas que combinan cereales alcoholizados y hormonas alzadas y chicas a las que siempre hay que perseguir con el solo objetivo de declarárseles, llevarlas al registro civil (el gran momento epifánico para The Proclaimers: “Es sólo un papel pero dice: ‘Te amo’”, aúllan en “Let’s Get Married”), preñarlas rápido y fundar una alegre familia repleta de mellizos anteojudos. También hay canciones, no está de más aclararlo, sobre meterle los cuernos a la esposa.
Para el recién llegado al pub, The Best of... es una herramienta útil, pero lo cierto es que omite varias favoritas como “How Many Times”, “Then I Met you”, “Follow the Money”, “A Land Fit for Zeroes”, “One Too Many”, “Over and Done With”, “That’s when he Told her”, “She Arouses me so” y la que posiblemente sea la mejor canción antisuegra jamás escrita: “Don’t Turn Out like your Mother”. Lo indicado es comprarse This is the Story, Sunshine on Leith, Hit the Highway y Persevere para disfrutar de la obra completa de los poco prolíficos Craig y Charlie, quienes no sólo ya han prometido disco nuevo para el 2003 sino que, además, juran que difícilmente vayan a separarse algún día. Porque, ¿qué sentido tiene separarse de alguien que es exactamente igual a uno si, de cualquier modo, uno no puede dejar de mirarse al espejo todas las mañanas y pensar que se parece mucho, pero mucho a alguien?

PEINES Y CRISTALES ROTOS
La audición –espalda contra espalda o codo a codo– de 21 Singles y The Best of... ofrece el interesante panorama extremista, pero al mismo tiempo complementario, de dos grandes bandas de hermanos unidas por un país en el que la idea de la hermandad es importante y los corazones son siempre valientes. El rock es un poco como un país, como el país que lo contiene (y ya han visto cómo es el rock argentino chabonoide). El rock está lleno de fronteras y de códigos, y de hermanos que se quieren y hermanos que se odian, de hermanos de sangre y de mala sangre entre hermanos por apellido o por elección. El primer impulso a la hora de armar una banda es, claro, juntarse a compartir una visión única con varias cabezas y gargantas. The Jesus & Mary Chain murieron –William dixit– buscando “la pureza absoluta que se halla más allá del punk, en la honestidad absoluta; no importa tanto nuestro fracaso como las aspiraciones que nos llevaron a él”. The Proclaimers, sin buscarla, la encontraron desde el vamos y ahí están, ahí siguen. Tal vez unos y otros se encuentren algún día para peinarse o pisotearse los cristales. Tal vez no. Tal vez coincidan en un pub y brinden, juntos y por separado, por Escocia.
(Pecado terrible: para la tapa de Hit the Highway, Craig o Charlie –vaya uno a saber quién es quién– tuvieron la osadía de cambiar su modelo de anteojos. La situación volvió a la normalidad para la tapa de Persevere, dijeron Charlie o Craig, así que está todo perdonado. Por algo así, Jim y William –que por estos días volvieron a juntarse con la excusa de producir canciones para su hermanita menor Linda– se hubieran matado entre ellos, seguro.)

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Arriba, The Proclaimers. Abajo, Jesus & Mary Chain.
 
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