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Domingo, 7 de mayo de 2006

CINE > LA MARCHA DE LOS PINGüINOS

Esperanza es esa cosa con plumas

Los animales no paran: después de las emocionantes Tocando el cielo el año pasado y El camello que llora éste, el jueves que viene se estrena el documental sobre la larga y peligrosa marcha que emprenden en la Antártida los pingüinos emperadores para procrear. Y si usted obvia las voces y el relato en off, la película del biólogo francés Luc Jacquet es una conmovedora y descarnada celebración de la vida.

 Por Mariano Kairuz

Hay algo en el diseño de estos pajarracos de andar torpe, los pingüinos emperadores, que los hace cinematográficamente perfectos. Ese cuello flexible, que se dobla tan bien tanto para adelante como para atrás; el grisado de su plumaje y esas líneas negras que terminan tan elegantemente con una onda sobre sus cabezas; además de, por supuesto, esa pincelada de fuego que bordea sus máscaras perfectas de pico largo. Cuando una pareja de pingüinos emperadores se pone uno al lado del otro, cabeza con cabeza, los picos apuntando al suelo, crean un cuadro único, con ese efecto que tienen algunos animales –y que puede comprobar cualquiera que le haya dedicado unas horas de su vida al Animal Planet o incluso solo a hojear la revista National Geographic, pero que se potencia en la pantalla de cine– para el que parece que hubieran posado, totalmente conscientes de la cámara. Uno podría pasarse horas mirándolos marchar en sus escenografías blancas y azules; o bien quedarse quietos en extraña contemplación; o zambullirse en el agua helada, y verlos nadar desde abajo, con esa gracia infinita con la que se ondulan. Como si fuera cine abstracto. Incluso, y en especial, prescindiendo de toda narración o explicación. Puras imágenes de pingüinos en movimiento. Y sin música.

Lamentablemente, la música y la narración están y La marcha de los pingüinos, tal como se presenta en los cines desde el jueves próximo, es una especie de film didáctico. 80 minutos editados sobre un trabajo enorme: más de 150 horas de filmaciones en súper 16 mm logradas por el equipo del biólogo y documentalista francés Luc Jacquet, que se dedicó a seguir a lo largo de más de un año a los pingüinos antárticos que hacen un recorrido de más de 100 kilómetros para procrear, abandonando en pos de su misión la seguridad que les provee la cercanía del océano y exponiéndose (a ellos mismos y a sus huevos y pichones) a tormentas heladas y a depredadores que sí pueden volar. La narración es del tipo extorsivo; un relato que busca reforzar la empatía por estos hermosos bichos emplumados y proponer una especie de historia de amor. El truco dio sus resultados comerciales (la película hizo una fortuna en Estados Unidos y Europa) pero no puede dejar de pensarse que hubiera alcanzado con unas cuantas someras explicaciones. Tal vez un texto breve que permitiera entender cómo la abundancia de hembras crea competencia, para hacer más inteligibles esas imágenes en que algunas pingüinas se cachetean un poco entre ellas; o cómo funciona eso de que machos y hembras compartan el cuidado de huevos y crías en ambientes a decenas de grados bajo cero. O qué pasa cuando una hembra que acaba de perder a su cría intenta apoderarse del pingüinito de otra. Porque, básicamente, no hacen falta palabras para entender que la marcha –y la vida en la naturaleza en general– es dura. Son certezas a veces terribles que se desprenden sin más de las imágenes.

Todo el asunto del apareamiento de los pingüinos, que –se nos dice en la película– son monogámicos por el lapso que dura el viaje para garantizar su reproducción, despertó en los Estados Unidos un debate subnormal entre la derecha cristiana conservadora –que argumenta que el film provee una defensa evidente de la unidad familiar, de la fidelidad, y de otros valores a tener en cuenta para la preservación de la especie– y el resto del mundo (incluyendo Jacquet y su equipo). Pero no es más que otro despropósito facilitado por las voces que pretenden “humanizar” a sus ovíparos protagonistas. Los protagonistas de La marcha... son pingüinos y no están actuando, ni necesitan debatir nada; hacen lo que tienen que hacer, con sus instintos y sus habilidades y sus limitaciones. Y eso hacen en un espectáculo muy lindo de ver, y muy triste y emocionante en sus escenas de mayor crueldad. El que no quiera seguir el relato en off, que vaya al cine con su walkman o su mp3, que lo que está a la vista vale por sí solo.

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