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Domingo, 10 de septiembre de 2006

RESCATES > CRIME STORY EDITADA EN DVD

Poligángster

El estreno de División Miami le ha recordado a medio mundo la serie que Michael Mann dirigió para la TV en los ’80, y hasta impuso su rescate por el canal VH1. Pero según el mismo Mann ha dicho, aquella serie con Don Johnson era apenas el modo de financiar las dos temporadas de Crime Story, una joya del policial protagonizada por un auténtico policía y un auténtico gángster. A fines del gobierno de Alfonsín se vio por el viejo Canal 13 como Historia del crimen. Decir que es la precursora de Los Soprano es poco.

 Por Rodrigo Fresán

Esto es verdad: había una vez un sargento de la policía de Chicago llamado Donaldo Guglielmo Farina que mataba el aburrimiento recitando monólogos de John Wayne durante las operaciones de vigilancia, y había otra vez un reputado ladrón de cajas fuertes y joyas de la misma ciudad llamado John Santucci alias “Babe” alias “Johnny Pizza”. En más de una oportunidad, durante su carrera policial, entre 1967 y 1985, Farina arrestó a Santucci, quien acabó condenado a 45 años de prisión de los que cumplió 3 (18 meses en aislamiento), salvándose del resto por un tecnicismo legal que se le pasó a la fiscalía. Tiempo después volvieron a encontrarse –policía y ladrón una vez más, la ficción imita a la realidad y la mejora– frente a las cámaras de Crime Story. Formidable serie de televisión creada y producida por Michael Mann junto al ex policía y mejor amigo Chuck Adamson (dos temporadas, del ’86 al ’88, piloto más 42 episodios, en la NBC) de la que, ante el estreno de la versión fílmica de la muy sobrevalorada Miami Vice, resulta más que pertinente hablar. Porque si no hablamos, si no hablamos rápido y cantamos fuerte, vienen Mike Torello o Ray Luca y nos envían no a dormir con los peces sino –peor aún– a sufrir insomnio con los peces.

LOS MISERABLES

En Crime Story, Farina (quien modificó su nombre por razones obvias, pero nunca disimuló las marcas de viruela en su rostro, empezó trabajando como “consultor policial” en proyectos anteriores de Mann, tuvo una breve participación en Thief y, en sus noches libres, se animaba a papelitos en la escena del teatro independiente de Chicago) es el durísimo teniente Mike Torello, y John Santucci es el mortal pero un tanto descerebrado Paulie Taglia, esbirro del todavía más mortal pero megaastuto Ray Luca (en la piel, mirada de acero y peinado aerodinámico del actor Anthony Denison; personaje inspirado directamente en Tony “La Hormiga” Spilotro, quien también disparó el personaje de Nicky Santoro a cargo de Joe Pesci en Casino).

Y lo que cuenta Crime Story es –además de una historia total de la mafia; de las mafias italiana, judía, china, mexicana y hasta sudamericana a finales de los años ’50 y principios de los ’60– es el duelo muy decimonónico entre un policía de escuadrón especial con métodos un tanto poco ortodoxos y un gángster ascendente dispuesto a comerse el mundo y después escupirlo. Y entre Torello y Luca, un tercer factor atendible: el abogado David Abrams, hijo de mafioso, oscilando entre un bando y otro. Pocas series –lo que fue muy criticado en su momento– tuvieron un índice de mortandad tan alto. Pocas series –también– ofrecieron tanto en tan poco tiempo: directores de excelente puntería (yendo de Abel Ferrara hasta el mismo Michael Mann), guiones formidables (en los que había lugar para el cine de Antonioni, la poesía beatnik, la Guerra Fría y los desertores soviéticos, Elvis y el huracán del rock, la mística de los Kennedy y la Monroe, los conflictos raciales y mucho más), impecable dirección artística (automóviles con silueta de tiburón, calles llovidas de la ciudad de los vientos, neones furiosos de Las Vegas y el Orbit y el Atomic Lounge: bares/punto de reunión de Torello y sus muchachos), dirección musical primero de Todd Rundgren (quien enseguida abandonó el trabajo con un “no puedo seguir escribiendo empapelado sónico para actos de violencia injustificada”) y luego de Al Kooper (organista en “Like a Rolling Stone” y “You Can’t Always Get What You Want” entre muchos otros clásicos) y Del Shannon (regrabando su hit “Runaway” para los títulos de apertura antes de suicidarse y perder la plaza vacante que dejó Roy Orbison en los Traveling Wilburys), cameos de prestigio a cargo de Miles Davis y Paul Anka y Dexter Gordon y Margaret Avery y Jann Wenner (fundador y director de la revista Rolling Stone y aquí jefe de Torello), participaciones de futuras estrellas como Julia Roberts y Kevin Spacey y Christian Slater y Gary Sinise (quien dirigió un par de episodios) y David Caruso y George Dzunda y Andrew Dice Clay y Eric Bogosian y la importada de España Asumpta Serna, así como figuras de añejo culto o de reciente e inminente culto del calibre de Joseph Wiseman (alguna vez el original Dr. No en la primera de Bond y aquí el padrino judío Manny Weisbord), Pam Grier, Debbie “Blondie” Harry, Vincent Gallo, William Hickey, Ving Rhames y Jon Polito. Semejante caudal de excelencias, claro, condenaron a Crime Story a un éxito inicial, a un desconcierto ante pasiones poco frecuentes en la pequeña pantalla, a cambios de horario, a bajar hasta el sitial más bajo entre las series de la NBC, a una multa de 55 mil dólares de American Federation of Police por “retratar a los oficiales de la ley como asesinos con placa”, a una nominación al Emmy a los ¡mejores peinados!, a una cancelación abrupta, a una resurrección al ser reestrenada en el 2001 por el canal

A & E y ser bendecida por The New York Times como el antecedente directo de Los Soprano y por David Thomson en su New Biographical Dictionary of Film como “una auténtica épica americana” y, ahora, por fin, ya era hora, a su más que necesaria y agradecible edición en DVD.

LOS DUELISTAS

Pero lo de antes, lo del principio: lo que mueve y conmueve de Crime Story es la intensidad del duelo entre Torello y Luca. Las idas y las vueltas. Las persecuciones y las ejecuciones a quemarropa. Los conflictos matrimoniales (las esposas de Torello y Luca eran secundarios de primera) y amorosos (abundaron las amantes, las de Torello casi siempre terminaban mal). Las amistades poderosas (los amigos de Torello siempre terminaban mal porque a Luca le gustaba balearlos en cabinas telefónicas o en autos o arrojarlos desde altos balcones o electrificarlos en cementerios de letreros luminosos). Los juicios invalidados a último momento y las fugas en el último minuto. Las grandes frases de uno y de otro estilo “Torello: Puedes salir con mi mujer... puedes sentarte en mi sofá... pero de ningún modo vas a ver mi televisión” o “Luca frente al revólver de Torello: ¿Estás posando para una foto o vas a apretar el gatillo?”. Y lo que se propuso –y consiguió– Michael Mann: “La idea no era hacer una serie sino una película de treinta horas que no tuviera nada que ver con la habitual idea del Bien y del Mal que tienen los escritores de Hollywood. Una cruza entre Duelo en el OK Corral, Dick Tracy y Peyton Place. La idea era mostrar y filmar la cosa verdadera”.

Y en frecuentes ocasiones, Michael Mann insinuó que hizo Miami Vice (un producto a la moda del momento, bien fashion del momento, muy MTV, destinado a cosechar dinero) para poder hacer Crime Story. Y la hizo. Y no hace mucho dijo que sólo volvería a la televisión si pudiera contar con las condiciones y materiales que tuvo en Crime Story. Mann retornó a la pantalla chica con el piloto de Takedown (más tarde llevado al cine como Heat) y con Robbery Homicide Division. Pero ya nada fue como Crime Story y el amoroso odio y el dame más que destilaba semana a semana, y que alcanzó su máxima intensidad en los episodios finales de sus dos temporadas. En la primera –convencido de que no le renovarían el contrato– Mann lanzó, literalmente, una bomba atómica sobre Luca en pleno desierto de Nevada. Sólo una tormenta de átomos podía acabar con Luca. En la segunda, el gángster volvió de la muerte casi intacto (el único efecto de la radiación parecía ser el de acrecentar o disminuir el cromado trazo de las canas en su peinado cada vez más estilizado) y, cuando ya todo estaba perdido, Mann subió a Torello y a Luca y a Taglia a un avión volando sobre el Caribe, se desenfundaron pistolas, se efectuaron disparos, se mató accidentalmente al piloto y el avión al cayó al mar.

Y ahí están todavía los miserables duelistas. Bajo el agua y esperando que los rescaten para la película o la serie revisitada que muchos esperamos pero no llega mientras dos tarados vestidos de marca vuelven a corretear por las calles de Miami.

Y, sí, es un verdadero crimen que así sea.

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