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Domingo, 10 de septiembre de 2006

VALE REíR

¡Ja, Hitler!

Alemania parece volcada a revisar su pasado nazi: tras las polémicas por la muestra del escultor de Hitler y la confesión de Günter Grass de haber pertenecido a las SS, ahora un libro recopila los chistes contados por los alemanes bajo el nazismo y arroja una perspectiva nueva sobre aquellos años.

 Por David Crossland

Hitler fue el tema de muchos chistes durante el Tercer Reich. Hitler visita un neuropsiquiátrico. Los pacientes lo reciben con el saludo nazi. Mientras camina, observando las filas de internos, encuentra a un hombre que no está saludando.

“¿Por qué no está saludando como los otros?”, ladra Hitler.

“Mi Führer, soy el enfermero, ¡yo no estoy loco!”, le contesta.

El chiste puede no ser graciosísimo, pero se contaba de forma bastante abierta junto con muchos otros sobre Hitler y sus secuaces en los primeros años del Tercer Reich, de acuerdo con un nuevo libro sobre el humor bajo el nazismo.

Pero hacia fines de la guerra, uno podía ser asesinado por un chiste. Una trabajadora de la producción de municiones identificada sólo como Marianne Elise K. fue detenida por sabotear el esfuerzo de la guerra con “acotaciones rencorosas” y ejecutada en 1944 por contar este chiste:

Hitler y Göring están parados en el techo de la torre de la radio de Berlín. Hitler dice que quiere hacer algo para alegrar a la gente de la ciudad. “Entonces, ¿por qué no salta?”, sugiere Göring.

Un compañero de trabajo la escuchó contar el chiste y la denunció a las autoridades.

El autor del libro, el director de cine y guionista alemán Rudolph Herzog, no está tratando de hacer reír a sus lectores. Quiere examinar el período nazi desde una perspectiva diferente, y ve los chistes contemporáneos como una buena manera de mostrar los verdaderos sentimientos de la gente en aquel momento.

“Los chistes reflejan lo que realmente afecta, divierte y enoja a la gente. Proveen una mirada interna del Tercer Reich que posee una autenticidad que por lo general se pierde cuando se examinan otros textos literarios”, dice Herzog, de 33 años, cuyo libro Heil Hitler, The Pig is Dead —título que es el remate de otro chiste sobre Hitler— sale a la venta este mes. “Los chistes políticos no eran una forma de resistencia activa sino válvulas de escape de la bronca pública. Los contaban en los bares, en la calle, para aliviarse con una carcajada. Esto era apropiado para el régimen nazi, que no tenía humor alguno.”

Muchos alemanes odiaban a los peces gordos nazis que conseguían importantes puestos laborales en el gobierno y la industria, pero no se rebelaban. Sólo contaban chistes:

Un anciano nazi visita una fábrica y le pregunta al manager si todavía tiene socialdemócratas entre sus trabajadores.

“Sí, un 80%”, es la respuesta.

“¿También tiene miembros del Partido Católico de Centro?”

“Sí, un 20%”, responde el manager.

“¿No tiene nacionalsocialistas?”

“¡Sí, claro, ahora todos somos nazis!”

La vanidad de los jefes nazis era el tema de varios chistes:

“Göring agregó una flecha al final de las hileras de medallas de su uniforme. La flecha dice: ‘Sigue atrás’.”

Tales chistes eran inocuos para los nazis y no reflejaban oposición a ellos, dice Herzog. Los contrasta con el desesperado humor de los judíos alemanes cuando se cerró el cerco sobre ellos durante los ’30 y en los años de la guerra:

“Dos judíos están a punto de ser fusilados. De repente cambia la orden y se los sentencia a morir ahorcados. Uno le dice al otro: ‘Ves, se están quedando sin balas’.”

Tales chistes contados por los judíos era una forma de aliento mutuo, una expresión de la voluntad de vivir. “Incluso el humor judío más negro expresa una voluntad desafiante, como si quien lo contara dijera: Me estoy riendo, así que todavía estoy vivo”, dice Herzog.

Su libro, basado en literatura de la época, diarios y entrevistas con veinte personas que vivieron durante el Tercer Reich, llega a algunas conclusiones incómodas: desde el principio, los alemanes estaban al tanto de la brutalidad de su gobierno. Y el país no estaba poseído por espíritus malignos ni hipnotizados por la brillante propaganda nazi, dice. La gente hipnotizada no cuenta chistes.

“Al reírse de Hitler, se le roban esas capacidades metafísicas o demónicas que los apologistas de posguerra le atribuían. Los alemanes de ninguna manera eran desvalidas víctimas de la propaganda. Muchos veían a través de los juegos que jugaban Goebbels y sus cohortes. Esto no cambió el hecho de que el país fue chupado en una espiral de crimen en el espacio de unos pocos años.”

El libro de Rudolph Herzog quiebra aún más tabúes en el tratamiento de la historia alemana. Este chiste sobre el campo de concentración de Dachau, que se abrió en 1933, muestra cuán temprano la gente sabía que podía ser detenida por expresar sus opiniones:

“Dos hombres se encuentran. ‘Es bueno ver que estás libre otra vez. ¿Cómo estuvo el campo de concentración?’”

“‘¡Fantástico! Desayuno en la cama, podías elegir entre café y chocolate, y para el almuerzo teníamos sopa, carne y postre. A la tarde, después de comer, jugábamos, antes de tomar un café con torta. Después una pequeña siesta y mirábamos películas después de la cena’.”

“El hombre se queda estupefacto: ‘¡Qué bueno! Hace poco hablé con Meyer, que también estuvo encerrado ahí. Me contó una historia distinta’.”

“El otro hombre asiente con gravedad y dice: ‘Sí, bueno, por eso lo volvieron a llevar’.”

El libro de Herzog es sólo la última indicación de un corrimiento fundamental en el tratamiento que hace Alemania de su historia nazi en los últimos años. Mientras la generación de la guerra muere, los hijos y nietos tienen una visión más distante del pasado, y un número de tabúes se ha quebrado.

En 2004, la película alemana La Caída, sobre los últimos días de Hitler en su bunker, retrató el lado humano del dictador. Este año, grandes carteles con esvásticas se levantaron en Berlín durante la filmación de la primera comedia alemana sobre Hitler, algo impensable de rodar algunos años atrás. “Cada generación de alemanes tiene que saldar cuentas con el pasado”, dice Herzog. “Los tabúes se han roto. Con la distancia del tiempo se ve el lado ridículo de este régimen, pero sin olvidar su maldad. Todavía estamos demasiado cerca en el tiempo para eso.”

La sociedad alemana se militarizó rápidamente después de que los nazis tomaron el poder. Se crearon nuevas organizaciones, cada una con su propia línea de uniformes. Un chiste que daba vueltas era que en el futuro el ejército usaría ropas de civil para ser reconocido.

Muchos encontraban el saludo a Hitler, con el brazo extendido, ridículo. Un director de circo en la ciudad occidental de Paderborn, socialdemócrata y opositor a los nazis, entrenó a sus chimpancés para que levantaran el brazo derecho cada vez que veían un uniforme, y llegaron inclusive a saludar al cartero. Fue denunciado y recibió una notificación oficial que les prohibía saludar a los animales, con amenazas de muerte.

Otro chiste que ilustraba la vida bajo el nazismo era éste: “Mi padre está en la SA, mi hermano mayor en las SS, mi hermano menor en las JH (Juventudes Hitlerianas), mi madre es parte de la organización de mujeres NS y yo estoy en la BDM (grupo nazi de niñas)”.

“¿Alguna vez se ven?”, pregunta la amiga de la nena.

“Oh sí, nos vemos todos los años en la asamblea del partido en Nuremberg.”

Los nazis promulgaron leyes en 1933 y 1934 que prohibían comentarios críticos al régimen. Pero los casos penales usualmente tenían como resultado una advertencia o una multa, y se consideraba al alcohol un atenuante. Los chistes antijudíos, por supuesto, era bienvenidos, y florecieron en los años ’30 reflejando el antisemitismo presente en la sociedad alemana.

El renacimiento económico en los años ’30 y más tarde las primeras victorias de Hitler atrajeron una ola de orgullo nacional: “¿Qué significa que el cielo esté negro? Que hay demasiados aviones en el aire y los pájaros deben caminar”.

Muchos alemanes consideraban que Hitler había restaurado el honor del país después de la derrota militar de la Primera Guerra Mundial y la crisis económica y turbulencia política de la década del ’20.

Durante la guerra, el régimen intentó entretener a las tropas y distraer a la población civil promoviendo comedias y films de cabaret inofensivos. También había chistes sobre la desorganización del ejército italiano. Aquí hay una: “El ejército alemán recibe noticias de que la Italia de Mussolini ha entrado en guerra”.

“¡Necesitaremos más de diez divisiones para contenerlo!”, dice un general.

“No, está de nuestro lado”, dice otro.

“Oh, en ese caso necesitaremos veinte divisiones.”

Cuando estuvo claro que Alemania estaba perdiendo la guerra y los bombardeos aliados empezaron a destrozar las ciudades alemanas, el país se volcó al sarcasmo amargo:

“¿Qué vas a hacer cuando se termine la guerra?”

“Finalmente me iré de vacaciones y haré un viaje por la Gran Alemania.”

“¿Y qué vas a hacer por la tarde?”

Pero contar chistes era peligroso. El “derrotismo” se convirtió en una ofensa punible con la muerte y uno podía ser ejecutado por un chiste. “Con la derrota de Stalingrado y la primera oleada de bombardeos a ciudades alemanas, el humor político se convirtió en humor incriminante, la tontería dio lugar al sarcasmo más seco”, explica Herzog. Alemania no ha recuperado del todo su humor. “El humor judío es famoso por su agudeza y extrañamos eso aquí, hoy, junto con un amplio espectro de aspectos de la cultura judía”, asegura Herzog.

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