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Domingo, 3 de diciembre de 2006

CINE > EL NACIMIENTO CON PECADO CONCEBIDO

Cien veces no debo

En la misma semana en que el cristianismo celebraba la llegada a los cines de El nacimiento y hasta el Vaticano organizaba una avant-première, la protagonista Keisha Castle-Hughes, una chica de 16 años encargada de interpretar ni más ni menos que a María, sin pecado concebida, dio a conocer que está embarazada de su novio. Más allá de la gracia, la situación pone a la Iglesia de cara a sus contradicciones.

 Por Hugo Salas

Desde el jueves pasado puede verse El nacimiento, superproducción devocional (algo así como Hallmark pero con mucha plata) que escenifica el cuento del pesebre, desde la Anunciación hasta la matanza de los santos inocentes. En poco más de hora y media, José, María, los pastores y sus ovejas desfilan dentro de una propuesta escrupulosa, realista y de anodino medio tono (salvo los sabios de Oriente, que parecen saldos y retazos de los más molestos comictimes relief de Disney). La película se anuncia como “la verdadera historia”, y antes que continuar el fervor de la sanguinolenta Pasión de Mel Gibson, viene a calmar las aguas cantando una que nos pueda gustar a todos (de hecho, su versión no sólo coincide tanto con la tradición católica como con la protestante, sino también grossotimes modo con la islámica).

Para muchos, se trata de la reactivación de un género olvidado en las últimas décadas, ligado a las aristas cristianas del discurso neoconservador. No obstante, desde la ingenua pero muy taquillera Vidatimes ytimes pasióntimes detimes Cristo de Zecca en 1905, el mito bíblico siempre tuvo un lugar privilegiado dentro del “gran invento de la modernidad”. Más allá de sus posibles reverberaciones con el ánimo actual de Occidente, en el cine la Biblia ha funcionado y funciona como un enorme museo de historias, disponible ante cada cambio técnico-tecnológico (De Mille volvió a filmar sus blanco y negro mudos en color sonoro) o estético (Pasolini y Rossellini la tradujeron a la estética despojada del neorrealismo italiano).

Ahora bien, más allá de las raras virtudes de Eltimes nacimiento (ante todo, el di-

seño de producción de Stefano Maria Ortolani y la elección de un elenco “multicultural”, que presta a la película un curioso aire de provocación en estos días, sobre todo cuando esas pacíficas gentes son atropelladas por los occidentalísimos romanos), la superproducción suma un atractivo inesperado: la noticia del embarazo de Keisha Castle-Hughes, su joven –y soltera– protagonista de 16 años. Urbitimes ettimes orbi, comentarios extraoficiales atribuyeron a la buena nueva la ausencia de Benedicto XVI de la première oficial celebrada el pasado 26 de noviembre en el Vaticano.

De existir, ese malestar (y el de varios sectores religiosos) sería previsible, pero lo curioso esta vez es que, después de ver la película, resulta oscuro, paradójico, incomprensible casi. ¿Por qué? Porque la ortodoxia y la falta de una mirada han llevado a Eltimes nacimiento a mostrar una visión celebratoria de la maravillosa y dulce historia del embarazo de una adolescente. Es cierto: no se trata de cualquier adolescente, pero el “realismo” de la película, entendido como adecuación a los códigos de hoy (María reacciona a un matrimonio arreglado como no debe haber reaccionado ninguna adolescente de Nazareth y como reaccionaría cualquier adolescente de Los Angeles hoy), vuelve inevitable ver en ella, más allá del propósito devocional, una celebración del embarazo y del parto (presentado de un modo bastante aséptico, limpio, sin cordón). Así, la película enfrenta al cristianismo con el rol que el mito del embarazo redentor desempeña dentro de una realidad que al mismo tiempo condena (el embarazo adolescente).

La pregunta sería ¿cómo concilia el cristianismo esta celebración del embarazo con sus consabidas represiones sexuales? Hay dos vías distintas: la del protestantismo y la del catolicismo (incluyendo aquí a la iglesia ortodoxa y a la anglicana). Ambas aceptan que en el embarazo de María no intervino varón (es decir, la partenogénesis, lo que curiosamente pone a la pobre María al nivel biológico de las hormigas y los pulgones), pero los protestantes, apegados al texto bíblico, rechazan para ella cualquier otro atributo de la Gracia. María habría sido un vehículo, una sierva de Dios, pero ese servicio no es más meritorio que cualquier otro (evitando así idealizar el embarazo en sí).

Esta “reducción” alimentó, desde luego, la profusión del mito mariano dentro del catolicismo. Allí, María no sólo gestó siendo virgen, sino que siguió siéndolo durante el parto y después del parto: “virgotimes semper” (por eso algunos fruncen el ceño cuando en la película María pare con dolor). El catecismo actual afirma incluso que la resolución de María de conservarse pura habría sido anterior a la anunciación, y que probablemente fuera materia discutida entre ella y José. La virtud se complementa, a su vez, con un dogma proclamado en 1854, el de la Inmaculada Concepción: en su gestación, Dios habría preservado a María de recibir la carga del pecado ori-

ginal, apartándola del resto de los mortales. El círculo se cierra con el dogma de la asunción, según el cual María habría ascendido a los cielos en cuerpo y alma, donde oficia de mediadora entre la Trinidad y los mortales.

En ambos casos, humilde sierva del señor o entidad semidivina, su virginidad oficia –como señalara la psicoanalista Françoise Dolto– de metáfora de la “perfecta disponibilidad”: María sería no sólo la madre del cristianismo sino también, y al mismo tiempo, su primera víctima. Sobre su cuerpo, en su nombre, Occidente traza el modelo de feminidad dócil, pasiva y dispuesta con que habrá de subyugar a las mujeres prácticamente a lo largo de dos milenios: un vacío sometido al designio masculino (para colmo de males, divino). De allí que el embarazo de Castle-Hughes (que a lo sumo debería propiciar el debate sobre la maternidad adolescente) les haga perder el sueño a las iglesias, porque en su insólita duplicación de la historia de aquella joven nazarena viola las reglas morales del cristianismo en el instante mismo en que cumple más acabadamente su mandato, dejando al descubierto sus profundas contradicciones.

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