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Domingo, 8 de abril de 2007

CINE > ALATRISTE, EL SABLAZO ESPAñOL

Español para principiantes

Con la producción más cara del cine español, una puesta en escena impecable, la osadía de incluir personajes desopilantes como el Conde-Duque de Olivares y Quevedo y batallas de espada y arcabuz dignas de Hollywood, Alatriste lleva a la pantalla la saga de Arturo Pérez-Reverte. ¿Vale la pena, para los lectores de sus libros y para los neófitos en la materia?

 Por Sergio Kiernan

Dicen los que lo conocen que Viggo Mortensen es, pese al nombre, más bueno que Lassie. Debe ser también un buen actor, porque en Alatriste hace de un tipo torvo y amargo, al que sólo le sale bien pelear y autodestruirse de a poco, insultando a los que quieren protegerlo y perdiendo siempre, por opción.

La película escrita y dirigida por Agustín Díaz Yanes con el autor, Arturo Pérez-Reverte, mirando por arriba del hombro, es la más cara del cine español y su graduación con honores al cine de gesta. Se gastaron 25 millones de euros y se nota: todo es perfecto, desde las trincheras de Flandes al Madrid de Quevedo, de los palacios a los trajes bordados de perlas o colgados de harapos. Y todo el mundo maneja la espada tan bien que Errol Flynn se moriría de vergüenza.

El problema es que, además de perfecto, ese “todo” es excesivo. Película pensada para los fanáticos de la serie Alatriste, el libreto incluye a por lo menos los primeros cuatro libros, que hubieran dado seguro dos películas. Es uno de los problemas que tiene Pérez-Reverte, un curioso caso de esquizofrenia, un autor que escribe libros a la Eco, como El Club Dumas, intentos de literatura “seria”, como su Pintor de batallas, y aventuras de mar y tierra, como los Alatriste. Pero que en medio de un asalto detiene todo para ponderar el horror de la guerra, y en mitad de una partida brava de cartas pone a sus personajes a perorar sobre la grandeza de España y la pequeñez de sus gobernantes. Aquí puso todo lo que pudo, más de dos horas, y abrió con un mapa de época mostrando al imperio y explicando que España estaba rodeada de enemigos pero ganando en todos los frentes.

Pese a las solemnidades, hay momentos de genuino talento, en la historia y en la filmación. La secuencia inaugural, con los españoles caminando en un río tapado de neblina, con el agua al cuello y tiritando, los arcabuces en alto para que no se mojen, avanzando en golpe comando contra una trinchera holandesa, ya se merece página propia en la historia del cine bélico. También las viñetas de picaresca española, los juegos de dados, las calles de tierra llenas de gente de toda laya paseando y saludando, las complicadas y gastadas ropas de lo que en ese entonces pasaba por clase media. La textura es perfecta, sin ese cartón escolar tan español y tan argentino.

Alatriste es un soldado profesional que entre campaña y campaña se gana la vida como asesino a sueldo. Es la única manera de ganársela, porque el Estado español no paga nunca, jamás de los jamases, ni a sus generales. A los nobles comandantes después los arreglan con alguna mina en México o algún monopolio indiano, pero la tropa nunca ve la soldada. Luego de su incursión en Flandes y de ver la rendición de Breda –lo que da pie a una divertida crítica al cuadro de Velázquez, ese muchacho tan talentoso– Alatriste vuelve a Madrid y recibe un encargo que le va a costar problemas y ganar aliados. Esta fase de la película presenta al conde-duque de Olivares, a su rey Fernando IV, pelirrojo y medio afásico, y a Quevedo, que caballero de Santiago y todo anda de fondines con espada y amigos impresentables, Alatriste a la cabeza. Tanta intriga termina, claro, con traiciones y amores contrariados, con subplots y complicaciones que la película lleva bien, y con una demostración de qué tienen los ojos oscuros de una española linda. Alatriste enreda todo negándose a hacerse rico, atacando a un Grande de España y en general boludeando toda chance que le tiran de mejorar.

Después de tanta complicación, se vuelve casi con alivio a la guerra, esta vez con Francia. La secuencia final es alguna batalla olvidada en suelo francés y en desventaja, con Alatriste y un par de camaradas sobrevivientes encuadrados en el Tercio Viejo de Cartagena, enfrentados a un regimiento superior en número y armas, y seguramente con el sueldo al día. Hay un combate peculiarmente realista y mórbido, con picas y pistolas, que duele de verlo, una muestra de coraje español que impresiona al enemigo. Con bandera blanca, los franceses ofrecen una rendición honorable, de banderas y desfile. Los españoles agradecen, conmovidos, pero explican lacónicamente que no pueden rendirse: “Somos un tercio español”. Y se encogen de hombros.

Mortensen dice esta línea con pasable acento gallego. Para que no se le note el cordobés, finge toda la película que está ronco.

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