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Domingo, 24 de junio de 2007

CINE > LA MEJOR JUVENTUD, SEIS HORAS Y CUARENTA AñOS DE UNA FAMILIA ITALIANA

Las ilusiones perdidas

 Por Martín Pérez

Seis horas. Ese es el tiempo cinematográfico que se toma el director italiano Marco Tullio Giordana para contar cuarenta años en la vida de la familia Carati, y también en la Italia que sirve de marco a su historia. Seis horas divididas en dos películas de tres horas, la última de las cuales se acaba de estrenar este jueves en la cartelera porteña. Con ella se completa la historia de sus dos protagonistas, los hermanos Nicola y Matteo, y también de todos los afectos que giran alrededor de ellos, en un ambicioso fresco familiar y generacional al que el cine italiano no le es esquivo, desde Rocco y sus hermanos de Visconti, a La Familia de Ettore Scola, referentes confesos de la película de Giordana. Pensada inicialmente para la televisión, La mejor juventud se estrenó finalmente en este formato tanto en Italia como en España, y así también se presentó en Cannes en el 2003, donde ganó el premio del jurado en la sección Una cierta mirada. Su estreno comercial es una de las gratas sorpresas del año cinematográfico, aun cuando el comentario sobre la película cambie según si se ha visto sólo la primera parte, o las dos partes de la historia. Porque, en su primera mitad, La mejor juventud es una proeza cinematográfica, habitada por personajes que no son ideas llevadas a la pantalla, sino que aparecen vivos en ella. El apasionado Matteo, el generoso Nicola y la tan necesitada de protección Giorgia se conocen en unos años sesenta de amor libre y antipsiquiatría, que marcarán su historia de allí en adelante. Lo que deslumbra de esa primera parte es todo el tiempo que se toma la película para enlazar sus historias, pero también la forma en que la trama reinventa los lugares comunes y evita los golpes bajos. Al punto que no necesita una figura paterna atemorizante para contar su relato. Sin embargo, todo lo contrario sucede en sus tres horas finales, en las que esos personajes tan vivos pasan a ser víctimas de una historia que necesita llegar a un final. Es cierto que se podría argumentar que las responsabilidades de los adultos no se pueden comparar con la aventura de ser joven. Pero, aun coincidiendo con esa idea, no se puede explicar de esa manera cómo un film tan luminoso y vivo pierde ambas virtudes tan decididamente, alimentándose a fuerza de golpes bajos. Por eso es que, si las primeras tres horas se hacen muy cortas, las últimas tres se hacen eternas. Tal vez semejante contundencia en la opinión sea injusta para con La mejor juventud, pero uno no se enoja con las películas malas, sino con las que ilusionan y prometen y luego faltan a esa promesa. La mejor juventud es una de ellas.

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