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Domingo, 24 de junio de 2007

MúSICA > COIFFEUR, CANTAUTOR DE MORóN

Estilista de barrio

Se llama Guillermo Alonso y responde al nombre artístico de Coiffeur; con su segundo disco, No es, se acaba de instalar como uno de los cantautores más peculiares e interesantes de la escena indie. Viene del Oeste, creció escuchando a Valeria Lynch, y en sus canciones folk-pop delicadas pero contundentes redescubre la poesía barrial desde la ambigüedad y el lirismo.

 Por Mercedes Halfon

Coiffeur no es coiffeur. No es de esa profesión, ni tiene ningún antepasado peluquero, y además esa negación es el título de su disco. No es, más allá de ser el segundo CD de alguien sorprendentemente bueno y prometedor en el primero, parece venir a cambiar de lugar algunas cosas. Una es ésta: desdibujar la más evidente connotación de esa profesión tan glamorosamente barrial. Coiffeur no es Coiffeur; pero sí es un chico nacido y criado en Morón, uno de los mejores solistas que ha dado el rock indie del último tiempo, y el pulso atrás de las diez (número redondo) perfectas canciones pop de su primer disco y las catorce más producidas e instrumentadas del segundo.

Una de las mayores rarezas de Primer corte –el primer álbum– fue lograr, con un sonido folk de guitarra y voz, ser completamente bailable. Las letras hablaban de esa mixtura: “Salgamos a bailar / el beat nos va a ayudar”; plasmaban la imagen insólita: “Las hojas del otoño / son copos de maíz / en plato gigante”; o contaban con timidez una historia de amor del Oeste: “Dormir la siesta abrazados / tomar una merienda/ Y andar en bici por Morón”.

Con el segundo CD, salido a fines del año pasado, algo cambió. De la edición artesanal y en bolsita de tela a la edición de lujo, incluida cajita con forma de pescado color pastel, imposible de ordenar en una estantería convencional. Pero algo se mantuvo. Dentro del espectro melódico mucho más variado y arreglado seguían ahí sus letras, reflexivas, coloridas y sentimentales.

Todos elementos que deben haber estado siempre, desde que Coiffeur era Guillermo Alonso (sigue siéndolo), un nene de cuatro años que escuchaba a María Elena Walsh en un pasacasetes, y se emocionaba hasta las lágrimas. “Yo no tuve un primo que me haya hecho escuchar Deep Purple”, cuenta. “En ese momento yo flasheaba con Festilindo o Xuxa, y cantaba esas canciones con mucho placer. Me acuerdo de que cuando viajábamos con mi familia en auto, mis viejos escuchaban Jairo, Valeria Lynch, Sergio Denis, y a mí me gustaba eso. Hay discos de los ’80 de Valeria que son increíbles, yo llegué a ir al teatro a verla con mis viejos. Era la época de ‘Amame en cámara lenta’. Me encantaba.”

Coiffeur relata también que en la génesis de algunos temas de No es hubo canciones que, como “Mi unicornio”, se resistían a cierta convención del cantante folk-pop, por su rareza. Y eran un problema. Ese tema particularmente, con un estribillo que repite, al mejor estilo Heidi de la pradera, “Ioreley, ioreley, ioreley”: “Esa me costó desde el momento en que la tuve en la cabeza. Es un tema que hay gente a la que no le no gusta para nada. A mí me puso en una encrucijada, pero no me arrepiento, más allá de la canción en sí, de haber tomado el riesgo de hacer ‘el tirolés’. Era apuntar contra mi solemnidad. Igual seguro que muchos deben haber pensado que no tenía la necesidad de ser tan ridículo”.

Coiffeur dice que todo el tiempo está a la captura de temas para sus canciones. “Pero tiene que ver con que la canción se expanda y vaya más allá del contexto en el que tiene que acontecer. Es algo en lo que no te das cuenta y empieza a suceder. No le podés poner pausa, se transforma en una forma de despertarte, ya estás en esa sintonía y todo es un estímulo. Te encontrás teniendo una actitud frente a las cosas que te permite obtener un conocimiento.” De eso se trata, de su capacidad de observación, de que todo se vuelva canción y la canción pueda tomar el lugar de las escenas omitidas en los tópicos del rock. En palabras de No es: “Fútbol, besos, baldío / domingo, botines perdidos”.

¿Cómo te parece que lo gay aparece en tu poética?

–Que yo lo haga desde un lugar donde los géneros están desdibujados me parece lo más interesante. No me interesa ninguna circunstancia donde la interpretación esté acotada. No me interesa pensar que todas las canciones estén dirigidas de una persona a otra. Me parece mejor pensar de objeto a objeto. Si alguien lo escucha y le parece que es de un hombre a una mujer, o de un hombre a un travesti, o de una chica a otra, para mí está OK.

¿Tus letras tienen que ver con hablar de amor desde el presente?

–Hay circunstancias que marcan un momento, sí; pero si hablamos de las cosas básicas, creo que no cambian tanto, el contexto va mutando, pero los conflictos básicos siguen siendo los mismos. Por detrás de eso está lo universal, lo trascendental, hacia atrás y hacia adelante. Si no, la búsqueda es muy efímera, está depositada en el presente y nada más que en el presente.

Observación más reflexión. Así vive Coiffeur la relación con la música. Y dice que hay preguntas a las que no tiene sentido responder. Qué es el amor, o qué es el rock: “La respuesta no va a llegar nunca. Y con las canciones pasa eso. Ultimamente empecé a sentir que la canción no es el fin sino el transporte, lo que me va conduciendo, no un hay destino, no va a llegar nunca. Yo tampoco quiero que llegue”.

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