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Domingo, 9 de diciembre de 2007

ARTE > TOMáS MALDONADO EN BUENOS AIRES

La revolución dos veces

Artista plástico, miembro del concretismo que intentó quebrar la historia del arte y modificar la sociedad, parte de la Escuela de Ulm en Alemania, movimiento que sentó las bases del diseño industrial tal como lo conocemos, Tomás Maldonado ha observado y participado de la evolución del arte desde el fin de la Segunda Guerra. Ahora, con dos exposiciones simultáneas en el Bellas Artes, muestra por primera vez las obras posteriores a su regreso a la pintura, en el 2000, así como obra y documentos de aquellos fundacionales años ’40 y ’50, y modelos de la Escuela de Ulm. Además, un ciclo de charlas, conferencias y cine.

 Por Leopoldo Estol

“No soy nostálgico pero tengo mucho respeto y simpatía por esos años de arte concreto. Era un momento muy importante en la Argentina, tenés que imaginarte que terminaba la guerra. Teníamos 19 o 20 años, nosotros estábamos con la democracia, los Aliados, la Unión Soviética. Era la gran esperanza de mi generación, terminada la guerra, comenzar un mundo nuevo: sin racismo, sin cosas reaccionarias, sin religión. Después de derrotado el nazismo, ése era el momento. Nos informábamos todos los días sobre Stalingrado, sobre la lucha en Africa. Como jóvenes teníamos una gran convicción de que cambiaríamos el mundo y que por medio del arte podíamos lograrlo.”

La trayectoria de Tomás Maldonado es tan singular como diversa, un hombre que nunca le dijo no a su curiosidad y como nunca dijo no, ésta lo paseó por el mundo de muy distintas formas: jovencísimo alborotador del Arte Concreto, fundador de revistas, docente, colaborador y, más tarde, director de la Escuela de Ulm, teórico de diseño, filósofo y ahora muy recientemente, de nuevo, pintor: “Porque me gustan los colores”, confiesa con descaro. La semana pasada, inauguró no una sino dos muestras en el Museo Nacional de Bellas Artes que dan cuenta de ese largo y particular itinerario que ha sido su vida.

Seguir sus pasos es un poco mirar el siglo XX a los ojos. Partiendo quizá de una de las propuestas más valientes y radicales, colgadas en una sala, esas extrañas pinturas que con fuerza abrazaron la abstracción en esa inocente ciudad que era Buenos Aires en los ’40, están seguidas de cerca, en otra sala, por pruebas y testimonios su inmensa labor docente, haciendo y enseñando diseño industrial una vez que fue bienvenido en la Alemania de posguerra por Max Bill y Joseph Albers, abstractos filosos de su misma estirpe, para fundar una suerte de continuación de la Bauhaus.

Tomás Maldonado nació en Buenos Aires en 1922, desde muy joven se asoció con el grupo de arte concreto que reunía a Antonio Caraduje, Manuel Espinosa, Claudio Girola, Alfredo Hlito, Raúl Lozza, Obtulio Landi, R.V.D. Lozza, Enio Iommi, Juan Mele, Lidy Prati, Gregorio Vardándega y el poeta y teórico Edgar Bayley. En sus esencias, el arte concreto era una práctica ortodoxa de abstracción que buscaba liberarse de cualquier asociación simbólica con la realidad. Se valía de figuras primarias: círculos, líneas y colores y su ordenamiento en la tela era suficiente para dar a lugar una nueva realidad. Se usan grandes colores planos con líneas que se desparraman fríamente calculadas sobre el color. Dando lugar a cuadros que son herméticos, que no cuentan ninguna anécdota, cuya pura visualidad contrasta con todo lo otro, las imágenes del mundo real, lo que se veía al salir del salón de exposición. Un manifiesto de la época es certero: no buscar ni encontrar: inventar. Una particular alquimia de colores y formas que da lugar a algo que es solamente posible en la tela. Ese es el corte concreto, tan abrupto y radical: la superficie diseñada en pos de una experiencia inédita. Con la publicación del único número que tendría la revista Arturo en el año 1944, nace –oficialmente– el primer movimiento de arte abstracto en la Argentina. Oponiéndose al automatismo, ese constante y nunca reprimido flujo de formas que predicaban los surrealistas y a las formas figurativas y símbolos arraigados que desde hace siglos se venían practicando en la pintura, los concretos ven en la abstracción una forma perfecta de autonomía. Las formas son sinceras, no buscan otra cosa que lo que es visible: líneas, puntos y colores se reparten el plano. Una estética de orden matemático, racional en apariencia pero también una estética espiritual, y para el distraído visitante del salón: una estética ovni. Cuando ellos dicen invención, se refieren a imágenes inéditas. A que el arte sea un espacio de generación de imágenes que no hay, que todavía no existen. Imágenes que al llegar a nosotros hagan tangible el mundo pero de otra manera, no la constatación de que el mundo es de una manera preconcebida sino todo lo contrario, mostrando que el mundo existe solo cuando uno tiene el valor de hacer algo con él. La secreta vocación de llevarlo hacia algún lado.

El diseño del mundo

“Soy un pesimista constructivo, sería estúpido no reconocer que las cosas no han ido como nosotros las imaginábamos en los ’40 cuando nos escribían en lápiz en los cuadros: concretinos. Nos decían así. Nosotros éramos muy activos: pintábamos, escribíamos, hacíamos revistas. Ahora es fácil hacer abstracción, pero en ese momento era difícil, fijate cómo se vestía la gente en ese momento. Hacer Duchamp ahora es distinto. Los cuadros intentaban expresar lo máximo de lo que se podía expresar en ese momento. Influenciados por el constructivismo ruso, por Malevich, por los abstractos europeos.” Y es cierto, Tomás cambió al mundo tanto como el mundo cambió a Tomás. Y se lo llevó muy pronto hacia la Europa de posguerra. Alemania, 1954. Fue sorpresivo, de repente: otro idioma, otra historia, otra gente y encima, ya no más pintura. Maldonado abandona los problemas de la pintura y se aboca plenamente a la docencia. Y, cuando se le pregunta acerca de por qué hizo tamaña vuelta de timón, dice que no fue una decisión consciente sino más bien un lugar adonde lo llevó el peso de las cosas. El diseño, la práctica del diseño industrial, una herramienta estética que ellos mismos estaban inventando, la docencia y divulgación de esas ideas, una manera más inmediata de generar sentido. Cara a cara. Muy lejos de los cuadros, objetos autistas que se visitan en galerías y museos como niños en cuarentena. Abrir el juego, si la industria fabrica cosas y esas cosas llegan a todos hogares con la velocidad de lo nuevo, Tomás quiso estar ahí de alguna manera. Y la Escuela de diseño de Ulm fue un gran lugar para llevar a cabo todas las investigaciones pertinentes con Max Bill, Albers y una gran séquito de ayudantes y curiosos. Empezaron a jugar con cosas que a la vez tenían una utilidad y una posibilidad estética. Los herederos de la Bauhaus, la gran escuela de arte aplicado, ahora se disponían a hacer objetos que modificaran la vida de la gente no desde la intimidad de una visita al museo sino desde el epicentro de la vida cotidiana, objetos que hacen que vivir sea más sencillo y placentero.

“¿Qué hicimos? Pensar que los frutos de la industria podrían expresar valores culturales. Esa era la idea. La argentina era un país agropecuario, la industria era algo muy vago. Así que me fui a Europa invitado por Max Bill. El empezaba a dirigir la Escuela de Ulm y quería hacer una escuela internacional que se desligara de todo lo alemán y el nazismo y, ¿qué mejor para una escuela internacional que contar con un representante sudamericano? Así fue como llegué allí pensando que me quedaría un año. Finalmente fueron trece. Fue una gran aventura intentar definir la enseñanza del diseño industrial mientras lo estábamos inventando, siguiendo el camino que la Bauhaus había abierto: una exaltación controvertida de la expresión, la intuición, la acción y, sobre todo, del aprender haciendo. La teoría imbuida en la práctica y la práctica en la teoría. La Escuela de Ulm ha tenido una gran influencia en el mundo después de la guerra. Fabricábamos objetos de precisión. Esa influencia se ve claramente en la industria japonesa. Muchos han sido alumnos míos. Todos estos objetos: cámaras de fotos y celulares ulmnianos. Una cierta frialdad, un extraño amor por este objeto técnicamente más sofisticado. ¿De qué se ocupa la estética en ese caso? Se trata del mensaje de precisión de un objeto tecnológico: no comprarías una cámara llena de florcitas.”

De ahí salieron los lineamientos del diseño industrial que hoy por hoy signan las bases de la tecnología moderna. Aparatos cómodos de usar, que se sumen a nuestro cuerpo con naturalidad y que su imagen nos permita confiar en ellos. En Ulm, se trabajó en todos los frentes: en el rediseño de una máquina de escribir Olivetti, prototipos de casas, autos, mobiliario para casas y oficinas, radios, calculadoras. Todas estas cosas dan cuenta de un laboratorio en donde en plena década del 50 se estaba pensando cómo sería la vida cotidiana en las décadas venideras. Y que dejó abierta una de las preguntas más interesantes del siglo XX: sobre la distancia que separa al arte del diseño. Una pregunta que varios artistas recientemente se han ocupado de retomar con instalaciones y espacios cuya particularidad sería la de coquetear con el diseño forzándolo a opinar más sobre el arte, su hermanito mayor. Hoy Jorge Pardo, Tobias Rehberger o Liam Gillick se siguen preguntando sobre cuál es la distancia que separa al arte del diseño y cuán lejos puede llevar uno al otro cuando se deciden a pensar juntos.

El regreso a la pintura

Volviendo a Ulm. La escuela tuvo algunos problemas, en realidad estuvo en contra de Vietnam cuando casi todos estaban en contra de Vietnam pero Ulm seguía bajo la ocupación norteamericana, así que gradualmente se fueron quedando sin fondos hasta que la escuela dejó de ser. Maldonado siguió de aquí para allá durante unos años. Visitó algunas universidades en Estados Unidos y finalmente se estableció en Italia en busca de algo de esa latinidad que había extraviado muchos años atrás. Primero fue catedrático en Bologna, después en el Politécnico de Milán, donde por fin se estableció. Ahí hizo carrera como teórico, filósofo y ambientalista. Ha publicado todos los libros que quiso publicar y hoy es estudiado en todas las cátedras de diseño del mundo. Siempre inquieto, ha vuelto a pintar, aclara que no se trata de un hobby sino de retomar algo que había quedado pendiente mucho tiempo atrás. Los cuadros que se ven por estos días en MNBA son bellos por la ausencia de programa, en su juego desinhibido, por la amable combinación de colores y también por ser las últimas pruebas de una sensibilidad que ha sido extremadamente fiel a su curiosidad.

En 1954, cuando el Atlántico los separa, le escribe su hermano Edgar Bayley: “Muy de acuerdo con tu idea del hacer creador y su importancia. Cuanto se haga en ese sentido ayudará a sobrevivir. Hay que hacer cosas grandes o pequeñas al servicio del espíritu. Y hay que restablecer una fe elemental en algunas cosas elementales. Y todo ello ha de ser emprendido –está siendo emprendido– no por quienes en calidad de políticos, sacerdotes o periodistas persiguen la mediatización del hombre, sino por quienes desean restituir al hombre a su naturaleza creadora, buscando una toma de conciencia estética de la comunidad”.

Tomás Maldonado es hoy un hombre grande, de unos 84 años; su mirada da cuenta de un camino largo. Las dos exposiciones en el MNBA testimonian una mente lúcida, un recorrido vasto visible en objetos muy distintos: la distancia es esa que separa un cuadro abstracto de una máquina de escribir Olivetti. No es un recorrido fácil de seguir, pero al salir del museo se intuye algo de lo mucho que han visto los ojos de un hombre generoso y sabio durante el último siglo.

Tomás Maldonado
Un itinerario y Modelos de Ulm

Hasta el 10 de febrero de 2008.
Museo Nacional de Bellas Artes
Av. del Libertador y Av. Pueyrredón
Para consultar los ciclos de cine y conferencias, se puede ingresar a www.mnba.org.ar

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