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Domingo, 7 de septiembre de 2008

ARTE > LA MUESTRA DE JULIO FUKS

La historia de uno, la tragedia de otro

A partir de una anécdota conmovedora de Alberto Durero y su hermano, dedicado al trabajo manual duro para financiar la dedicación artística del otro, Julio Fucks montó una muestra en el que convive su propio trabajo y el realizado por personas que nunca habían dibujado. La suerte echada compone un acercamiento a la melancolía, el azar, el destino y nuestro paso por este mundo.

 Por Guillermo Saccomanno

Una mañana soleada de junio, mientras desplegaba sobre el piso reproducciones de los trabajos de esta muestra, Julio Fuks me contó la historia de dos hermanos condenados de por vida a trabajar en una mina en condiciones infrahumanas. Hacen un trato. Uno va a costear los estudios del otro, el aprendizaje del grabado, el dibujo y la pintura. Cuando el otro triunfe, rescatará al que ha quedado y, a su vez, pagará sus estudios. Los dos hermanos tiran una moneda para ver quién va. El elegido de la suerte se marcha, pasa el tiempo, consigue abrirse paso con talento y trabajo. Finalmente obtiene, además de prestigio, una situación económica holgada. Cuando regresa a buscar a su hermano, lo encuentra vencido. El quedado no puede acompañarlo, le dice. Demasiado tarde. Inútil ahora esa generosidad. Y, llorando, le muestra sus manos encallecidas. Durante todos estos años, sus manos se han puesto cada vez más toscas. Las tiene arruinadas: artritis. El trabajo brutal de todos estos años le acalambró el pulso, perdió la ductilidad necesaria para manipular un lápiz. La historia se atribuye a los hermanos Durero. Alberto, el que pudo triunfar, dibujó después las manos de su hermano. Ejemplares, sus dibujos transmiten un mensaje: nadie nunca triunfa solo.

Si la historia de los hermanos viene a cuento es porque desde allí procede La suerte echada, el trabajo que hoy vemos. Y elijo la palabra trabajo y no “obra”, porque Fuks no se considera “artista”. Su muestra empieza con grabados de manos, calcos de manos que, al modo de Durero, presentan un dominio notable de los materiales. Se trata de manos de trabajadores del campo, acostumbradas a exigencias que las fueron curtiendo. Al lado de cada grabado, un dibujo hecho por un trabajador, un dibujo que, si bien es ingenuo, al acompañar la elaboración “artística” del grabado se rebela contra la categoría de lo naïf. Las manos creadas por Fuks, que pueden repetirse, están acompañadas cada una por una imagen única. Fuks me habló de su madre, una mujer de campo: “Preparaba los arreos de los caballos, ordeñaba, cosechaba, hachaba, preparaba los caballos. Sus manos también cultivaron la tierra, lavaron, cocinaron, plancharon, consolaron un bebé, lo vistieron, lo alimentaron. Esas mismas manos hicieron ahora un dibujo”. El hijo, para hacer estos trabajos, empleó un buril hecho por él mismo. Necesitaba hacerlo como una prueba de lealtad hacia las manos de los trabajadores. También los materiales que empleó necesitaban la nobleza de la madera. “Tocar”, dice Fuks. “De esto se trata. El de la ciudad está acostumbrado a mirar. El del campo pone las manos: destripa, siembra, cosecha. Un ejemplo de cómo esas manos entran en contacto con la vida es cuando el campesino, para averiguar si una vaca está preñada, introduce el brazo por el recto del animal hasta su hombro y toca el cuerpo del nonato”.

Después, en la muestra, vienen las fotos de los difuntos en las lápidas del cementerio de Verónica, su pueblo. Ahora Fuks me hablaba de la bilis negra, de la melancolía. En su origen griego, el término remite a un desorden mental que se caracteriza por un estado de miedo y de tristeza. “La angustia”, me dijo Fuks. “Las ganas de morir.” Al observar las fotos de los difuntos, rostros inmigrantes y de criollos, rostros de trabajadores, me acordé de Los comedores de papas de Van Gogh. Porque Fuks crea desde el ambiente en que vive. Su medio de expresión no es otro que la realidad concreta, tocable, que respira todos los días. La intemperie se encargó de nublar algunos retratos de los difuntos, lo cual otorga a los rostros un aura fantasmal, insinuando su proyección desde el pasado hacia acá, hacia esta mañana en que desplegaba en el piso, al sol, las fotos y componía un tablero mágico. Y entonces nombró a Durero: “Hay un aguafuerte de Durero, La melancolía, donde se ve un arcángel pensativo que oculta su rostro en las sombras”, me cuenta. “La función del tablero mágico –me explica– es conjurar la melancolía.” Los antecedentes del tablero mágico se remontan a China 2000 años a.C., a la India, y llegan a Occidente en el Renacimiento. Su tradición suele aparecer aquí, allá y en todas partes como liberadora de peligros y propiciadora de lo bueno. Un ejemplo: las campesinas camboyanas trazaban en la tela de sus pañuelos un cuadrado mágico para protegerse de las bombas.

Con esas fotos de difuntos percudidas por el tiempo, siguiendo a Durero, Fuks compone un tablero mágico, cuya función es conjurar la melancolía. La suma de las fotos del tablero da 34. “La cabeza, en la quiniela”, me dijo. Si en las manos podía haber un azar, piensa uno, acá hay otro.

Aunque parezcan demasiado racionales las intenciones de Fuks, lejos de la gelidez conceptual, su obra tiene una visceralidad poco frecuente, esa visceralidad que hace unos años ilustraba feroz a Lamborghini remitiéndolo a El matadero. Pero la muestra no concluye con las manos de los trabajadores y sus dibujos, con el tablero mágico y esas caras de difuntos de pueblo. La muestra sigue con una serie de fotos en las que la proyección de una sombra humana sobre la tierra cubierta de hojas muertas sugiere “Yo estuve acá”. Es decir, la sombra certifica la presencia en el lugar, el paso del ser humano por la naturaleza. Así como en el grabado de Durero el arcángel esconde su rostro, Fuks también se esconde, una sombra sobre las hojas caídas. Lo que importa no es el yo.

Es y no es una cuestión de suerte que Fuks llegara con ésta, su quinta muestra, a donde llegó. Es la suerte del dibujante que cuenta la tragedia del otro, es también el que rescata esos retratos en colores que dibujan las manos toscas y que incorpora no como infiltraciones sino como una concepción de belleza enfrentada a los cánones de moda. Es la suerte de quien puede, con su talento, contar su historia, de dónde viene, con dignidad y reclamando una justicia. Pero también, esa suerte, la echada, es una construcción. Fuks juega con la idea de la suerte. Pero, en el fondo, se juega por el trabajo. Y ésta es su gran apuesta.

Fuks busca redondear una explicación de todo esto. Porque a Fuks le gusta explicar, con timidez, como si desconfiara de la potencia expresiva de sus visiones. “Cuando se astilla un tronco, se desea llegar al corazón del mismo, a su origen. Para lograrlo debemos ir rodeándolo, demorándonos en sus bordes y fragmentos chicos. Si queremos ir de pleno a su centro, lo más probable es que la resistencia del tronco nos venza, nos deje afuera. Alguna vez imaginé que la mayoría de los conceptos filosóficos, en su oscuridad, son como un gran tronco. Para acercarme a ellos quizá deba rodearlo despacio, peregrinar por caminos aledaños, rizomáticos, y así acercarme por fin a una suerte de revelación.”

La muestra La suerte echada se puede ver, en el marco del Festival de la Luz, desde el jueves pasado, en 713 Arte Contemporáneo
Defensa 713, San Telmo
De lunes a sábados de 13 a 19
Tel.: 4362-7331
Hasta el 11 de octubre
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