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Domingo, 7 de septiembre de 2008

El genio de la botella

Malcolm Lowry (1909-1957) eligió su destino en su más tierna infancia: borracho. Quizá por su férrea decisión de huir del protestantismo conformista de sus padres, el alcohol se convirtió en el combustible de una vida inflamable que lo vio peleador (llegando a noquear a un caballo de una trompada), perdedor serial de manuscritos, pasajero en trance y tránsito perpetuo, marino, preso, internado, deportado, mitómano, heredero de una fortuna modesta, responsable de la bancarrota de dos matrimonios y Rey Midas al revés. Pero a lo largo de ese martirio etílico que lo arrastró por medio mundo, Lowry escribió Bajo el volcán, una de las cumbres literarias del siglo XX, en la que destiló un estilo único para una trama ambientada en México de resonancias dantescas en los estertores del Imperio Británico. Por eso, la demorada edición en castellano de Perseguido por los demonios, la monumental biografía del inglés Gordon Bowker, es un acontecimiento para celebrar. Salud.

 Por Martin Amis

Los dipsómanos o nacen o se hacen. Todo indica que Malcolm Lowry, figura muy destacada en el campo de la dipsomanía, decidió serlo, de hecho, desde su infancia. No se trataba de un don innato. En uno de sus primeros relatos breves recuerda la desaprobación que manifestaba su padre (metodista) hacia un abogado al que conocía, que carecía de “autodisciplina”. “No sabía”, escribe Lowry, “que, en secreto, había decidido convertirme en borracho cuando fuera mayor”. A esa edad en la que la mayoría de los escolares sueñan con ser maquinistas de tren o vaqueros, el pequeño Malcolm aspiraba a convertirse en borracho. Y su aspiración se hizo realidad. Excluyendo algunos períodos, pocos, de abstinencia forzosa en cárceles u hospitales, o, todavía menos, de ley seca autoimpuesta, Malcolm Lowry estuvo como una cuba durante treinta y cinco años.

¿Cuánto necesitamos saber, desde un punto de vista personal, de la vida de un escritor? La respuesta a esta pregunta es que da igual. Todo o nada nos satisfacen igualmente. ¿A quién le importa, en definitiva? Como dijo Northrop Frye, la única prueba que tenemos de la existencia de Shakespeare, aparte de su obra literaria, es el retrato de un hombre con pinta de tontín. Quienes sientan curiosidad pueden consultar las biografías, que para eso están, pero, a menudo, el aburrimiento acaba con ella. Nadie duda, ciertamente, de que los investigadores se pasan un poco de la raya cuando nos ofrecen eruditas monografías, por ejemplo, acerca de las listas de la ropa que mandaba a la lavandería Shyackerley Marmion, o de los billetes de tranvía que compró a lo largo de su vida Lascelles Abercrombie. Pero el autor de Bajo el volcán es un caso especial. Su adicción pasa a ser la nuestra. Por eso, un estudio de las cuentas que Malcolm Lowry pagó en los bares nos contaría la mayor parte de su historia, y no tendría menos páginas que las seiscientas del libro de Gordon Bowker. Esta biografía fue escrita a conciencia y es fruto de un concienzudo compromiso; tiene garra y agarra. No será necesario revisarla.

Para ser alcohólico con todas las de la ley, para llevar la adicción a la bebida hasta sus últimas consecuencias, es necesario ser, también, otras cosas: astuto, escurridizo, apacible, individualista, inseguro e incansable. Además, Lowry estaba provisto de un pene extremadamente pequeño, lo que, al parecer, le fue de gran ayuda, en serio. También poseía una prodigiosa capacidad de automitificación, o era prodigiosamente fanfarrón y mentiroso, si así lo prefieren. Tenía en una rodilla una cicatriz, memento de sus juegos infantiles, y la hacía pasar por la consecuencia de una herida de bala recibida cuando se vio atrapado entre dos fuegos durante la guerra civil china. Encarcelado en México por uno de los alborotos que solía provocar en solitario, enumeró las torturas que le infligieron en una carta a un amigo: “Una espléndida noche trataron, asimismo, de castrarme, lamento tener que reconocer (a veces) que sin éxito”. La bravucona expresión “una espléndida noche” da la medida de su mendacidad. En 1939 aprovechó el estallido de la guerra y la promesa que había hecho –y que, desde luego, no pensaba cumplir– de alistarse inmediatamente como voluntario para favorecer sus intereses de diversas maneras, según pone en evidencia este vigoroso párrafo de una carta a su novia: “Si me quieres de verdad, como yo a ti, recíbeme igual que si fuera alguien que acabara de regresar de un largo viaje y tuviera que partir de nuevo, que es lo que debo hacer”. El tono heroico de esta última frase manifiesta tanto una falta de sinceridad congénita como un alegre desprecio de sí mismo. Lowry era un mentiroso de tomo y lomo. Mentía incluso cuando ponía las comas y los puntos y coma en sus escritos.

Al igual que Isherwood y otros, Lowry era de esa clase de ingleses que, más pronto o más tarde, tienen que expatriarse; en su caso, bastante pronto. Sus padres eran el producto natural de su tiempo y su medio, pero su convencionalismo lo sacaba de quicio. Cuando la imaginación se enfrenta con el conformismo, éste gana siempre. De modo que lo mejor es emigrar. A los diecisiete años se embarcó rumbo al este, como grumete, y llegó hasta la China; un año después lo hizo hacia el oeste, camino de América, esta vez como pasajero, en una peregrinación literaria. Pero el norte y el sur se convertirían en los puntos cardinales fundamentales de su brújula personal. El sur significaba México, escenario de algunos de los más vergonzosos episodios de gratuita violencia etílica que protagonizó. El norte, al principio, significaba Escandinavia, pero acabó significando Vancouver y una modesta cabaña de dos habitaciones en los gélidos bosques que la rodean; allí, únicamente allí, le era posible escribir; en cualquier otro lugar sólo conseguía emborracharse con las palabras, que lo ponían ciego de veras. Lowry era uno de esos hombres a los que los rusos denominan “morsas”: le sentaba bien el ascetismo de los largos inviernos, nadar con temperaturas bajo cero, los cielos azul cobalto. Aunque lo intentó con todas sus fuerzas, su naturaleza no era la de un gecko, y le fue imposible vivir entre los cactos y dedicado a la bebida a los pies del Popocatépetl.

A la izquierda: Lowry aterrizando en Los Angeles, en 1946, recién deportado de México. Derecha: Lowry en su salsa y en su cabaña de Vancouver, uno de los pocos lugares donde pudo escribir sostenidamente y en paz.

Antes de que empezara su prolongado exilio (nada lo tentó a volver a Inglaterra hasta que se implantó la asistencia sanitaria gratuita) Lowry terminó, a trancas y barrancas, su educación universitaria, y luego pasó un par de años frecuentando los ambientes bohemios, en compañía de poetas frustrados y críticos literarios camorristas. Sus intereses eróticos, al igual que los literarios, eran fundamentales para la concepción que tenía de sí mismo –para su romance interior–, pero nada podía distraerlo de su dedicación al alcohol. Tras pegarse el lote con una famosa vampiresa de Cambridge, escribió: “Charlotte [...] me ha ofrecido su cuerpo [...] bebí mucho whisky, y estuve a punto de vomitar en su boca cuando la besaba. Dice que está enamorada de mí”.

Su talento fue precoz: cuando tenía apenas veinte años, no contento con sus habituales borracheras y desapariciones, ya experimentaba alucinaciones paranoides en las que intervenían salamandras y enfermeros de hospital. En la época en que se marchó a México (a los veintiséis años) trasegaba cualquier líquido que se le pusiera a tiro con la esperanza de que contuviera alcohol: en cierta ocasión “se bebió una botella de aceite de oliva porque creyó que era tónico para el cabello”.

De este modo, pues, se fue desarrollando la madurez de Lowry: borracheras, destierros, arrestos, expulsiones, gritos en la noche, visados caducados y pasaportes perdidos, además de una serie que parece inacabable de incendios provocados en sus diferentes domicilios, raterías y lesiones. En 1938 Jan, su primera esposa, le “racionó” el alcohol a un litro al día, pero ahorraba todo lo que podía de la asignación que recibía de su familia para comprar “garrafas de cuatro litros de vino generoso, que sólo costaban cincuenta centavos de dólar”. En 1947 su segunda esposa, Margerie, advirtió que, después de un período de abstinencia, Lowry había empezado a disfrutar de un cóctel antes del almuerzo, “y los cócteles que precedían a la cena se iniciaban a hora tan temprana como las tres de la tarde”. En 1949 bebía, como media, tres litros de vino tinto al día, más dos litros de ron. Tenía várices desde las ingles hasta los tobillos. Una mañana se desmayó y se puso a “vomitar sangre negruzca”. Asistimos acto seguido a las previsibles escenas en que le ponen la camisa de fuerza y lo encierran en una celda de paredes acolchadas, así como a serias discusiones, con esposa y médicos presentes, acerca de los pros y los contras de la lobotomía.

A medida que se acercaba el final, la relación de los escalofriantes accidentes y las continuadas catástrofes que afectaron a Lowry resulta de una espeluznante monotonía. Como promedio, cada una de las horas de su vida parecía incluir que se echara litro y medio de alcohol entre pecho y espalda, se cortara con una sierra mecánica, o se pillara la mano en una hormigonera, e intentara degollar a su mujer. Alrededor de Malcolm y Margerie todo lo que podía irse al garete lo hacía. Malcolm resbala en el baño y se le revienta una vena: “Margerie descolgó el teléfono para llamar al hospital, y, como no funcionaba, corrió al ascensor, pero se averió y quedó detenido entre dos pisos”. Malcolm se cae mientras pasean por el campo y se rompe una pierna; Margerie corre hacia la tienda del pueblo, y entonces un perro la ataca y le causa “graves mordeduras”. Algunos de sus amigos tenían un par de maletas siempre a punto al lado de la puerta, a fin de escaquearse fingiendo que se iban de viaje si los Lowry tenían la terrorífica ocurrencia de dejarse caer por allí para pasar unos días. La actitud de Margerie era autoinmolarse, por miedo a las imprevisibles reacciones del genio (“Temía que me pegara una paliza o me hiriera gravemente y al día siguiente se sintiera mal a causa de los remordimientos”). En cuanto a Malcolm, era, lisa y llanamente, incorregible; estaba resuelto a repetir sus viejos errores, una y otra vez, hasta el día de su muerte.

Como suele suceder, el contexto biográfico resulta ser el menos adecuado para evaluar la obra de Lowry. Por descontado, nos enteramos de algunos detalles acerca de sus “hábitos de trabajo”, que incluían de manera habitual el plagio, y hasta un extremo sorprendente. Plagiar es el delito perfecto para el masoquista: la bazofia puede cambiar de manos libremente, pero todo aquello que tiene algún valor lleva implícito el riesgo de que se descubra el robo y se acuse al plagiario. Lowry fue acusado infinidad de veces. Perseguido por los demonios se titula, en inglés, Pursued By The Furies, pero las Furias no persiguieron a Lowry; de hecho, las Gracias le allanaron el camino: una pequeña fortuna, mujeres entregadas y maternales, talento. Sólo tuvo que alargar la mano para tomar lo que le apetecía. A pesar de ello, no lamentamos que el señor Bowker –cuyo tono, aunque escandalizado, es, en general, indulgente– no trate a su biografiado con mayor dureza. La procesión de las Furias iba por dentro. No se podía hacer nada al respecto.

¿Y qué hay de la ficción de Lowry? Es decir, de Bajo el volcán, porque a esa novela se reduce prácticamente. Para él escribir era un impulso incoercible, pero también muy penoso. Si se consideran las circunstancias de su vida, sorprende que escribiera una novela; debía de resultarle penosísimo incluso firmar un cheque o redactar una nota para el lechero. La cabaña junto al agua, donde llevó una existencia llena de simplicidad, fue lo único que funcionó. Mientras estaba sobrio se acordó de las borracheras: rodeado por la celeste claridad del norte pudo recrear el sudor y la corrupción del sur. Recuerdo Bajo el volcán como una caótica confesión, un torrente de conciencia. Ahora parece formal, literaria, incluso algo pedante (la palabra “pub”, por ejemplo, aparece siempre elegantemente aprisionada entre comillas). Es todo lo que Lowry nunca fue: lúcida y lógica. Y educada.

Una de las últimas fotos de Lowry, en el lago District, en mayo o junio de 1957.



Perseguido por los demonios
Gordon Bowker

Fondo de Cultura Económica, 2008
712 páginas



Este artículo sobre Perseguido por los demonios fue escrito por Amis en 1993 como crítica literaria a la edición original en inglés del libro, y luego fue recopilado en La guerra contra el cliché, el volumen de escritos sobre literatura editado por Anagrama (2003).

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