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Domingo, 7 de septiembre de 2008

> LA RELACION DE MALCOLM LOWRY CON MEXICO, EL PAIS EN EL QUE ENCONTRO SU INFIERNO Y DEL QUE TERMINO DEPORTADO.

“Un buen lugar por obra mía”

 Por Juan Villoro

El destino de Lowry –un inglés que sólo podía vivir lejos de su tierra pero vinculado con otros ingleses– lo convirtió en un corresponsal obsesivo, pero sus borracheras y sus cambios de domicilio lo hacían perder cartas. Encontrar un sobre en el buzón fue para él un tarot personal. No es raro que sus personajes se confiesen en cartas extraviadas, recuperadas por azar o nunca enviadas. Este último caso es el de Dana Hilliot, protagonista de Ultramarina, que escribe a su amada palabras decisivas que no irán al correo. Entre otras cosas, dice: “Algún día encontraré una tierra corrompida hasta la ignominia, donde los niños desfallezcan por falta de leche, una tierra desdichada e inocente, y gritaré: ‘Me quedaré aquí hasta que éste sea un buen lugar por obra mía.’”. No podía haber profecía más exacta del sufrimiento y la belleza que Malcolm Lowry encontraría en México. Como D. H. Lawrence, Hart Crane, Graham Greene, Jack Kerouac, William Burroughs, John Reed, Evelyn Waugh, André Breton, Antonin Artaud, Aldous Huxley, Ambrose Bierce, Paul Morand, Italo Calvino, Joseph Brodsky y tantos otros, Malcolm Lowry llegó a México en pos de oráculos salvajes. Comenzó Bajo el volcán a los veintisiete años. Cuando la terminó, tenía treinta y cinco.

Seguramente, Lowry se las habría arreglado para sufrir igual en Suiza, pero no hay duda de que México contribuyó de manera específica al deslumbramiento y al desplome que buscaba. Después de la expropiación petrolera, la nacionalidad inglesa no era muy popular (“estamos –moralmente, claro– en guerra con México”, dice en Bajo el volcán). En la novela abundan las descripciones sobre el esplendor del paisaje mexicano, la grandeza del muralismo, la peculiar hospitalidad de la gente sencilla, pero el país no deja de ser amenazante. “México es paradisíaco e indudablemente infernal”, le escribe a Jonathan Cape. A un amigo le confiesa: “México es el sitio más apartado de Dios en el que uno pueda encontrarse si se padece alguna forma de congoja; es una especie de Moloch que se alimenta de almas sufrientes”. Sus cartas de México integran un archivo del delirio de persecución. Lowry se sentía vigilado por los omnipresentes spyders (arañas espías o “escorpías”. A Juan Fernández Márquez, el amigo oaxaqueño que sirvió de inspiración para los personajes de Juan Cerillo en Bajo el volcán y Juan Fernando Martínez en Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, le dice que Oaxaca “es una ciudad llena de perros y de espías”. De acuerdo con Douglas Day, sí era seguido por un detective, pero no de la policía mexicana, sino contratado por su padre.

Experto en acusaciones indemostrables, Lowry asegura que su edición de La machine infernale y sus lentes oscuros le han sido robados por un indio mixteco; en su afán de precisar agrega un dato casi inverosímil: el indio tenía barbas. Detenido con frecuencia por sus borracheras y su carencia de dinero y documentos, Lowry padeció un asedio que su mente refinó con minucioso masoquismo.

En una carta a Ronald Paulton, abogado de Los Angeles, narra sus peripecias con los funcionarios mexicanos. Con rabelesiano sentido de la exageración, dice que entre Cuernavaca y México hay tal diferencia de altitud que el viajero llega sordo a la capital. La obligación de hacer trámites lo llevó a padecer varias veces esa sordera. Menos inventada es su afirmación de que todo se hubiera arreglado con la adecuada cuota de sobornos (en su novela inconclusa La mordida se ocupa de nuestra peculiar manera de solventar problemas burocráticos). El inglés no fue un viajero bienvenido en México, como tampoco lo fue en otros sitios (uno de sus mejores amigos tenía siempre listo un juego de maletas para pretextar que estaba a punto de irse de viaje, en caso de que el incómodo intruso cayera por sorpresa).

En los tiempos en los que Lowry hacía trámites migratorios en México, el escritor Fernando Benítez trabajaba en la Secretaría de Gobernación. Muchos años después, los jóvenes que colaborábamos en el suplemento “Sábado”, que Benítez dirigía en el periódico Unomásuno, solíamos preguntar al decano de la prensa cultural si no tenía remordimientos de haber contribuido a sacar del país a uno de los mayores novelistas del siglo. Con su voz grave, de obispo que catequiza en la nave de una iglesia virreinal, el autor de Los indios de México respondía invariablemente:

“Era un borracho miserable”.

Esta opinión parece haber sido común entre quienes conocieron al inglés cuando escribía Bajo el volcán. Muchas veces, se sintió rodeado de verdugos como los que ultiman a su protagonista. Cuernavaca aparece en la novela como un Gólgota elegido. Amabilísimos y violentos, los mexicanos toleran la excentricidad de los extraños hasta que un quiebre de la fortuna les permite tratar a los desconocidos como se tratan a sí mismos y los naturalizan con un asesinato.

Los hermanos Firmin actúan con impulsiva temeridad. En el viaje a Parián, Hugh participa en un jaripeo y monta un toro con mayor destreza que los escuálidos lugareños. Geoffrey escoge otra clase de peligros: las consecuencias de su salvaje intoxicación. Según informa Gordon Bowker, Lowry se propuso desde niño ser alcohólico, en buena medida porque el vicio representaba lo opuesto a su padre, un hombre puritano, devoto de la Iglesia metodista (este mismo repudio se extiende a la religión: Lowry se interesó prácticamente en todos los sistemas de creencias, del vudú haitiano a los mandalas de la India, pero jamás se acercó al protestantismo).

En la borrachera que duró más o menos treinta años, el novelista sufrió e hizo sufrir, pero también se la pasó de maravilla y cosechó amigos que no olvidarían sus golpes de ingenio. Convencido de que el arte es un padecimiento, quiso ver en los túneles del alcoholismo una realidad oculta, inalcanzable por otros medios, y a veces atisbó en su calvario un cielo invertido, similar al barco de Ultramarina, donde los hombres que trabajan en el cuarto de máquinas, en lo más hondo de la nave, “de una manera extraña, están más cerca de Dios”. En Bajo el volcán, también Geoffrey Firmin busca una meta en el descenso; expulsado del paraíso, cae en la selva oscura de Dante, junto a un perro, como el que acompañaba a los aztecas al inframundo.

Esta nota de Villoro sobre la relación de Lowry con México es un fragmento de “Mezcal, dijo El Cónsul”, uno de los capítulos incluidos en De eso se trata, el volumen de ensayos literarios editado por la Universidad Diego Portales en Chile el año pasado y recién reeditado por Anagrama en España.

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A la derecha: En la ventana de su hotel de Tlaxcala, con vista a su propio infierno (y del que lo expulsarían).
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