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Domingo, 7 de septiembre de 2008

CINE > LA TIGRESA ACUñA Y EL BOXEO FEMENINO

Licencia para noquear

Licencia número uno es mucho más que una película sobre La Tigresa Acuña: bajo la apariencia de una biografía popular montada a partir de entrevistas, material de archivo y unos pocos exteriores, el documental de Matilde Michianié consigue desplegar las paradojas, contradicciones y problemas de ser mujer dentro de un deporte masculino. Y le da la palabra no sólo a la Tigresa, sino que reconstruye el linaje internacional en el que se inserta y las nuevas figuras que se enfrentan al problema de querer vencer a su ídola para ser como ella.

 Por María Moreno

Licencia número uno, de Matilde Michianié, comienza con las imágenes previas al match de box en que Marcela “La Tigresa” Acuña venció a Damaris Pinnock Ortega y se quedó con la corona mundial WIBA súper-gallo. Durante un viaje en taxi, su marido y entrenador Ramón Chaparro –aunque él la haya formado pacientemente para el derechazo recto, una de las especialidades de su pupila– sugiere que ése es el momento de encomendarse a Dios, a Jesús y a la Virgen María. Poco antes La Tigresa decía ante cámara un lugar común que, de pronto, se volvía de una precisión extrema: “La tercera es la vencida”, que podría traducirse como la tercera rival es la vencida, ya que antes ella había perdido con la norteamericana Christy Martin y la holandesa Lucía Rijker.

La Tigresa es hermosa con esas orejitas de medialuna, esa boca en forma de boomerang, esos ojos pintados de asesina de manga.

Los puños de La Tigresa vendados por Ramón Chaparro, su marido y entrenador, con quien vive y trabaja desde los 14 años.

Licencia número uno está hecha con entrevistas y material documental de diarios y noticieros y unos pocos exteriores: es una biografía popular con los elementos clásicos del origen humilde, la lucha por hacer la propia voluntad desde la desposesión y a través de una sucesión de obstáculos, la ascesis final. “¿Por qué en EE.UU. la mujer puede boxear y acá no? ¿Qué? ¿Le falta un brazo?”, dice La Tigresa muy al principio de la película, como dando pie al resto. Ya se sabe, el momento más alto de toda biografía popular es el del quiebre: el llanto es el arma con que el que vino “de abajo” tuerce el brazo a la autoridad por la vía profana de poner de testigos a los medios de comunicación y, al mismo tiempo, la estrategia con que el ídolo se funde con sus fans a través de una muestra de humanidad. Michanié utiliza un documento televisivo en donde La Tigresa se quiebra de bronca luego de que dos tarjetas del jurado, la de Terry O’Neill y la de Carlos Villegas, la dieron injustamente como perdedora ante Alicia Ashley: “Me voy a ir de este país de mierda que no me reconoce”, y la imagen de La Tigresa misma llorando a cámara en una cita de la bronca y la humillación de Gatica “el mono” de Leonardo Favio.

Matilde Michanié no sólo hace una película que astilla las imágenes de tigresas de silicona y animal print que fingen luchar en el barro para que la humedad remarque pezones y cachas, según el retintín voyeur para documentar, en cambio, sobre orígenes y peripecias del box femenino.

Tampoco intenta moralizar sobre la relación que Marcela Acuña tiene con Ramón Chaparro, insistiendo en testimonios que revelen un estupro legalizado, una empresa temprana de socios desiguales o un vínculo deleuziano cumbiero que delate la pulsión erótica en la base de toda pedagogía desde Sócrates al padre Grassi. Entre sogas y a medias palabras, su cámara descubre algo mucho más rico e inquietante. El gusto por el menorasgo ya no sorprende a nadie –Chaparro se juntó con La Tigresa cuando ella tenía catorce años–, aunque la sanción jurídica se descargue sobre los que pasan al acto fuera de lo establecido por el Código Penal. Los códigos literarios son más flojos y permitieron a William Burroughs y Allen Ginsberg quitar shilabas de cuerpos marroquíes de doce años. Un hombre que se fuga con una adolescente que es su amante es un transgresor, pero que se case con ella y la entrene para hacerla socia del delito contra una ley no tan perimida que diseña a las mujeres pasivas y para la paz, es más difícil de adjetivar. ¿Humbert Humbert hubiera entrenado a Lolita? Durante una puesta en ficción de la vida de Marcela “La Tigresa” Acuña en la película de Michanié se ve a un Ramón Chaparro joven parándole las trompadas tempranas a su pupila –entonces le enseñaba full contact– con una sonrisa derretida en donde no se discierne el orgullo de la admiración. Pero también se ve la furia de ella, un deseo de vencer en donde su aparente amo parece ser sólo un mediador, la decisión de exprimirlo hasta dejarlo convertido en hollejo pedagógico luego de que le haya enseñado lo que él mismo ignora. Esa voluntad de poder grabada en la mandíbula adelantada de Acuña es la mayor desmentida al testimonio de su padre Bernabé y de sus hijos Maximiliano y Josué, que le adjudican una obediencia ciega a su entrenador: “Ella ve por los ojos de él”, “Papá la maneja y ella obedece”. La transferencia entre Chaparro y Acuña bajo la mirada de Michanié es más sofisticada que la de analista y paciente; el gesto con que él la recibe, luego de cada round, en el rincón, le pega un sopapo de agua y le peina las cejas –¿para que el pelo se las proteja?–es más sugestivo que el de Tata Freud cuando apoyaba su mano en la frente de la histérica. El vínculo del entrenador y deportista tiene algo de imprinting –lo que llevó a la gansa Martina a enamorarse de Konrad Lorenz – y de síndrome de Estocolmo –lo que dio pie a Portero de noche– pero con un toque de Madre Coraje para uno y de David para el otro. Michanié pone en cine esa locura de dos en donde la Tigresa concentra sus estrategias entre la imagen de su rival y una voz en la multitud a la que reconoce por sobre todas las voces: la de su marido. Que la pareja Chaparro-Acuña camine ante un gran afiche de Perón y Evita fundidos en el abrazo del renunciamiento no es casual: como si Michanié subrayara No hay uno sin el otro.

CROSS OR NOT CROSS

El fuerte documental de la película se sustenta en los testimonios de las boxeadoras profesionales y amateurs que parecen establecer una suerte de genealogía transnacional al mismo tiempo que prueban que no hay un arquetipo –¿es que lo hay de algo?–. La inglesa Bárbara Buttrick, una auténtica pionera en su país, parece una suegra que ha abusado en el batido; la alemana Regina Halmich, campeona mundial de mosca, podría ser una actriz porno y de hecho la presionan para que agregue a su estilo excelente un toque sexy; su compatriota Heidy Hartmann, campeona mundial en súper welter, se parece a David Bowie. El rostro prerrafaelista de la profesional argentina Paola Casalinuovo emite opiniones contundentes: “Todo atleta es un ser diferente. Siempre me preguntaron: ¿Por qué te gusta que te peguen? No, a mí no me gusta que me peguen, me gusta pegar. Hasta que vos no pelees con vos acá, delante de este espejo, y vos te puedas superar, no vas a estar ahí arriba nunca. Primero la pelea es con vos, después es con el otro”. “Tiene que ver con eso, con que se enteren que vos superás, dominás, ejecutás al que está adelante. No hay otra. Es un placer tan grande. No porque lastimaste al otro, la verdad, nunca pensé en eso yo, ay, cuando más sangre le sale mejor. No. No. De hecho yo siempre fui a saludar a mis rivales después, después que caían...” El suyo, junto con el de Heidy Hartmann, que hace el elogio del triunfo directo por nocaut o nocaut técnico, es quizás el testimonio menos eufemístico acerca de un deseo físico de ganar. Carmen “La Guapa” Montiel tiene claro que quiere vencer a La Tigresa “para ser campeona de algo alguna vez en mi vida”, pero que ese deseo no existiría sin que existiera La Tigresa misma.

En la palabra que Michanié les da a las boxeadoras son frecuentes las denuncias por la desigualdad económica: Regina Halmich dice que el box sigue siendo un deporte jugado y administrado por hombres; Heidy Hartmann, que tal vez no guste ver mujeres exitosas, deportistas, luchadoras. En el testimonio de cada una, montado por Michanié sin que adopte el tono del panfleto, se registra esa tensión que ellas sienten como propia del oficio en manos de hombres entre el imperativo de la femineidad que suele sumergirlas en largas y cansadoras explicaciones y el de tener que transformar, a puro músculo, mantequita en fierro. Esa tensión parece un correlato entre el haber llegado a un dominio hasta entonces masculino y la paradoja de que se pelee entre mujeres y que se hable de boxeo femenino (¡tranquilos los géneros, las chicas con las chicas y los chicos con los chicos, por eso aplauden los gordos de primera fila!). Y uno se pregunta si tanto paternalismo vertido en las opiniones de promotores, managers y críticos de box a lo largo de la película, tanto pro, no será porque las recién llegadas garantizan en todo momento la diferencia al mismo tiempo que aportan con novedades al negocio del boxeo. Si las boxeadoras internacionales deslizan su protesta por esa demanda imaginaria pero verificable de declaración jurada de femineidad, paradójica para las exigencias del oficio, es una pena que, de algún modo, La Tigresa la firme subrayando su coquetería y al afirmar que por ser boxeadora no tiene por qué no atender la casa y ser una buena madre. “La idea de que la mujer no debe boxear es anticuada. Las chicas ya no son flores delicadas como solían ser. Y si a mi novio no le molesta, ¿por qué habría de molestarme a mí?”, decía Bárbara Buttrick –y Michanié lo rescata– en una película promocional de los años ‘40. ¿Qué hace un novio en tus guantes? ¿Y qué si la boxeadora es soltera, lesbiana y tiene bozo?

EL MUSCULO DE LA BELLEZA

¿Se puede ver a dos mujeres en acción practicando un deporte “masculino” sin ponerse automáticamente en el lugar del voyeur? ¿O se termina sublimando ante el lindo deporte y las destrezas que no tienen sexo, ahora a través de la visión de imágenes venidas desde el ring (el boxeo femenino se reglamentó en la Argentina el 21 de marzo de 2001)? ¿Cuáles son los límites imaginarios que se les suele imponer a las acciones físicas de mujeres a contemplar? ¿Activas y abajo en la posición del misionero? ¿O arriba, con un látigo en la mano? ¿O entre las piernas en el cunilingus y la fellatio? Las imágenes sublimadas y de lente empañada que ofrecen al voyeur la ilusión de pescarlas a solas en la actividad semipasiva del cuidado de sí siempre parecen ser un preámbulo o un postfacio. En cambio, dos mujeres con mordillo golpeándose metódicamente mientras bailan sin música invitan a una sublimación estética en donde el olor a axila y el probable brote de sangre suelen inclinar súbitamente a la escuela naturalista. Pero Michanié la elude para mostrar estilizadamente ritmos y movimientos, fuerza y destreza, pero sin sublimar la carne en acción. Cuerpos de una belleza laboriosa, formados en la resistencia y la templanza, las boxeadoras de Michanié son tan de autor/a como los skaters de Gus van Sant y las nadadoras de George Sidney.

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