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Domingo, 12 de abril de 2009

ENTREVISTAS >JORGE LAFFORGUE RECORRE EL PENSAMIENTO SOBRE EL PAíS

Qué nos pasa a los argentinos

Durante varios años, Jorge Lafforgue –escritor, crítico y editor– se dedicó a recopilar “los mejores ensayos argentinos”, es decir, un corpus de textos cuyo eje es tratar de rastrear las claves del pensamiento nacional. Explicar la Argentina (Taurus) se propone como una selección que incluye desde insoslayables como Sarmiento o Echeverría hasta pensadores menos canónicos como Ramos Mejía, Ernesto Palacio o Arturo Jauretche. En esta entrevista, Lafforgue cuenta las dificultades de un emprendimiento que podía convertirse en un compromiso apabullante y revela cuáles fueron los autores que lo deslumbraron y aquellos que lo decepcionaron.

 Por Angel Berlanga

Los textos que este libro reúne –anota Jorge Lafforgue en el epílogo de Explicar la Argentina– hablan desde sí y entre sí, entablando un diálogo que a menudo suele ser debate abierto y aun ríspido enfrentamiento. A todos ellos, sin embargo, mueve una misma pasión o una búsqueda o convicción: hacer de la Argentina una nación. Pero ¿qué nación?” Mariano Moreno, Arturo Jauretche, Bartolomé Mitre, Jorge Luis Borges, Ezequiel Martínez Estrada, José María Ramos Mejía, José Hernández y Domingo Faustino Sarmiento son algunos de los autores involucrados en el singular y estimulante recorrido que propone Lafforgue a partir de diecinueve ensayos que enfocan sobre el país, su realidad, su destino, su pasado, su idiosincrasia, sus filiaciones, en un arco temporal que va desde la Revolución de Mayo a las vísperas de la llegada de Juan Domingo Perón al poder.

Eso, lo que viene desde el General Perón hasta estos días, está proyectado para un segundo volumen, cuya fecha de aparición es de momento incierta. Cuenta Lafforgue en la sede de Alianza Editorial –es director de su filial en Buenos Aires– que Alfaguara le propuso que seleccionase “los mejores ensayos argentinos” y que a poco de aceptar tomó conciencia de la enormidad del compromiso: muchos autores, muchos textos escritos, mucho tiempo a abarcar. A partir del recorrido que armó quedan a la vista las raíces de las principales ideas que moldearon este país, cuyas hojas pueden verse aún muy agitadas por los vientos del presente. Lafforgue apela unas veces a obras canónicas (como en los tramos escogidos del Facundo de Sarmiento, Civilización y barbarie y de Zonceras argentinas de Jauretche) y otras a escritos más marginales (como en los casos de textos periodísticos de Mitre en Debates y de Hernández en diversos diarios), con un criterio que apuesta por el entrelazado, la evolución y la repulsión de asuntos centrales a través del tiempo y las coyunturas: si el pueblo y/o si la elite, si lo europeo y/o lo nativo.

“Las discusiones a veces son virulentas”, dice Lafforgue. “Hay textos en los que, directamente, se dicen de todo, no se guardan una. Entre Sarmiento y Alberdi, por ejemplo, las famosas polémicas. Una de las cosas que pongo es lo que se manda Hernández sobre el Chacho Peñaloza, contra Sarmiento. Yo creo que la línea que unifica a estos textos, más allá de las discusiones, es la intencionalidad de armar una nación. Mal o bien, los textos representan lo que hemos hecho los argentinos. El artículo que pongo de Borges, ‘El escritor argentino y la tradición’, de algún modo es una respuesta al que elegí de Ernesto Palacio, ‘La historia falsificada’: un texto dice una cosa y el otro la opuesta, y de ese diálogo el lector verá. Se puede inferir que Palacio se pasó un poco con su defensa de los ancestros hispánicos, y desde lo ideológico no sé si apoyaría totalmente el magnífico ensayo de Borges. Estos contrapuntos aparecen en muchos casos y la verdad es que me emocionó plantearlos, ver cómo se cruzaban, se puteaban, partiendo a veces, al mismo tiempo, de problemáticas no muy distintas. El ejemplo más estruendoso sería el de Civilización y barbarie, cuyos ecos llegan hasta hoy, aunque cronológicamente el libro llegue a Jauretche. Cito a Maristella Svampa, que hace un gran recorrido histórico sobre la antinomia. El gorilismo que hemos vivido frente al peronismo rememora esos enfrentamientos.”

Consigna Lafforgue que seleccionó los textos, también, de acuerdo a los siguientes parámetros: que se trate de escritores relevantes, reconocidos como figuras representativas del devenir histórico nacional; que de algún modo encarnen el ideario de otros autores centrales; y que talle, además, un criterio hedonista: “Sin desestimar el calado conceptual –anota en la introducción–, me esforcé para que los ensayos seleccionados fuesen de agradable lectura. Entendiendo que el qué se dice y cómo se dice son elementos complementarios, y sólo opuestos por desidia o incompetencia, procuré cumplir con el reiterado imperativo borgeano: ‘Toda lectura tiene la obligación fundamental de ser un placer’. Y agrego: un placer movilizador, un placer que compromete los pasos a seguir”. En un momento temió, dice, que el carácter de “clásicos” desembocara en un libro atractivo sólo en las universidades. “Pero después –agrega–, vi que las problemáticas siguen en plena ebullición.” Y sí: la zanja de Alsina, el muro de Posse.

Ante la lectura de muchos de los textos elegidos por Lafforgue suele darse, complementariamente, el deslumbramiento y la grieta. Eso en cada pieza: luego está cómo se espejan en las otras. Depende del lector, por supuesto: son notables, por citar un ejemplo, las observaciones sociológicas que hace José María Ramos Mejía sobre los inmigrantes italianos en Las multitudes argentinas, pero a la vez uno se atraganta con la mirada rancia y clasista de oligarquía, sustentada en su caso por sus apreciaciones científicas de sesgo lombrosiano, que hoy causan algo de gracia. Para cada texto Lafforgue escribió una desarrollada semblanza biográfica y bibliográfica de cada autor que pone oportunamente en contexto a personajes de vastísima producción que, además, en muchos casos desempeñaron diversas tareas gubernamentales. En Explicar la Argentina también hay ensayos de Bernardo Montea-gudo (Federación Hispanoamericana), Esteban Echeverría (Dogma socialista), Paul Groussac (Carlos Pellegrini), Adolfo Saldías (Historia de la Confederación), Joaquín V. González (El juicio del siglo), José Ingenieros (Las fuerzas morales), Alejandro Korn (El pensamiento argentino), Ricardo Rojas (La restauración nacionalista) y José Luis Romero (Cambio social entre 1852 y 1930).

¿Con qué ideas planteadas en el libro usted disiente más fuertemente?

–Para hacer el libro leí cosas que no había leído y, también, releí otras. La suma de esto, en general, me confirmó lo que yo sentía ante algunos autores. Te voy a decir lo que puede parecer más estruendoso a mis amigos: a mí me rompe bastante Martínez Estrada. Yo no comparto ese ensalzamiento, que empezó con el número que le dedicaron en Contorno; me parece que tiene cosas extraordinarias, como Radiografía de la pampa o La cabeza de Goliat, pero otras me parecen dislates. No acuerdo, tampoco, con lo que decía de él Gino Germani, que planteaba que desde lo sociológico no sirve para nada. Pero bueno, por decirlo de alguna manera, Martínez Estrada no me copa. En cambio Borges, más allá de sus posiciones políticas de mierda, que todos conocemos, es excepcional. Y digo algo que es súper lugar común universal. Podría seguir con otros, pero bueno: son posturas personales y traté que se reflejaran lo menos posible en el libro. Busqué como una especie de consenso. Ahí tenés todo Jauretche –señala una pila de libros–. Para muchos amigos es un ídolo, para mí no tanto. Pero bueno, no quisiera enemistarme con mis posibles lectores, por favor.

Un asunto que recorre el libro es el tironeo entre “la influencia europea” y cómo debiera ser la relación con los nativos y los mestizos o, más adelante, los inmigrantes. Esa es una línea que llega claramente hasta hoy.

–Eso se ve en otros países de Latinoamé-rica con mucha más fuerza todavía, con mucha más carga histórica. En Colombia y Ecuador está el indio y está el negro, además; Cartagena es una ciudad con un 80 por ciento de negros. Acá, con esa sanata de que “los argentinos descendemos de los barcos”, el problema está más solapado. Pero fijate cómo está presente en las postulaciones básicas de Ricardo Rojas, cómo lo plantea a partir de un concepto como Eurindia. Se ve en Ernesto Palacio y los nacionalistas de su línea, y eso se puede remontar a Castelli y Monteagudo, los tipos que estaban en Chuquisaca y veían esto mejor. Efectivamente, es un problema irresuelto.

Cuando estos autores hablan de “nación” uno tiende a pensar que lo hacían en serio. Pero la primera reacción, hoy, ante alguien que teoriza sobre “los argentinos” es la desconfianza. ¿Qué pasó, por qué suena a chanteo hablar de esa noción de conjunto?

–Yo creo que ahí juega la perspectiva, la falta de distancia respecto a los contemporáneos. Ahí puede andar el amigo íntimo que dentro de unos años va a ser una gloria nacional y al que hoy no le das la bola que merece. Yo, por ejemplo, nunca batí palmas por el General Perón, pero cuando hablaba de la Argentina lo hacía con mucho peso: no sé si mayor o menor que Mitre, pero bueno, está. Son los años los que dan la perspectiva de quién tenía peso y quién no.

Le preguntaba, antes, por alguna idea del libro con la que disintiera, y se fue por el lado de los autores.

–Civilización y barbarie es una idea que se ha ido bifurcando, lo dicen Tulio Halperín Donghi y Jauretche, los cito. Atraviesa toda nuestra historia con distintas lecturas y ángulos, es como un gran paraguas. Hay dos ideas fuertes que se confrontan, también, entre los textos de Ingenieros y de José Hernández. Esa es una discusión no tan evidente en otros autores, pero está. Ingenieros, socialista, un hombre de izquierda, progre, cuya obra está marcada por la “tara” (llamémosla así, aunque no es tal) de que son las elites las que realizan las transformaciones; Hernández, en cambio, en un articulito que no es conocido, una de las pequeñas joyas del libro, invoca al pueblo y dice que es el pueblo el que produce las transformaciones. ¿Vos me estás pidiendo que te diga si es uno u otro? No, por favor. No quiero ponerme en politólogo, que no lo soy.

Bueno, el ensayo requiere una carga personal, subjetiva.

–Yo creo que ni tanto ni tan poco. Hay mil ejemplos de pueblos que se levantan, pueden ser aplastados y de repente no pasa naranja. Moreno y Castelli, la línea que reivindica Ingenieros, era una pequeña elite; la gente del campo no compartía su ideología, pero las ideas fuerza tenían vigencia. Yo creo que la transformación de las sociedades, las revoluciones, se pueden realizar cuando hay una confluencia entre la voluntad del pueblo y la de cierto grupo que las lidera. Mao Tse-tung y su séquito y los millones de chinos que lo apoyaron: las dos cosas. ¿Fueron Fidel, el Che y Cienfuegos en Sierra Maestra y el pueblo cubano se chupaba el dedo? No. Pero esto es una apreciación personal que no sé si tiene sentido. Lo respondo porque si no después vas a poner “no quiso responder”.

¿Ve? Ese ni tanto ni tan poco discute con los extremos que se plantean, por ejemplo, en civilización/barbarie, peronismo/antiperonismo.

–Ahora se complica, porque ¿qué decís? ¿Ni De Narváez ni Scioli?

No hay, en el libro, textos escritos por aborígenes ni por mujeres. No los encontró dentro de los parámetros que se planteó, señala Lafforgue. “Digo, ahí, que me quedé con las ganas de poner a Victoria Ocampo”, explica. “Lamentablemente, en ese período la mujer no tiene un papel relevante. Salvo ella, en los comienzos de Sur, aunque sus publicaciones son posteriores. Tendría que haber estado, ¿pero qué hubiesen dicho mis amigos del PJ si pongo a Victoria y no a Eva Perón?”, bromea. Lafforgue conoció en persona a Borges y a Martínez Estrada; se formó, cuenta, con José Luis Romero: “Una gran persona, tuvo mucha importancia para mí. Los personajes que más me coparon y están en mis antípodas, porque soy una persona más bien tranquila, son Moreno y Monteagudo”, cuenta. “Uno murió asesinado y sobre la muerte del otro, Moreno, subsisten las dudas sobre si lo mataron o no. En todo caso los finales son similares: tuvieron muy pocos años de vida y sin embargo llevaron adelante sus proyectos muy efectivamente, es fantástico. Porque vos decís Sarmiento, Hernández, Mitre, bueno, vivieron sus 80, qué sé yo. Pero éstos, con treinta y pocos, fueron como saetas en el curso de la historia.” A Lafforgue, aunque en otro sentido, también lo impresionó José Ingenieros: “Ahí transcribo parte de una autobiografía en la que cuenta que vivía del ejercicio de la medicina y que trabajar con la escritura, para él, era un hobby. Por las tardes atendía un consultorio y por las noches leía y escribía hasta la madrugada; no fumaba, no chupaba –esto último me parece gravísimo–. Ese modo bestial de producir, dice, no le permitía durante días, semanas, y hasta meses, ver el sol. Y yo digo qué boludo, por favor, José Ingenieros. Con todo respeto”.

El caso de Ingenieros, que tiene una obra grande e idas y vueltas, me hace pensar que algunos de los textos seleccionados más tarde serán contradichos por ellos mismos en otros, más adelante.

–En algunos casos sí, en otros no tanto. Sarmiento es Facundo, efectivamente; pero “Conflicto y armonía de las razas” es su propia relectura del Facundo, al que ahí contradice. Lo que hago acá es una incitación a la lectura, a una ampliación. Por eso pongo las fuentes, cada sitio de donde saco, lugares a los que se puede acudir a redondear ideas.

Lafforgue dice que el libro es una vieja asignatura pendiente que está vinculada a sus lecturas adolescentes en la biblioteca del secundario que hizo en Villa María, Córdoba, y a su tesis para el doctorado en Filosofía que no completó y trataba sobre la superación del positivismo en la Argentina. “Yo no me reconozco demasiado como crítico literario ni como profesor universitario. Diría que he hecho periodismo cultural, o que he sido editor”, dice. “Lo de Cartografía personal (su libro anterior) son aproximaciones sobre personajes con los que he trabajado y escrito bastante, Horacio Quiroga, Rodolfo Walsh. No lo quiero decir mucho, porque no sé si lo podré cumplir, en qué medida, pero luego de Explicar la Argentina me guardo el desafío de un ensayo propio. Nunca me había puesto tan ordenadamente, estuve un par de años leyendo a estos señores, y eso me movilizó bastante. Este libro ya está hecho y lo reconozco, pero si tuviera que encararlo hoy le daría un plus. Es pretencioso decirlo así, pero me gustaría establecer cierto diálogo.

¿Qué opina de Mitre?

–Vos querés que quede mal con La Nación... Es un personaje al que mis amigos nacionalistas le tienen una tirria, una fobia tremenda. Pero ojo: a veces me ha llamado la atención cómo se cuidan de hablar mal de él –no sé si Jauretche lo señala– porque están hablando mal de La Nación. Mitre es un personaje del que no podemos reivindicar su papel en la Guerra del Paraguay, por ejemplo, pero al mismo tiempo tampoco es un boludo cualquiera. Roca es también detestable en muchos aspectos, eliminó a sangre y fuego a los indios, era un hijo de puta conservador, pero tampoco lo podemos borrar, como quiere mi amigo Osvaldo Bayer. Yo reivindico ahí, un poco en joda, a través de Groussac, a Pellegrini. Toda la base historiográfica, por citar algo, sigue siendo Mitre. Y fundó ese diario, que hoy todavía infunde el miedo a hablar libremente de él. Personajes así, evidentemente, no son de una sola pieza.

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Imagen: Xavier Martin
 
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