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Domingo, 12 de abril de 2009

CINE 1 > EL TELóN DE AZúCAR: UNA HISTORIA PERSONAL DE CUBA

Nuestros años dorados

Inaugurando una sala más que bienvenida, se estrenó El telón de azúcar, el emotivo recorrido de Camila Guzmán Urzúa por su historia personal en Cuba, desde los años felices posteriores a la Revolución hasta la dolorosa realidad de los últimos tiempos.

 Por Mariano Kairuz

“Así crecí yo, usé ese mismo uniforme y también dije que sería como el Che. Eso fue hace veinte años. Recuerdo que Cuba era como un paraíso, un lugar sin preocupaciones, sin angustia y sin violencia. Aquí el dinero no tenía valor, lo material no tenía importancia y no existían el desempleo ni la religión.” Con estas palabras, describiendo un reino de solidaridad e igualdad, arranca la voz en off de Camila Guzmán Urzúa, mientras corren algunas de las primeras imágenes de El telón de azúcar, su ópera prima. Un documental en el que narra en primera persona y mediante la recolección de testimonios de sus amigos y compañeros de escuela en su niñez y adolescencia, su reencuentro con la isla después de varios años de ausencia, y confronta los idílicos recuerdos de su infancia con la nueva y ruinosa realidad cubana posterior a la caída del bloque soviético. En esas imágenes comentadas se registran los cantos y recitados de los alumnos escolares, loas a los próceres de la Revolución; los mismos cantos, declara Guzmán, de cuando ella era una de las niñas de los llamados “años dorados”, uno de los “pioneros”, la generación de los hijos de la Revolución llamados “a forjar el futuro”, a fines de los ‘70 y principios de los ‘80.

Puede que la situación de Guzmán, sin embargo, no sea del todo típica de su generación: hija del reconocido cineasta Patricio Guzmán (director de los documentales La batalla de Chile y Salvador Allende), emigró con su familia de Chile tras el golpe del ‘73, cuando ella tenía dos años, y vivió en Cuba hasta 1990, año en que aceaptó una invitación de su padre a sumarse a la producción de una nueva película, con la cual se metió de cabeza –y sin retorno– en el universo del cine. Justo por la época en que se fue, ya sin el apoyo soviético, la situación económica cubana se volvió particularmente complicada; la economía pareció congelarse en pocos meses. Y fue precisamente su distanciamiento prolongado –pasarían cuatro años hasta que volviera a visitar la isla, donde aún vive su madre– lo que permitió a Guzmán abordar el choque, los contrastes entre aquello que había quedado grabado en su memoria emocional, entre la feliz percepción del lugar en el que transcurrió su infancia –un mundo donde “el dinero no era una preocupación”– y el lugar al que volvió para hacer su película.

La expresión que da nombre a la película (“En Cuba no hay una cortina de hierro sino un telón de azúcar”), era, cuenta la directora, un dicho común entre la generación de la Revolución. La expresión de un mundo menos duro, donde todos tenían trabajo, acceso a una vivienda, a la educación. Cuando Guzmán, que volvió a Cuba para la época en que la crisis de los balseros recorría los diarios de todo el mundo, empezó a hacer su documental con un sueño que parecía haber terminado, preguntándose si aquello no habría sido tan sólo un espejismo, una fantasía infantil a la que ahora, en la adultez, era necesario interpelar con rigor. Y entonces fue a visitar a sus viejos amigos de la escuela, que comparten ese recuerdo ensoñado, y que fueron los mismos que la disuadieron cuando, a mediados de los ‘90, ella pensó en volver. Esos testimonios, sumados a los de la madre de la directora, su propia aparición en cámara, y material de archivo –en el que se insertan elocuentes primeras planas del Granma, como las de la visita de Gorbachov en años de la Perestroika–, van dando forma al relato, que adquiere un tono más amargo conforme avanza.

La película, que pasó por una quincena de festivales internacionales, recibió algunas críticas por ampararse en ese recorte emocional armado de recuerdos personales, y omitir datos más objetivos sobre el proceso de descomposición política, social y económica que se vivió en Cuba, y eludir el costado más oscuro y represivo del régimen. Pero la propuesta de Guzmán es clara desde un principio: su film es menos un documental histórico que un retrato generacional. “El punto de partida fue el punto de vista de una niña para la que Cuba era un paraíso”, explicó en entrevista con el suplemento de espectáculos de Página/12 dos años atrás, cuando competía en la correspondiente edición del Bafici. “Cuando uno es adulto lo ve de otra manera; pero la felicidad y el bienestar general fueron reales. Se habla mucho de Cuba en el mundo, y en Europa hay una imagen bastante negativa. Pero hubo una época que duró veinte o treinta años donde las cosas sí funcionaron. Era importante recuperarlo y ponerlo en una cajita.” En algún otro reportaje respondió a aquellas críticas: “Nunca fue mi intención hacer un retrato detallado de la realidad, para lo cual hubiera tenido que ver muchas cosas que no están en la película. La idea era rescatar la infancia, lo poco que pasó con mi generación”. Completada de manera independiente, con un premio de la televisión española, un montaje hecho en una computadora hogareña y el apoyo de Escuela de San Antonio de los Baños, finalmente llega al público porteño para exponerse no sin sus puntos débiles pero con la honestidad de quien es capaz de exhibir en pantalla sus contradicciones y mostrar con dolor su propio proceso personal de pérdida de la inocencia.

El telón de azúcar se puede ver
en Arte Cinema, Salta 1620.

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