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Domingo, 12 de abril de 2009

FAN > UNA ARTISTA ELIGE SU OBRA DE ARTE FAVORITA

Las herramientas de la imaginación

 Por Juliana Iriart

Desde que tengo recuerdo me acompaña. No sé quién me la regaló pero sí sé cuánto la miré, escuché y atesoré. Mis días de niña estuvieron ligados al pasto, las flores y los árboles más que a las obras de arte. Refugio inolvidable fue un añejo ciruelo. Se podía subir a él por una escalerita colgante o, como yo lo hacía, trepando por un costado. Desde la base hecha de tablas bien agarradas o desde alguna de sus ramas más gruesas miré flores - frutos - hojas - ramas peladas, en días de sol, nublados, de lluvia (la aventura mayor), de calor o frío, sola o acompañada por mis hermanos y amigos. Que una flor se transformara en el fruto que comería unos meses después hasta que me doliera la panza era pura magia. Cuando llegaba la hora ineludible de entrar en la casa, siempre había algo de mí que quería seguir afuera. Desde la habitación fueron muchas las veces que abrí el cajón de esta cajita de música como si fuera una entrada, y al hacerlo el payaso comenzaba a bailar al ritmo de la melodía que se aceleraba según la cuerda que le daba. Repetí una y otra vez la emoción del comienzo y el asombro del final, la quietud inmaculada cuando la cuerda se agotaba. Imaginé los movimientos que existían en ese otro universo, estaba segura de que ahí todo continuaba; ella giraba, hacía piruetas, el elefante salía lentamente, la gente miraba asombrada, murmuraba, lo que ocurría afuera, la espera para entrar, historias de personas, dibujos, o cosas, creí que la Pantera Rosa, mi primer ídolo, paseaba por los alrededores y en cualquier momento terminaría en el centro de la escena.

Esta cajita me hizo existir en otro mundo, alimentarme de él a mi gusto y desear hacer las cosas que veía ahí adentro.

A los cuatro años les dije a mis padres que quería aprender danza. El pasaje no fue un calco, nunca llegué a bailar sobre un caballo, pero sí empecé a convertirme en herramienta de mi imaginación. Dibujaba y pintaba aunque no me gustaba cómo lo hacía, más bien me daba mucha más vergüenza que bailar. Hasta los doce años estudié danza y viví cerca del ciruelo, luego nos mudamos varias veces y esta cajita de música fue el mudador de esos primeros descubrimientos.

En la escuela aprendí algo de inglés y supe lo que significaban las palabras escritas en ella: circo, espectáculo grande y payaso que sueña, sólo un poco de lo que imaginé en mis paseos por su interior. También comencé a mirar libros de arte y fui muy feliz cuando di vuelta una página y apareció Cirque, de Seurat, hecho con miles de pinceladitas. Increíble, efectivamente ese mundo al que entraba existía y no era yo la única que lo visitaba.

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