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Domingo, 12 de abril de 2009

MUESTRAS > LA SOMBRA Y SUS ALREDEDORES

La otra parte

Desde la poderosa carga simbólica del Renacimiento hasta las celebraciones del realismo socialista (y pasando por su relación con la perspectiva en el Barroco, su personificación en el romanticismo, su carga emocional durante el simbolismo, sus colores con el impresionismo, su potencia con el realismo y su proliferación en todas direcciones con la fotografía, el pop y el cine), la sombra es uno de los protagonistas más sugestivos de las artes visuales. En Madrid, una muestra la atrapa, la explora y la elogia en sus múltiples formas.

 Por Rodrigo Fresán

Desde Madrid

Llegamos solos y nos vamos solos de este mundo. Pero desde el principio y hasta el final nos acompaña la sombra propia. Y, a la hora de la amenaza ajena, la sombra es lo primero que entra y lo último que sale de la escena de cualquier crimen. Esa otra parte de nuestro cuerpo –un miembro desmembrado pero aun así pegado a nosotros– que proyectamos sobre los demás y que se proyecta sobre nosotros, cubriéndonos como una capa ligera a toda hora y desapareciendo en la vertical encandiladora de mediodías o en la oscuridad horizontal de medianoches.

Jugamos con las sombras, sombras chinescas, sombras poliglotas y universales. La sombra que crece a cuerpo en el cuento de Hans Christian Andersen, el cuerpo que pierde su sombra en el relato de Adalvert von Chamisso, la sombra que se escapa y es vuelta a coser a los talones de Peter Pan, ese raro héroe conocido como The Shadow que conoce perfectamente la calidad del mal que acecha en el corazón de hombres sombríos, aquellos a los que aterroriza la sola visión de la sombra de Batman.

Después –en los bordes exteriores de la infancia, cuando las sombras ya no son esas formas que nos atemorizan bailando sobre techos o paredes– las iniciáticas sombras del vampiro subiendo por las escaleras de Nosferatu o la sombra del vivo-muerto Harry Lime corriendo por los callejones y las alcantarillas de Viena. Y la sombra de Hamlet Sr. en las almenas de Elsinore. Y la voz de Rod Serling explicándonos que “a mitad de camino entre la luz y la sombra” se encuentra la zona, la crepuscular Dimensión Desconocida. Y John Prine en aquella canción amorosa y criminal preguntándonos si sabemos cómo se ve la sangre en un video en blanco y negro y respondiéndonos, casi gritando, con un “¡Como sombras! Así se ve la sangre”.

Hace un par de semanas, viajé a Madrid por trabajo y, en un rato libre, entré primero al Museo Thyssen-Bornemisza y después –a unas pocas cuadras– a la Fundación Casa Madrid: ambos edificios funcionando como sedes, como cuerpo y sombra o como sombra y cuerpo, de una luminosa exposición titulada La Sombra.

Y uno entra y se la pasa, fascinado, contemplando las paredes y las sombras que allí colgaban.

Y a la salida, por la calle, no puede dejar de mirar hacia abajo, pensando en que tenía la sombra por los suelos.

PINTALAS DE NEGRO

La definición de sombra en el Diccionario de la Real Academia Española ocupa toda una columna que se queda corta. Porque, de acuerdo, hay allí muchas acepciones del inasible término (que van desde el “Proyección oscura que un cuerpo lanza en el espacio en dirección opuesta a aquella por donde viene la luz” hasta el “Espectro o aparición vaga y fantástica de una persona ausente o difunta”) pero nada se explica allí de la naturaleza de la sombra. Más preciso es, como de costumbre, Jorge Luis Borges quien –en el indispensable catálogo de la muestra, en un apéndice con texto diversos y sombríos– recita versos que explican que “Nos duele sostener esa luz tirante y distinta, / que es una alucinación que impone al espacio / el unánime miedo de la sombra / y que cesa de golpe / cuando recordamos su falsía / como se desbarata un sueño / cuando el soñador advierte que duerme”.

Y aun así, Borges se equivoca, porque las paredes del Museo Thyssen-Bornemisza y de la Fundación Caja Madrid desbordan de sombras auténticas aunque alucinadas y cuya luz no se desbarata con el despertar por más que recorramos las diferentes salas con los ojos bien abiertos de los que, a menudo, hacen gala los mejores zombis y sonámbulos.

Y la luz de la que ha surgido esta exposición es la luz de un libro. Hace más de una década Victor Stoichita publicó el ensayo A Short History of the Shadow (que la editorial Siruela traduciría al español, el libro se consigue en la tienda del museo adjunto) y fue a él a quien le propusieron ser comisario y curador del asunto.

Y así explica Stoichita su estrategia para atrapar “esa alucinación que impone al espacio el unánime miedo de la sombra” en su introducción del catálogo: “Una exposición que tiene como tema la representación de la sombra, sus funciones y su simbolismo desde el Renacimiento hasta nuestros días constituye sin duda un gran reto, en primer lugar por la multiplicidad de significaciones, de problemas y de soluciones que conlleva. Para responder a todo ello, hemos optado por combinar el orden cronológico de la presentación con el orden temático. La exposición está concebida en dos bloques que se comunican estrechamente. En el primero, presentado en las salas del Museo Thyssen-Bornemisza, se exponen obras sobre un soporte ‘clásico’, es decir, tablas y lienzos que van, salvo algunas muy elocuentes excepciones tardo-medievales, del Renacimiento al siglo XIX, desde Jan van Eyck, pasando por Lorenzo Lotto, los caravaggistas italianos, franceses y holandeses, Wright of Derby, William Holman Hunt, hasta Santiago Rusiñol y Félix Vallotton. El visitante podrá de esta manera contemplar cómo Van Eyck juega en la misma obra (en el precioso díptico de la Anunciación Thyssen) con sombras y reflejos especulares, la forma en que Giovanni di Paolo otorga un carácter diferenciador a la sombra, siendo ella la que configura la realidad de los paisajes, salpicándolos de sombras esbatimentadas, mientras que los personajes de la historia sagrada ocupan la obra tranquilos y bidimensionales, puras formas coloreadas y sin sombra. Más adelante, Jean Leclerc, en La negación de Pedro, relega al último término de su cuadro las asombrosas minihistorias hechas de sombra y luz. Algunos de los objetivos de esta exposición son poner de relieve la existencia de campos transversales y mostrar los hilos, a veces ocultos, que unen, pese a la distancia cronológica, las épocas y los artistas. Tendremos el placer de descubrir cómo el método de las ‘historias de sombra’ inaugurado por Caravaggio y los caravaggistas (siendo el de Leclerc un ejemplo de valor emblemático y excepcional) se reformula en Wright of Derby, como lo hace también en la pintura del Romanticismo y del realismo mágico, para llegar a las experiencias vanguardistas del cine expresionista alemán. Por esta razón, el segundo bloque de la exposición se ha situado en la Casa de las Alhajas, de la Fundación Caja Madrid, dedicado a la pintura moderna y a los mass media actuales de la fotografía y el cine, artes inseparables de aquella. Así la renovación expresionista, surrealista o del realismo mágico se comprenderá mucho mejor, y los orígenes espectrales de Nosferatu (de Murnau), el simbolismo del poder nefasto que se atribuye a la sombra de Iván el Terrible (de Eisenstein), el ludismo de la danza con la propia sombra de las comedias musicales de Fred Astaire o el homenaje que se tributa a los orígenes del cine en casi todas las películas de Woody Allen se presentarán como jalones importantes e inexcusables de la gran historia de la figuración occidental”.

Y tanto la muestra como el libro empiezan igual: varios cuadros revisitando y reformulando la invención de la pintura según lo contado por Plinio El Viejo. Manos calcando en una pared el contorno de una sombra proyectada por aquel que se dispone a partir de viaje. Así, su perfil –el cuerpo de la sombra es, siempre, la línea de su silueta y todo aquello con lo que lo llena– permaneciendo clavado en la pared de una casa o de una cueva y son todos cuadros de motivos clásicos. Togas y sandalias y, de pronto, el desconcierto de Los orígenes del Realismo Socialista de Vitaly Komar y Alexander Melamid, pintado en 1945 y mostrando a un Josef Stalin –pintado con estética más cercana a la de los zares que a los gestos de la imaginería soviética– cuya sombra es capturada por una figura divina contra la base de unas columnas.

De ahí en más, la sombra organizada por épocas que son, también, estados de ánimos de esa ánima que es la sombra.

Así, la sombra que es puro símbolo en el Renacimiento, que contribuye a fijar definitivamente las leyes de la perspectiva en el Barroco, que crece a personaje durante el Romanticismo, que se ofrece como catalizador de las emociones de los cuerpos durante el Simbolismo y el fin de siglo, que descubre el color durante el Impresionismo, que recupera potencia geométrica y paisajística durante los realismos modernos, que va por la suya y fluye en el surrealismo y que –por fin– es técnicamente atrapada para escaparse de mil maneras diferentes por la fotografía y el pop art y el cine hasta llegar a las tinieblas de nuestros días en los que –como dijo Thoreau– el orden se invierte y todo parece indicar que “los hombres son los sueños de una sombra”.

SOMBRAS NADA MAS

Fui a ver la exposición La Sombra junto al escritor español Andrés Ibáñez. Ibáñez es uno de esos escritores españoles agradeciblemente “raros”. Es decir: Ibáñez no ha escrito ni creo que escriba nunca una novela sobre la Guerra Civil Española. Tampoco, me parece, firmará uno de esos best-sellers turísticos como el recién aparecido El pintor de sombras de Esteban Martín, en el que un joven Picasso se cruza en la Barcelona de entonces con un Jack El Destripador de vacaciones y un Sherlock Holmes que le viene siguiendo la pista desde Londres (en serio, no es broma). Entramos en las sombras e Ibáñez y yo pensamos lo mismo al mismo tiempo: hay que escribir algo sobre todo esto. Ibáñez se detiene largos minutos frente al Cristo bendiciendo de Pier Maria Pennachi y días más tarde teorizará en las páginas del suplemento cultural del ABC sobre “la sombra de Cristo: no sólo la prueba de su humanidad, sino la condición que la luz ha de adoptar en este mundo. Ha de atravesar el mundo: ha de inscribirse en la carne, ha de prolongarse y adentrarse y adensarse en la sombra. El espíritu de Dios, dicen los Evangelios, obumbravit María, es decir ‘cubrió a María con su sombra’. Y de esa sombra nació Cristo”.

Yo, en cambio, casi pego la nariz al cristal que cubre un pequeño cuadro titulado La gran sombra y firmado en 1805 por un tal Heinrich Willheim Tischbein: la perfecta ilustración para un relato fantástico y romántico en el que, en una habitación cúbica, la sombra de un joven apesadumbrado junto a la cálida luz de una chimenea proyecta la helada sombra que se desprende de sus talones, sube por la pared de la estancia y lo mira desde arriba, desde el techo.

Dime qué sombra prefieres y te diré qué sombra te mereces y en La Sombra –donde se han elegido como símbolos de posters y banderines la sombra casi alienígena que se pasea al fondo del Retrato del Dr. Haustein de Christian Schad y, amenazante o amorosa a partes iguales, La sombra sobre la mujer de Pablo Picasso– hay sombras para todos los gustos y luces: Van Eyck, Leclerc, La Tour, Rembrandt, Carraci, Goya, Millet, Vuillard, Valloton, Monet, Sisley, Camille Pisarro, Soroya, De Chirico, Hopper, Dalí, Tanguy, Magritte, Dalí, Delvaux, Ernst, Rusch, Warhol, Lichtenstein, Man Ray, Brancusi, Brassaï y Kertész, Murnau, Lang, Hawks, Hitchcock, Greenaway, Allen y Tarantino son, apenas, algunos de los que aquí llegan a proyectar y jugar. Todos ellos elogiadores de la sombra que –como Junichiro Tanizaki– supieron siempre que “la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”.

Más lejos en el tiempo –pero igual de cerca en la idea– en sus Notas para el Tratado de la Pintura, Leonardo Da Vinci postuló que “ninguna materia puede ser inteligible sin sombra y luz. Sombra y luz nacen de la luz”.

Pensar en todo esto cada vez que encendemos una luz para encender una sombra.

Pensar en qué pensarán las sombras de todo esto.

Pensar en si sus pensamientos serán, siempre, negros.

Pensar en si las sombras se juntan a mirar y a opinar sobre el estilo de nuestros cuerpos, sobre todos esos cuerpos que proyectan las sombras.

La exposición La Sombra puede visitarse en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid y en la Fundación Caja Madrid hasta el 17 de mayo.

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ANDY WARHOL: LA SOMBRA (1981)

GEORGE DE LA TOUR: SAN SEBASTIAN ATENDIDO POR IRENE (1630)

CHRISTIAN SCHAD: RETRATO DEL DR HAUSTEIN (1928)

EMILIO FRIANT: SOMBRAS MARCADAS (1891)
 
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