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Domingo, 22 de diciembre de 2002

Ese amigo del alma

Música Mezcla de Joao Gilberto, Tanguito y Syd Barrett, desde mucho antes de su muerte, el 16 de mayo de 1990, el uruguayo Eduardo Mateo ya era mito. Fanático de la bossa-nova y de los Beatles, inventor del candombebeat y tal vez el músico de culto más influyente del Río de la Plata, en esta orilla cada vez se conoce más su obra. Con la flamante edición local de Razones locas, su biografía escrita por Guilherme de Alencar Pinto, ahora también se puede recorrer su fascinante historia.

 Por Martín Pérez

Aquel envío era el primero, y el brasileño estaba ansioso. A pesar de estar inmerso en el envidiable universo de la música de su país, a mediados de la década del ‘80 Guilherme de Alencar Pinto se había fanatizado por la música uruguaya. “Me di cuenta que ahí estaba la pomada”, escribió, y comenzó lo que él denominó una carrera tan fanática como frustrante por conseguir discos inconseguibles de un país que para el resto de la gente casi no existía. La solución llegó cuando conoció a Mariana Inglod y arreglaron un intercambio discográfico por vía postal. Pero el primer producto de ese intercambio, lejos de responder a su entusiasmo, lo decepcionó. Al menos en un primer momento. En lugar de un disco de sus nuevos ídolos –Leo Masliah, Los que iban cantando, Rubén Olivera o Jaime Roos–, se encontró con una portada que “tenía a un tipo sentado entre dos grandes esferas de piedra, poniendo cara de bobo y un nombre de cantante romántico italiano: Mateo”.
Aunque Guilherme confiesa haber puesto en el tocadiscos el disco en cuestión –nada menos que Cuerpo y alma, uno de los hitos de la carrera solista de Eduardo Mateo– sin grandes esperanzas, aquella escucha le cambió la vida. Y si la anécdota de su primera exposición a la música de Eduardo Mateo es la mejor forma de comenzar un artículo sobre la sorpresiva edición argentina de Razones locas, no lo es sólo porque su protagonista es el autor de la única, fascinante y fundamental biografía disponible sobre su vida y obra. Sino porque seguramente a cualquiera que se haya acercado sin ningún conocimiento previo a la música de Mateo le sucedió exactamente lo mismo. Primero cierta desconfianza y rechazo, luego incredulidad y sorpresa, pero finalmente una fascinación que invitaba a la búsqueda de más música como ésa, que parecía haber salido de la nada.
“La música de Mateo abre cabezas y oídos, tiene extremos de sencillez y complejidad, agita caderas y cerebros, descoloca y fija raíces, no es xenófoba pero no se vende a nadie”, escribió Guilherme hacia el final de su primer texto periodístico sobre Mateo, aquel que también comenzó con el relato de su descubrimiento de la música de quién luego sería su biografiado. Incluido en el primer libro sobre Mateo (la antología de letras y artículos titulada Como un señor del tiempo, de 1988), ese texto fue, según Guilherme, una suerte de preludio de su biografía. “Desde aquella época ya recopilaba datos sobre Mateo, incluso hablando con él mismo, que toleraba mis cuestionarios porque luego de ellos podía charlar de otros asuntos. Aunque en realidad me contestaba cualquier cosa para salir del paso”, cuenta desde Montevideo quien, antes de ser su biógrafo, se acercó a Mateo primero como productor del álbum Todo depende (1986) de Mariana Ingold –en el que el autor de Cuerpo y alma colaboró ampliamente- y luego al producir su disco Mal tiempo sobre alchemia (1987).
“Cuando murió, sentí la obligación de encargarme de su biografía, ya que me daba cuenta que era la única persona con cabeza de investigador que conocía lo suficiente su trayectoria y su música como para encarar ese trabajo”. El resultado es un libro que recrea la vida detrás del mito del “divagante”, esa “nada” desde la que asoma la música del que tal vez haya sido el músico de culto más influyente del Río de la Plata. Apenas atisbada aquí y allá, oculta detrás de un profuso anecdotario y la alucinante magia de sus canciones, la existencia de semejante trabajo es un tesoro indispensable para los fans de la música de Mateo. Por eso es que suena lógico que incluso Jaime Roos, tal vez su discípulo más conocido y quien más lo alabó y acompañó a comienzos de los 80, haya asegurado desde la contratapa de la primera edición uruguaya (realizada en 1994) que Razones locas era el libro que durante años había querido leer.

MUY LEJOS TE VAS
Allá por los comienzos de los años ‘70, cuando Mateo estaba adquiriendo notoriedad como solista, realizó un recital en el que, después de un par de temas, anunció que era el momento de un “solo deguitarra”. Y se fue del escenario, dejando en su silla a la guitarra. Después de la sorpresa, la gente comenzó a reírse, llegando a aplaudir la ocurrencia e incluso el vanguardismo del artista. Pero los minutos pasaban, y Mateo no volvía. Y no volvió. Cuando se dieron cuenta que el espectáculo no seguiría, el aplauso dejó paso a la indignación mientras el público se retiraba decepcionado de la sala. Sólo alguno de ellos alcanzó a ver a Mateo en el bar de la esquina, medio ebrio, saludándolos alegremente.
Si es por anécdotas de las que alimentan al mito, el libro de Alencar Pinto las proporciona en abundancia. Es fascinante el relato de la noche en que, invitado por el pianista Raúl Medina a cenar a la casa de sus padres, Mateo pidió pasar al baño y tardó bastante en volver. Lo hizo luego de que todos escuchasen que abría la ducha para bañarse, y regresó a la mesa con el pelo mojado, sorprendido por la cara de reproche de sus anfitriones. “¿No me dijeron que podía pasar al baño?”, les preguntó. Sorprende el relato de un imposible encuentro entre Mateo y Tanguito en Buenos Aires, durante su residencia porteña en 1970. “Tanguito, te felicito porque estás muy loco. Me encanta que estés tan loco”, le habría dicho Mateo. También se confirman las peores aristas del poeta maldito, con el relato de su época de mendigo, en la que cobraba entrada por la calle para futuros espectáculos que nunca realizaría, o simplemente extendía la mano y decía “te cobro los derechos de autor”. O sino aquel momento en que, en medio de la grabación en Buenos Aires de lo que sería su primer álbum solista, una tarde se fue del estudio diciendo “ya vuelvo”. Y regresó a Montevideo para ya no volver más.
Pero quienes sólo conozcan ese feroz anecdotario de Mateo se sorprenderán al recorrer exhaustivamente en Razones locas la carrera musical de Angel Eduardo Mateo López, nacido en Montevideo el 19 de septiembre de 1940. Hijo de Angel Manuel y Silvia, y con dos hermanos, cuenta Estela Magnone que Mateo una vez le dijo que la primera vez que escuchó música fue a los tres años, cuando su madre lo llevó al Parque Rodó a ver a la Banda Municipal. “Me contó que la orquesta había tocado el ‘Bolero’ de Ravel, y que durante toda la obra había estado agarrado de la mano de su madre, temblando todo el tiempo”, recuerda la cantante, que asegura que un tiempo después de aquella confesión Mateo le regaló un disco de obras de piano de Ravel, interpretadas por Martha Argerich.
Integrante de las murgas de los barrios de su infancia, que eran Pocitos y Buceo, sus amigos recuerdan que desde el comienzo cantó y tocó el redoblante. Luego le fascinó el cavaquinho. Y más tarde el pandero. Su primera guitarra le llegó como regalo de su abuela, y así comenzó a incursionar en la música imitando al grupo brasileño Os Demonios da Garoa. Su primer grupo propiamente dicho llevó por nombre “O bando de Orfeo”, como homenaje al film Orfeo Negro (1959), y desde entonces comenzó a destacarse como líder de grupo. Luego vendría la aparición de Los Malditos, un grupo a la medida de los bailes de la época, bien beatle. Malditos por sus apariencias y cierta desorganización, Los Malditos llegaron a probarse en la porteña Escala Musical, pero un fracaso propició el cambio de nombre a The Knights. Y luego a la creación de El Kinto, punto de partida del mito, ya que el grupo –dentro del cual Mateo formó con Rubén Rada una prolífica dupla compositiva– fue el primero en incluir candombe en el movimiento beat, y también el primero en insistir en cantar en castellano, cuando los grupos de la época tenían éxito principalmente imitando a los grupos de rock extranjeros. Mucho antes que Santana, El Kinto incorporó las tumbadoras al rock, y fue el antecesor fundamental para el éxito del rock uruguayo de comienzos de los ‘70, con Tótem –el grupo de Rada luego de El Kinto– a la cabeza.
“Mateo ocupa un lugar fundamental dentro de la música popular uruguaya, ya que fue su principal músico ‘antropófago’, un concepto del escritorbrasileño Oswald de Andrade, que habla de los artistas que optan por deglutir al conquistador para incorporar su fuerza, en oposición al nacionalismo meramente resistente”, explica Guilherme. Y agrega que, antes de que su nombre apareciese en algún diario o tuviese un álbum editado, la gente de su entorno recibió su influencia. “Siempre fue una figura de culto”.

QUIEN TE VIERA
Una de las obsesiones de Razones locas es la de polemizar permanentemente con la historia oficial. Cuando se trata de la prehistoria musical de Mateo, buscando reconstruir los caminos musicales que llevan, vía su obsesión por la música brasileña, a “O bando de Orfeo”. Y luego, obsesionado por los Beatles, hasta Los Malditos. Su minuciosa reconstrucción testimonial responde tanto a la ausencia de registros discográficos de ambos grupos, como a la casi total ausencia de comentarios en la prensa de la época, a la que Guilherme presenta durante todo el libro como una suerte de voz del gusto instituido antes que un periodismo en busca de algún nuevo sonido. Algo que se confirma en la historia de El Kinto, que se extiende entre junio de 1967 y 1970. Según se sorprende el propio Alencar Pinto, las particularidades de su revolucionaria búsqueda musical son prácticamente ignoradas por la prensa, e incluso el grupo jamás llega a registrar un álbum propiamente dicho (su único larga duración proviene de unos playbacks para televisión, editados recién una década más tarde). Sólo cuando El Kinto se está separando es que se habla de ellos como un mito.
Luego de desempolvar la prehistoria, Razones locas recorre los entretelones de las grabaciones solistas de Mateo, las de su época más “divagante”. Así es como completa el bache temporal que separa sus dos primeros álbumes solistas: Mateo solo bien se lame (1972) y Cuerpo y alma (1984). Allí se cuenta la historia de una metamofosis del artista que recuerda los peores momentos de Tanguito. Pero sin final trágico, aunque estuvo cerca. Recorriendo con llamativa libertad –al menos para una biografía musical en castellano– los devaneos de Mateo con todo tipo de drogas, Razones locas reconstruye su época más oscura, de la que a mediados de los ‘70 el estudio del gurú Maharaji lo ayuda a apartarse e influye en el álbum más incomprendido de su carrera, su dúo Mateo y Trasante (1976). Luego vendría la época en la que su música sería totalmente menospreciada por el creciente Canto Popular, cuya politización y sistematismo no aceptaba los “divagues” de Mateo ni sus letras “apolíticas”. Y más tarde su progresiva reinserción dentro del podio de la música popular uruguaya, a partir de la década del 80, ya convertido para siempre en mito, pero aún de cuerpo presente.

MEJOR ME VOY
“El hombre siempre tuvo la costumbre de envejecer. Y está mal. No se debe envejecer, y con un poco de valentía eso se puede conseguir”, se le escucha decir a Mateo antes de tocar su tema “Blues para el bien mío”, en una grabación en vivo registrada en 1982. Y aquella frase tal vez represente mejor que ninguna otra la obsesión del Mateo de los últimos años. Alguien que no quería interpretar temas que hablasen de la soledad, como aquellas maravillas inmortalizadas por El Kinto o sus primeros discos solistas. Por eso es que casi toda su producción de la década del 80 lleva por nombre La Máquina del Tiempo, un proyecto que llegó a concretar discográficamente en dos álbums (Mal tiempo sobre alchemia y La mosca) y en más de un espectáculo, en particular uno realizado en el Teatro del Anglo con una banda que incluía a Jaime Roos.
Aún entonces, en su época supuestamente más tranquila, Mateo era un feroz dictador en los ensayos, que para él siempre parecieron ser más importantes que los shows en vivo. Tal vez porque, tal como sugiere Razones locas, Mateo sabía que con los músicos podía llegar a alcanzaralgo que con el público era imposible. Una comunión, un lugar especial, sin tiempo. “Para mí, Mateo siempre fue un buscador. Uno que no llegó nunca al fondo de lo que buscaba. Es admirable que nunca haya desistido, pero su camino fue errático”, opina Alencar Pinto. “Luego de reconstruir toda su historia, me da la impresión que nunca llegó a un punto de satisfacción. No sólo por no haber logrado nunca condiciones materiales decentes, sino porque nunca llegó al nivel que él mismo se exigía”.
Ya en su última época, Mateo parecía haber relajado definitivamente sus exigencias en los shows en vivo. Justo el artista que siempre fue un buscador intransigente, que recordaba a muchos de sus contemporáneos al protagonista del cuento “El Perseguidor” de Julio Cortázar, dejó de lado su rostro Charlie Parker para ser una especie de Louis Amstrong, siempre dispuesto a arrancarle una carcajada a su audiencia con sus “divagues”. Pero durante aquella última época, antes de su repentino fallecimiento víctima de un cáncer muy avanzado, supo tener más que una satisfacción. Tanto compartiendo espectáculos con otros artistas bajo el formato de dúo –así lo hizo con Leo Masliah, Mariana Ingold y, tal vez su último gran éxito, junto a Fernando Cabrera– así como en su vida personal, viviendo una agradable vida conyugal junto a su última compañera, la maestra y bailarina Elena de Pena. El acto final lo alcanzó antes de un show planeado junto a Alberto Wolf y los Terapeutas, y sus últimas dos semanas las pasó en el hospital. “Fueron sus días más normales y lúcidos, porque no se hacía el que estaba en otra. El tipo ya sabía que se iba, que estaba todo el pato cocinado”, recuerda Mariana Ingold.
Durante esas dos semanas en el hospital por la habitación de Mateo desfilaron todos sus conocidos. Y en la quincena posterior a su muerte, tal como escribe Alencar Pinto, la prensa uruguaya le dedicó un espacio enorme, apenas inferior al que mereció un músico mucho más difundido y menos controvertido que él: Alfredo Zitarrosa. “La noticia de la muerte de Mateo fue uno de los golpes más fuertes que he tenido en mi vida”, recuerda Jaime Roos. “Justamente estaba grabando un tema que se llama “Igual que ayer”, que habla de la muerte de alguien. Una letra que terminé cuando murió Lazaroff. Al día siguiente sentí que había un agujero en mi pecho, y me parecía que había también un agujero en el cielo de Montevideo. Me acuerdo que llovió todo el día, y a la noche teníamos que hacer un show en La Barraca. Fue la peor noche de mi vida sobre un escenario. No se lo dijimos al público hasta la última canción, porque muchos de ellos no lo sabían, y luego tocamos “Amigo lindo del alma”. Y después de ese tema, escuché de la gente un aplauso que no había escuchado nunca en una vida sobre el escenario. Un aplauso que recordaba a una llovizna, muy tranquilo y suave, y que parecía que no terminaba jamás”.

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