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Domingo, 4 de octubre de 2009

CINE 2 > TODOS MIENTEN, DE MATíAS PIñEIRO

Un Domingo en la quinta de Rosas

Los jóvenes descendientes de Domingo Faustino Sarmiento y Juan Manuel de Rosas pasan un lánguido verano en una quinta lejos de la ciudad, y allí traban intrigas amorosas y elaboran planes secretos, seguidos por la mirada de una cámara rohmeriana, haragana y algo paranoica.

 Por Mercedes Halfon

En una ajada quinta de aires coloniales, rodeada de vegetación crecida por demás, cuatro chicas hermosas tiran al fuego objetos de madera, cuadros abstractos, recortes de diarios. Antes de esto una de ellas, Helena, la chica centro de esta película, había relatado a su pequeño grabador una historia extraña: la suya. Ella es la tataranieta (bastarda) de Domingo Faustino Sarmiento. En esa rama de la familia sólo nacieron hijas mujeres, luego de cuyo nacimiento se sucedió, en todos los casos, la muerte del progenitor masculino. Helena es la última mujer de la cadena y está en lo que antiguamente se llamaba “edad de merecer”. En esa quinta entonces, donde también hay tres chicos hermosos, en ese lánguido verano fuera de la ciudad, es muy probable que alguien corra peligro de muerte.

En su segundo film, Matías Piñeiro retoma algunos de los motivos de su opera prima, El hombre robado. En principio, las actrices María Villar, Romina Paula, Julia Martínez Rubio y Pilar Gamboa —nueva adquisición— son aquí la superficie sobre la que la cámara se detiene. Pero al alterar la proporción de los factores todo se altera. También hay protagonistas masculinos: Julián Tello, Julián Larquier, Esteban Bigliardi y Esteban Lamothe. Otra vez nos vemos metidos en una trama rohmeriana de enredos sentimentales a la que se le sobreimprime una retórica del siglo XIX. Pero esta vez la historia se fue de la ciudad al campo, y en ese viaje dejó de ser blanco y negro para ser color. En esta quinta, la pica Sarmiento-Juan Manuel de Rosas se vuelve estructuradora de un relato en el que chicos y chicas tirados en colchones, dormidos en el fondo de una pileta sin agua, o andando en bicicleta por campitos de pasto desmadrado, traban historias de amor y de mentiras.

ESTIRPE DE PROCERES

Siete chicos de buenas familias se atrincheran en una quinta donde juegan un juego que no se entiende bien. Van a enamorarse y desenamorarse. Van a intentar destrabar una historia familiar que enloquece un poco a la protagonista, pero enloquece del todo a los que la rodean. ¿Qué le pasa a Helena?, se preguntan. Ella piensa, seguramente, en el otro personaje crucial, el que no aparece nunca: JMR. No se trata de Juan Manuel de Rosas sino de su tataranieto, Joaquín Martín. Un joven pintor de renombre internacional a quien esta bucólica troupe ha decidido falsificar sus obras. A eso se dedican. Comprendemos que el grupo está en la quinta para desbancar a JMR. Aunque también está quien lo ama, quien lo extraña, quien urde planes secretos para y con él.

Así como Uruguay era, en tiempos de Rosas, el pequeño teatro donde los unitarios exiliados conspiraban y publicaban aquello que era imposible en territorio nacional, en esta película la mencionada quinta es el escenario donde el drama de los tataranietos de aquellos mismos próceres se lleva a cabo. En esta suerte de encierro feliz, los personajes se vuelven presos voluntarios de sus propios deseos. Su problema ya no es la política, es el amor.

SUEÑOS LANGUIDOS

De todos modos, los vericuetos narrativos no son el centro de Todos mienten. Son más bien la coartada para que la historia vaya adelante entre falsas promesas, engaños y paranoias. A través de lentos planos secuencia vemos a los personajes deambular, entrar y salir de cuadro, oímos sus voces superponerse, vemos una luz filtrarse por el lente y encandilarlo todo. Todos mienten tiene la misma virtuosa languidez cinematográfica que muestra a nivel argumental. La cámara se mueve como en un sueño en el que nadie sabe muy bien quién es y para qué está ahí. Matías Piñeiro afirma esta posición, esta “voluntad de forma” en la que se siente hermanado con colegas como Alejo Moguillansky, director de Castro: “Creo que las dos películas se interesan por explorar la idea de que la forma narra, privilegiando a la puesta en escena como operación para hacer ficción. Esta puesta tiene como tónica el movimiento constante. No nos interesa la burocracia narrativa y sí cierta musicalidad narrativa dada por lo elíptico y lo ambiguo, cierta otra manera de contar aquello que ya se ha contado. El complot y la paranoia intentan ser los pilares que mantienen el interés y la vibra del relato. Castro es una gran persecución algo psicótica y melancólica, y Todos mienten es una espera nerviosa algo haragana y paranoica. Cuando uno espera, quizá se hacen más cosas que las que se pueden entender y así, una vez que las entendemos, la espera termina y la película también”.

Por eso puede ser una buena idea ver las dos películas juntas, porque en sus diferencias —como las que tenían Sarmiento y Rosas, unidos en este film a través de la sangre— tal vez vengan a decir algo nuevo.

Todos mienten también se puede ver en el Malba desde hoy y hasta el 1ºde noviembre todos los domingos a las 19 hs.

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