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Domingo, 20 de diciembre de 2009

Grandes valores de Tango

Tanguito es, con ese nombre, la gran leyenda del rock argentino. Pero antes de su derrape de anfetaminas, su internación en el Borda, los electroshocks, la huida y la muerte bajo un tren, fue la primera gran promesa. Pero hasta ahora lo único que se conocía de él era “La balsa” en versión de Los Gatos, un simple orquestado por Malvicino y un disco póstumo grabado en la última época. Sin embargo, durante 42 años una cinta guardó para la primera página de la historia del rock en castellano nueve canciones desnudas, en las que se lo escucha solo con su guitarra, tal cual sonaba en las noches de La Cueva, las madrugadas en La Perla y los recitales en el arenero de Plaza Francia, el chico de Caseros que inspiró a todos los demás. Ahora, finalmente, esas canciones ven la luz en el disco Yo soy Ramsés. Pipo Lernoud, juez y parte de esos años, los evoca y los celebra.

 Por Pipo Lernoud

Tanguito era uno más de un grupo de gente que conocí cuando entré a La Cueva, allá por 1965. Había leído en Opium, típica revista de poesía que circulaba por la calle Corrientes, que había un lugar en avenida Pueyrredón y Juncal donde estaba la movida bohemia de la gente a la que le gustaba el jazz y el rock and roll. Yo gustaba de la poesía pero también del rock and roll y el jazz, así que decidí darme una vuelta. Lo notable es que no fue nada difícil integrarme. En La Cueva encontré a un grupo de tipos muy distintos a la gente que yo conocía hasta entonces. Eran todos de mi misma edad, más o menos, y tenían una actitud muy abierta, muy de compartir. Tenían, además, un gran sentido del humor, pero no era esa cosa habitual del barrio o de la esquina, medio frívola y competitiva, sino que se hablaba de cosas serias, como Miles Davis, la filosofía, la situación mundial, y al mismo tiempo eran capaces de tratar esos temas con humor. Y Tanguito estaba entre ellos. En aquel entonces era muy divertido, muy jodón, imitaba a todo el mundo. Al principio no me di mucho con él; me llamaba más la atención la personalidad de Javier Martínez o de Moris. Y más tarde la de Miguel Abuelo. La cuestión es que se convirtieron en mis primeros amigos. Nos pusimos a hablar de poesía y de los libros de los escritores beat, como Jack Kerouac, y enseguida engrané dentro de ese grupo.

La primera vez que me impactó Tanguito fue un día que se subió al escenario a cantar. Por entonces en La Cueva tocaba una banda formada por, entre otros, Ricardo Lew, Bernardo Baraj y Adalberto Cevasco, todos músicos muy buenos, haciendo cosas de John Coltrane y otros notables. De repente, en el intermedio, se subió este pibe y se puso a tocar la guitarra como un enloquecido. En La Cueva no había micrófono ni nada; estábamos parados todos al lado del escenario y Tanguito se puso a cantar “Tutti Frutti”, de Little Richard, y “Hound Dog”, el tema que hacía Elvis Presley, a mil por hora, a los gritos, sacudiéndose, moviendo las caderas, doblando las rodillas, poniéndose en puntas de pie, medio arrodillado, haciendo el pasito de ganso de Chuck Berry –que yo no tenía la menor idea que era de Chuck Berry– y todo eso. También hacía “Jailhouse Rock”, el “Rock de la cárcel”. El pibe se había comido todas las películas de rock and roll: La Bomba del Rock and Roll con Jayne Mansfield, Semilla de maldad, los films de Elvis, todo. Y se sabía todos los gestos: el revoleo de la mano al tocar la guitarra, el hacer como que se le doblaban las rodillas y parecía que se iba a caer, pero se levantaba de golpe. Tanguito hizo todo ese repertorio en inglés sanateado, por supuesto, pero con toda la onda. Lo extraño es que a esa altura Tango ya había grabado algunos temas con Los Dukes. Reconstruyendo luego la historia, descubrí que, en cierta forma, el primer músico y compositor de rock nacional es Tanguito, que ya en 1963 sacó un tema propio, “Mi Pancha”, que tenía del otro lado “Decí por qué no querés”, de Palito Ortega. Eso fue incluso antes de Los Gatos Salvajes. Está bien que “Mi Pancha” es una imitación muy clara de los Teen Tops y demás, pero... La cuestión es que para mí, que venía del mundo de la poesía de la calle Corrientes, ver a Tanguito sobre un escenario haciendo rock and roll fue una revelación total. Los otros hablaban bárbaro, pero este flaco, Tanguito, hizo en diez minutos un montón de cosas impresionantes.

Moris ya componía, pero recién estaba empezando. Y Litto Nebbia, que siendo más joven ya escribía temas muy buenos, acababa de llegar a La Cueva tras la disolución de Los Gatos Salvajes. El grupo se completaba con Javier Martínez, Tanguito, Pajarito Zaguri, Billy Bond, Rocky Rodríguez, Charlie Caminos, Belmondo, Sandro que entraba y salía... Había un affecto societatis –como dicen los abogados– muy fuerte en ese grupo, que enseguida nos incluyó a mí y a Miguel Peralta (futuro Miguel Abuelo). En la dinámica de La Cueva había un teórico como Javier, que filosofaba, y Moris, que también hablaba muy bien y con mucha coherencia. Tanguito no se metía en las conversaciones muy teóricas o cuando se discutía sobre jazz y todo eso, porque no tenía una gran formación y además era medio tímido. Pero era una máquina de hacer chistes, bromas e imitaciones; era muy divertido. Por otra parte tenías que ver el look del Tanguito de entonces: las botitas Beatle, los pantalones ajustados. Después me fui enterando de que la mamá le cosía los pantalones para dejárselos así. El le mostraba fotos de sus ídolos y la mamá se los adaptaba. Y así con todo. Soñaba con las camisas con jabot, con cuellos extravagantes, que estaban de moda en el ’65 o ’66, como las que llevaban los Beatles o los Rolling Stones, y entonces se ponía las de la hermana, Carmen, que era un poco menor que él.

Tanguito venía de Caseros, calle de tierra, familia humilde, muy trabajadora. El papá era repartidor de verduras en los mercados y tenía una de esas bicicletas tipo triciclo, con una caja adelante. Se iba muy temprano a la mañana y ésa era la hora en que nosotros podíamos entrar a la casa. Esperábamos escondidos detrás de un árbol y cuando el viejo se iba a hacer el reparto, la mamá de Tanguito nos dejaba entrar a escuchar música o a dormir. Después vino el verano de Villa Gesell y la grabación del simple con “Rebelde” y “No finjas más”, por Los Beatniks, donde estaban Moris y Pajarito. Cuando Los Beatniks presentan “Rebelde” en La Cueva, Tanguito estaba entre el público y ya cantaba. Ya tenía algunos temas propios, como “Billy el náufrago”, que lo compuso en el ’66. Cuando yo llegué a La Cueva todavía estaba el gobierno de Illia, pero poco antes de la presentación de “Rebelde” ocurrió el golpe de Onganía. Yo lo documenté en un diario personal que llevaba y me acuerdo que escribí: “...ha habido un golpe militar en este país de mierda...” y tres días más tarde puse el texto de la presentación de Los Beatniks. Junio de 1966.

Al principio Tanguito era el que más cantaba temas de otros, de Moris o de Litto, como “El vagabundo”, por ejemplo. Incluso para queja de algunos, porque él no aclaraba, cuando las interpretaba, que eran canciones de otros. No decía: “Este es un tema de Moris; éste es un tema de Litto...”. El tipo cantaba. Pero eso también era típico de la época. Otra cosa que hay que destacar es que en el ’66 empezó lo que los cueveros llamaban la difusión. Creo que se le ocurrió primero a Moris. La idea era ir cuatro o cinco tipos a un bar con una guitarra, sentarse y pedir dos cafés –típico–, sacar la guitarra y empezar a cantar a voz en cuello temas como “Yo no pretendo”, “Soldado” y todas esas cosas, para la gente que estaba ahí en el bar. Cantarle a la gente, al hombre de todos los días, en los bares, y ver sus reacciones cuando les cantabas un tema antibélico o una canción en contra de la rutina y de la vida formal. Por supuesto, terminaban echándonos, o nos metían en cana o qué sé yo. Pero esta cuestión de la difusión era tomada como una militancia. Imaginate: era una época en que no había nada grabado, el rock nacional no existía, ¿cómo te iban a pasar por la radio?

Por lo general el que sacaba la guitarra era Moris. Pensaba que tenía que cambiar el mundo y parar la guerra con su guitarra, al mejor estilo Woody Guthrie, que tenía un cartel en la guitarra que decía: “Esta máquina mata fascistas”. Moris pensaba que tenía que convencer a la gente. Cantaba: “...soldado ya regresa / ven y no luches más / no ves que en dos mil años / no ha habido paz...”. Eso lo cantó en los bares durante todo el año 1966. Este grupo que hacía la difusión, con Tanguito incluido, aunque él no se prendía tanto a cantar en un ambiente que no era el propicio, andaba todo el día, de aquí para allá. Empezaba primero en el Bar Moderno, de Maipú y Paraguay, a la tardecita. Luego la Galería del Este. Después, caminando por Maipú llegábamos a Corrientes y de ahí derecho hasta Callao. Más tarde Córdoba hasta Pueyrredón y de allí hasta La Cueva. Y en La Cueva nos quedábamos hasta las tres de la mañana. Y cuando La Cueva cerraba nos íbamos todos caminando en grupo, con las guitarras, a La Perla, en la esquina de Rivadavia y Jujuy. Toda esta militancia hoy la cuento y me cuesta creerlo. Me acuerdo de las unidades de tiempo alternativas que había inventado Javier Martínez para nuestra marcha. Un cansancio y un senever..., porque caminábamos como locos..., caminábamos hasta caer desmayados. Ya entonces Moris y Litto pensaban en una “carrera musical”. Litto ya era un músico hecho y derecho y para Moris era una militancia casi política. En cambio Tanguito cantaba porque le gustaba cantar. Todo lo que hacía era porque le gustaba en ese momento, y nunca consiguió salir de eso. Por eso nunca ensayó, y cada vez que tocaba un tema lo hacía distinto.

Siempre digo que había tres grupos en La Perla. En las mesas de adelante estaban los viajantes, los vendedores que esperaban el primer tren de la mañana que salía de la estación de Once, para salir a vender en la zona del oeste. Después venían las mesas de los estudiantes de la Facultad de Psicología, que preparaban sus exámenes ahí. Y en el fondo del bar estábamos nosotros, haciendo canciones. La elección de La Perla fue algo necesario. No había guita para ir a Callao 11, que era una sala de ensayo propiamente dicha, que se usaba cuando había que preparar un recital o las primeras grabaciones. Pero ahí no se iba a joder, porque costaba muy caro. Y no se podía tocar la guitarra por la calle porque te llevaban en cana. Tampoco podíamos ir a la casa de nadie, porque ¿quién te iba a dejar que le coparas la casa con toda esa gente en el medio de la noche? La solución era La Perla. Y así, durante todo el ’66 y hasta la mitad del ’67, nos juntamos allí. Se charlaba en la mesa, comparábamos notas y letras de canciones y, cuando teníamos una idea de melodía musical, nos íbamos al baño, porque el baño de La Perla está abajo, en el subsuelo, y no molestabas a nadie. Los tipos del mostrador ni se enteraban de que estabas tocando la guitarra. Y además el baño tenía una acústica impresionante, porque era muy cerrado y los azulejos reflejaban bien el sonido. ¿Viste que todo el mundo canta en el baño? Es por la acústica. Cuando se dice “‘La balsa’ se compuso en el baño de La Perla de Once” hay que aclarar que eso no fue una cosa excepcional, sino que era algo permanente componer canciones allí. Tanguito, Litto, Moris, Javier... iban con las guitarras, con la armónica, cantaban... y los temas empezaron a salir. Así se hizo “La balsa” y también “El hombre restante” y alguno más posteriormente grabado por Manal. Surgía una idea, se iba redondeando... Normalmente la letra se terminaba arriba, en la mesa, despacito, una estrofa, después otra... Uno escribía la mayor parte, otro aportaba una idea, un estribillo... Pero después, probar el tema, darle forma final, ponerle guitarra, armónica, aplausos, cantarlo a los gritos, todo eso se hacía abajo, en el baño de La Perla. Por supuesto: “La balsa” es de Tanguito y de Litto Nebbia, así como “Ayer nomás” es letra mía y música de Moris. La colaboración entre nosotros era constante. Estábamos convencidos de que era bueno compartir. Luego Los Gatos graban el simple con “La balsa” y “Ayer nomás” y ahí tiene que ver Horacio Martínez, que es quien lleva a Los Gatos a RCA Victor. El Gordo Martínez había sido también el que llevó a Tanguito a La Cueva. Incluso antes de La Cueva lo había presentado en RCA para dar una prueba, porque lo había descubierto cantando con Los Dukes y le había gustado. El Gordo siempre tuvo un olfato colosal. Más tarde descubrió a Virus, a Soda Stereo y a muchos más. También hizo firmar a Los Beatniks con CBS...

Como el Gordo Martínez tenía conexiones con la RCA, vinculó a Los Gatos con Mario Osmar Pizzurno, director artístico del sello, y Los Gatos empezaron a grabar. Poco después, en julio de 1967, salió “La balsa” y fue un éxito tremendo: vendió cerca de 200 mil ejemplares y Tanguito cobró un toco de plata por la mitad de los derechos de autor del tema. Yo calculo que deben haber sido unos 50 mil dólares. Toda una fortuna para un pibe de diecinueve años. Creo que ése fue el primer golpe fuerte que tuvo Tanguito en un momento en que le pasaron una serie de cosas. Primero se empezó a rodear de gente que se aprovechaba de su éxito. Segundo, el lanzamiento de “La balsa” le dio una fama que él no podía manejar, porque Tanguito no pensaba en términos de tener o desarrollar una carrera musical. No conectaba con productores o personajes de la industria musical. Y los demás tenían expectativas depositadas en él que Tanguito no podía satisfacer. A todo esto, el 21 de septiembre del ’67 yo armé la primera convocatoria hippie. La policía nos perseguía por tener pelo largo, ropas coloridas y todo eso, y nos metían en cana todo el tiempo. Entonces decidimos hacer un manifiesto público, para dejar en claro que nosotros no éramos tipos raros, ni peligrosos, sino gente que quería una sociedad mejor, que quería la paz y la hermandad entre los hombres. Así fue como el 21 de septiembre de 1967, mediante un papelito que yo escribí a máquina a modo de volante, hicimos un llamado a los jóvenes que eran como nosotros.

La idea era: “Cuando veas un melenudo decile que venga el 21 de septiembre a las tres de la tarde a la Plaza San Martín”. La fecha no era casual, ya que el 21 de septiembre, por ser el Día del Estudiante, uno podía ir disfrazado de lo que se le ocurriera. Entonces los pibes podían venir con las melenas al viento y todas esas camperas que decían “I love The Rolling Stones” y podíamos ponernos lo que quisiéramos sin temor a las represalias policiales. Vino un montón de gente. Estaba Miguel Abuelo; se acercaron por primera vez Pappo y Pomo, y muchos más. Pero Tanguito fue el centro de la reunión; esa tarde tocó y fue mágico. Ese mismo día nos llamaron para el programa de televisión Sábados Circulares, de Pipo Mancera, y el sábado siguiente fuimos todos los divagantes al programa, nos sentamos en el piso, con Tanguito en el medio, y Mancera lo presentó diciendo: “¡Y aquí está el compositor de ‘La balsa’!”, y por supuesto que Tanguito cantó “La balsa”, “La princesa dorada” y un par de cosas más. Después el periodista José de Zer hizo la ya famosa nota “24 horas con los hippies” en la revista Panorama y después, en la revista Así, salió otra sobre Tanguito que se llamaba “El rey de los hippies” o algo por el estilo.

Ese fue el gran momento de Tanguito: desde la salida de “La balsa” hasta mediados del ’68; allí tuvo su gran oportunidad. Tanguito era la estrella, el tipo que había co-compuesto “La balsa”, el tema más exitoso de la música pop nacional hasta entonces, y era el personaje del cual todos esperaban mucho. Es por eso que le pusieron toda la carne al asador en la grabación del simple de RCA que tenía “La princesa dorada” y “El hombre restante”. Tuvo una gran producción, le metieron la orquesta de Horacio Malvicino, buenos arreglos. Tanguito, sin embargo, no estaba contento con la orquesta porque el arreglo le parecía meloso. Nosotros le dijimos que estaba bien, para esa cosa estilo Donovan que él quería hacer. Claro, a nosotros todo nos parecía careta en aquel entonces pero, viéndolo en forma objetiva, el simple no estaba nada mal: le habían dejado grabar dos temas que no eran fáciles. No eran “Te quiero, nena”. Eran temas complicados. “La princesa dorada” tiene una trama compleja, que no se entiende muy bien hacia dónde va. En medio de esos diez meses que van desde la salida de “La balsa” hasta la aparición del simple de Tanguito en RCA se hicieron las grabaciones que ahora integran Yo soy Ramsés, que tienen una carga testimonial fuertísima. Tanguito, sólo con su voz y su guitarra, tal como sonaba en esos días cuando tocaba en las plazas para sus amigos: crudo, intenso y directo, sin embellecimientos técnicos de ningún tipo. Y se trata de grabaciones que nunca se habían escuchado hasta el presente, o sea que han estado ocultas durante ¡cuarenta y dos años!

Por eso es que estas grabaciones recuperadas son especialmente interesantes. Porque representan el momento culminante de Tanguito como intérprete y como compositor. Fueron sus quince minutos de fama. Después de grabar el simple en RCA, se empezó a ver que Tanguito no tenía, no sé cómo llamarlo, estabilidad emocional... No tenía suficiente perseverancia como para convertir un momento artístico favorable en una carrera musical a largo plazo. Todos estábamos muy contentos con el simple, pero para Tanguito ya era una cuestión terminada: le habían puesto un arreglo muy meloso y él no se sentía cómodo. Pienso que había encontrado la excusa justa para borrarse, de alguna manera, y acentuar de paso su tendencia al autoboicot. La realidad es que Tanguito se sentía más cómodo tocando en el arenero de Plaza Francia que teniendo que cumplir con un horario para ir a un programa en Canal 13. Y a la larga el Gordo Martínez se hartó y la grabadora también se cansó. Y así terminó el artista y empezó a formarse la leyenda de Tanguito. Algunos les echan la culpa a las drogas, pero cuando Tanguito grabó estos temas, e incluso cuando grabó “La princesa dorada”, no había casi drogas entre nosotros. Sin embargo, él ya tenía esa tendencia a la no-disciplina, que después se acentuó con las anfetaminas y con todo ese entorno de personajes que vivían a su alrededor y que se alimentaban de su leyenda. También sucedió que el resto de los músicos de La Cueva siguió su camino y la antigua cofradía se disolvió: Javier Martínez y Alejandro Medina se concentraron en Manal; Miguel Abuelo y yo nos metimos a hacer Los Abuelos de la Nada; Moris se casó con Inés, su novia de mucho tiempo, y se concentró en su carrera solista, y Litto Nebbia estaba ya a full con Los Gatos, tocando cuatro o cinco veces por noche los fines de semana. La Cueva había cerrado y ya no íbamos a La Perla para quedarnos hasta las cinco de la mañana, porque teníamos otras responsabilidades. El único que siguió con el viejo naufragio fue Tanguito, el rey de los hippies. Allí empezó la cuesta abajo, porque después de varias detenciones por parte de la policía, Tanguito fue a parar al Instituto Borda. En esa época, cuando vos eras drogadicto te mandaban al Borda, no había ninguna clínica especializada. Y en el Borda te daban electroshock y tratamiento insulínico, y así lo volvieron más loco todavía. Además lo acusaron de ser el jefe de una pandilla de traficantes. ¡Imaginate! ¡Tanguito traficante! Y bueno, lo metieron ahí, y un día se escapó y lo pisó un tren.

Tanguito quería ser músico. Se sentía un artista y que vivía en el mismo universo que los Beatles, Donovan y Bob Dylan, con la camisa de la hermana, con el saquito y las botas. Pero a la vez caminaba por el barro de Caseros, sin un mango, en la búsqueda, en la nada... Había en él dos vidas paralelas y separadas. Yo soy Ramsés es la prueba de lo que pudo haber sido; el retrato en bruto de un gran artista. Un testimonio genial, y a la vez desgarrador, de un intérprete y un creador que nunca pudo concretar del todo su enorme potencial.

Las palabras de Pipo Lernoud fueron recopiladas en una entrevista por Alfredo Rosso y Lautaro Guido Pavía, y están incluidas en el librillo que acompaña al disco Yo soy Ramsés.

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