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Lunes, 21 de enero de 2002

Retrato del artista primitivo

Entre el 24 y el 31 de enero, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires ofrece una retrospectiva de la obra de Leonardo Favio, probablemente el cineasta más discutido de la Argentina. Para algunos, es lisa y llanamente el mejor. Para otros, el emblema de una concepción ingenua del peronismo. Para algunos otros, una pantagruélica aglomeración del ser nacional. A continuación, Radar aviva la polémica y ofrece los alegatos de algunas de las partes.

POR JOSÉ PABLO FEINMANN
Siempre se ha insistido en la simpleza de Favio como artista. En esa simpleza residiría su genialidad. Sería, así, un genio de lo simple, de lo llano, de lo inmediato. Un genio alejado de todo gesto intelectual. Recuerdo a un productor diciéndome: “La primera vez que recibí un guión de Favio, casi lo largo a la primera página. Estaba lleno de errores de ortografía. Seguí leyendo. A la quinta página estaba llorando”. Se dibuja entonces la figura de un artista simple cuya simpleza le permite captar lo simple. Un genio en estado puro. Sin cultivar. Un genio silvestre, primitivo. Coherentemente, este hombre simple se ocupa de la gente simple, es decir, del pueblo. Nadie –se afirma– como un genio no cultivado para ahondar en el alma de los seres puros, inocentes.
Hay, en esto, varios supuestos. Veamos. 1) El pueblo es puro y simple. En él residen los valores que la “cultura” ha venido a deteriorar o a complicar inútilmente. Hay que “saber escuchar el alma del pueblo”. Hay que “saber leer en el alma del pueblo”. 2) De este modo, la llaneza del artista genial es la que lo autoriza a acercarse con más legitimidad que nadie a ese “objeto”: el “pueblo”, el “alma popular”, el “espíritu del pueblo”. (Eso que los filósofos alemanes llamaban el Volkgeist.) Por el contrario, los artistas cultivados –por exceso de intelectualismo, de lecturas, de teorías– están alejados de las almas simples y condenados a no poder expresarlas. 3) El artista silvestre, el genio inmediatista no se maneja con la razón sino con el sentimiento, ya que la razón pertenece a los intelectuales y el sentimiento es el patrimonio central, insoslayable del pueblo. De aquí que haya una correspondencia inmediata, natural, entre el artista no cultivado y el pueblo al que sólo él (por ser parte del pueblo en tanto hombre no deteriorado por la racionalidad) puede expresar.
Éste es el esquema de pensamiento que ha consagrado a Favio. El encuadre populista. Favio sólo tenía una opción política para acondicionarse a este esquema y es la que adoptó siempre: el peronismo. Un peronismo originario, sencillo, de verdades elementales, eternas, jamás cuestionadas y comprometidas todas con el sentimiento. Perón, sinfonía de un sentimiento es su opus más reciente. Así las cosas, Favio es un hombre del peronismo que pertenece al “pueblo peronista”, ese concepto básico, algo indeterminado, pero ligado a las cosas más simples y elementales de la vida. Si nos preguntamos qué es el “pueblo peronista” encontraremos, a lo largo de una historia borrascosa y tramada por distintas definiciones, dos de ellas que podríamos calificar de “favianas”. Una pertenece al sindicalista Lorenzo Miguel, otra al escritor Osvaldo Soriano.
Lorenzo Miguel solía decir que el peronismo era “comer tallarines los domingos con la vieja”. Asoma aquí ese sencillismo esencial del pueblo. La “madre” es la “vieja”. La comida son los “tallarines”, comida de gente simple, de inmigrantes, comida de bajo costo que las “viejas” de los hijos simples y peronistas saben cocinar con infinito, inexpresable sabor. El sabor de lo verdadero, de lo cálido, el sabor de la familia. El “domingo” es, además, el día del descanso y también el día de la fe, porque el pueblo simple cree en Dios y el Dios de los argentinos es el Dios católico, es Jesús, ese hijo de un carpintero, hombre del pueblo también, que vino a salvar a los “pobres de espíritu”. (Lorenzo Miguel decía esto para diferenciar al verdadero peronismo de los intentos “marxistas”, “subversivos”, “apátridas” de los jóvenes de los años 70, de esos infiltrados que no entendían al pueblo ni al peronismo, que eran, claro, lo mismo, esa sencillez dominguera y plena de los tallarines y la vieja, y no todo ese barullo “intelectual” y “foráneo” de los libros y del marxismo, que viene siempre con los libros, ya que es posible conjeturar que para Lorenzo Miguel “marxismo” y “libros” son lo mismo.)
La otra frase que expresa la interpretación “faviana” del peronismo está en un libro de Osvaldo Soriano, escritor al que Favio le dedicó su Gatica, precisamente por haber escrito esa frase. Un personaje de Soriano, un hombre simple, de ese pueblo de Colonia Vela agredido por los “infiltrados”, se defiende cuando lo acusan de “comunista”. El tipo dice: “Si yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”. Soriano, en verdad, resume toda una línea de interpretación en una frase. Ser peronista, para ese hombre simple, para ese hombre del “pueblo”, es como respirar, no es una elección política, ya que no se elige respirar sino que sencillamente se respira. El peronismo forma parte del pueblo tan naturalmente como el mate, como las zapatillas, como, claro, los “tallarines”.
Así, la existencia se divide entre lo complejo y lo simple, entre la razón y el sentimiento, entre los libros y los tallarines. Y también entre lo malo y lo bueno. El “pueblo” es lo “bueno” y la “verdad”. Todo lo demás es lo “malo” y lo “falso”. Tenemos entonces: lo complejo es “malo” y “falso”. También la “razón”, que lleva a lo “complejo”, a esas complicaciones que se arman siempre para engañar al “pueblo”, para sorprenderlo en su inocencia. Los libros son malos y están llenos de falsedades entre las que se pierde la pureza esencial de las almas simples. En cambio: lo “simple”, los “sentimientos” y los “tallarines” (la “vieja” y los “domingos” y la religión) son, sin más, lo “bueno” y lo “verdadero”.
Ningún film como Gatica expresa esta concepción “faviana” del peronismo y de la historia de este país. Sería así: durante diez años existió “lo bueno”. El gobierno de Perón. Ahí fue la plenitud. Favio expresa aquí ese territorio extraviado que también Hernández dibuja en Martín Fierro para poder, luego, describir todo lo que los gauchos han perdido y deben recuperar. “Ricuerdo ¡qué maravilla!/ cómo andaba la gauchada/ siempre alegre y bien montada/ y dispuesta pa’ el trabajo”. Y también: “Aquello no era trabajo/ más bien era una junción/ y después de un güen tirón/ en que uno se daba maña/ pa’ darle un trago de caña/ solía llamarlo el patrón”. Algunos conjeturan que estos tiempos arcádicos que Hernández describe eran los de Rosas. Supongo que la estética de Favio debería incorporar esta teoría. Ese patrón-amigo es Don Juan Manuel y el Estado de Bienestar de Perón lo es para los descamisados. De este modo, Perón es el patrón que toma caña con los gauchos. Y lo hace porque es uno de ellos: un trabajador como ellos, el primero. Favio podría decir como Martín Fierro: “Y ansí muy grandemente/ pasaba siempre el gauchaje”. Y luego: “Pero ha querido el destino/ que todo aquello acabara”. El esquema de Gatica es muy similar. El boxeador es un hombre del pueblo, sencillo, vital, sexuado, algo fanfarrón, pero esencialmente bueno y puro. Además es alguien que le da alegría al pueblo, ya que el pueblo ve en él a uno de los suyos en la cumbre. “Mire, General, cómo ruge la leonera: dos potencias se saludan”. Las dos potencias son Perón y el pueblo peronista, al que Gatica encarna. Sin embargo, una vez expulsado Perón del gobierno empiezan los días negros para Gatica (y para el pueblo). Desesperado, al ganar un combate lateral, marginal, ya que sólo los márgenes le restan, Gatica le grita al público: “¡Viva Perón, carajo!”. El otro, en cambio, el pulcro Alfredo Prada, el héroe del antipueblo, triunfa en la vida y gana buena plata con su restaurante, en el que Gatica, noche a noche, sólo atina a decir a la concurrencia: “Buenas noches, buen provecho”. Por fin, apartado, olvidado, físicamente disminuido, Gatica muere bajo las ruedas de un colectivo: es el pueblo el que muere, ya que la historia lo ha abandonado, ya que el patrón (el Estado de Bienestar peronista) ha dejado de protegerlo. De cobijarlo.
Las instancias serían: extravío (Argentina pre-peronista), plenitud (Argentina peronista), Via Crucis (Argentina posperonista) y reencuentro con la plenitud (regreso del peronismo). A esta instancia no llega Gatica, pero sí llegará el pueblo peronista, porque los días felices volverán, porque la “patria” es la “vieja”, porque la “vieja” no abandona a sus hijos y sus hijos son el “pueblo”, es decir, son “peronistas”.
Algo notable de esta versión del peronismo (que estructura el cine de Favio) radica en que se presenta como la exacta contracara de la otra versión, la antiperonista, la versión que el peronismo llama “gorila”. Restarían dos cosas por resolver: 1) si el artista que se maneja dentro de este encuadre teórico (mal que pese a algunos, este encuadre es teórico, el populismo es una teoría, y decir que el peronismo es “comer tallarines con la vieja” es tan teórico como decir “el peronismo es un movimiento bonapartista que tendió a la conciliación de clases” o “un movimiento que expresa la heteronomía de la conciencia proletaria”) puede arribar a las cumbres de la genialidad; 2) si Favio ha ido más allá del sencillismo y ha logrado expresar algo de la complejísima historia de este país. Tarea para la cual –presumo– se lo ve (y creo que estas líneas habrán contribuido en algo a demostrarlo) escasamente preparado, ya que el sencillismo ha confluido en una versión lineal, partidista y hasta propagandística inadecuada para los pliegues casi infinitos de este infinito país.

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