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Lunes, 21 de enero de 2002

Ay, patria mía

POR SERGIO MORENO
Cuando a los catorce años vi, en un cine que ya no existe, en Rosario, Juan Moreira, supe que eso que estaba en la pantalla era la obra de un ser superior. Suelo decir que al cine argentino le falta una sola cosa: talento. Digo también, para calmar el enojo que mis juicios despiertan en algunos amigos a los que gusto escuchar, que sólo una producción aluvional permitirá a este cine criollo engendrar mejores hijos (algo de eso está ocurriendo con los cineastas jóvenes, o noveles). También aclaro que hay directores –sobran largamente los dedos de una mano– excelsos. Leonardo Favio es uno de ellos.
Favio es, a mi entender de cinéfilo diletante, uno de los pocos tipos que sabe mirar y que, fundamentalmente, sabe traducir en texto cinematográfico lo que ve. A Favio le fue concedido el raro privilegio, entre sus pares argentinos, de la metáfora. También el de la magia. Favio sabe que no sólo no es necesario sino imprescindible que sus personajes no expliquen lo que hacen o lo que piensan, que basta con que lo actúen, que el resto lo hace la película (con imágenes). Favio conoce que los guionistas vernáculos suelen imaginar –y lo que es peor, escribir– diálogos jamás pronunciados por argentino alguno; será por eso que sus personajes hablan sólo lo suficiente, con un lenguaje que no suena impostado, falso o, simplemente, marciano.
En una tarea titánica, Favio ha conseguido buenas actuaciones hasta de las piedras (o si usted prefiere lector, por tomar un ejemplo, de Juan José Camero). Ha logrado alejar la historia, revisitada en varias de sus películas, del formato Billiken de celuloide. Ha mostrado su pasión en cada cuadro, sus fatigas, sus equivocaciones, su peronismo visceral, su sangre. La letra, demostró, puede ser violada maravillosamente.
Favio no parece un director de cine argentino. Es un gran director. El mejor que ha dado esta tierra.

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