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Lunes, 21 de enero de 2002

El inconsciente de la patria

POR ALAN PAULS
La carrera de Leonardo Favio contradice todas las normas con que el sentido común reconoce una “buena” evolución artística. De Crónica de un niño solo a Perón, sinfonía de un sentimiento, su cine no se pule, no se depura, no se esencializa (y todos sabemos hasta qué punto el “pulido”, la “depuración” y el acceso a la “esencia” de la propia obra son propiedades que definen la interacción “adecuada” entre un trabajo artístico, su autor y el tiempo en el que se despliegan). A lo largo de 40 años, la obra de Favio no “progresa”, pero tampoco “involuciona”: más bien se adensa, se amplifica, se “megalomaniza”... y estalla. Favio no madura; se desmesura. (Algo de ese devenir-monumento, elefantiásico y pomposo, resuena de algún modo en la evolución de la obra de su maestro, Leopoldo Torre Nilsson, de la que Favio parece fabricar una suerte de réplica freak, fogoneada por todas las incorrecciones políticas que Torre Nilsson reprimía.)
Favio, en realidad, es el Gran Despilfarrador. Un artista del gasto. El control formal, la nitidez artística, el uso matemático del tiempo, la confección de mundos a media voz, menores, populares pero homogéneos: todo el capital que acumuló (o más bien que inventó, un poco a la manera de los autodidactas iluminados de Arlt, cuyas ideas tienen el valor instantáneo de una apuesta certera en una mesa de juego) en sus tres primeras películas (Crónica..., El romance del Aniceto y la Francisca y El dependiente) lo fue dilapidando en proyectos voraces, de una ambición extrema, cada vez menos inspirados por un programa cinematográfico y más dictados por una causa que es a la vez política y mística: la Causa Argentina. Del batacazo (de su debut en el cine) a la dilapidación (contemporánea de su encumbramiento como director “comercial”), Favio no sufre pérdidas (su trabajo excede toda contabilidad) sino una convulsión total, una mutación que, arrojándolo fuera de los límites del cine, parece colocarlo en una órbita bizarra, singularísima, donde la única materia prima posible es la épica de la nación –trágica y ridícula, sentimental y circense– y los únicos géneros el santoral, el himno de guerra o el lamento derrotado, y donde sólo hay espacio para los santos (el mismo Favio en primer lugar), los monstruos y los mártires. Favio dilapida, se dilapida y pasa a ser y hacer eso que es y hace hoy y que todavía, ultrajados por su obscenidad, desconcertados por su violencia, maravillados por su monomanía y su lirismo, nos cuesta asimilar: el inconsciente de la patria a cielo abierto.
Favio es nuestro Eisenstein. O mejor –dadas las sobras estéticas e ideológicas de que están hechas sus películas, dadas las suturas brutales que pretenden unirlos, dado el carácter siempre amenazante, a la vez cándido y sádico, puro y criminal, con que hace aparecer la patria–: Favio es nuestro Frankeisenstein.

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