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Domingo, 17 de enero de 2010

Belleza americana

 Por Alan Pauls

El que llega a los Estados Unidos con un contrato de trabajo temporario –un puesto de profesor visitante en una universidad, por ejemplo– no desembarca exactamente en los Estados Unidos. Desembarca en un lugar muy parecido pero provisorio, una especie de pre-país limpio y funcional donde el recién llegado –todavía con las secuelas taquicárdicas que le dejó el oficial de migraciones al examinar durante quince minutos, con el ceño fruncido de un papirólogo o un descifrador de mensajes en clave, el formulario DS-2019 con su visa– pasará largo tiempo haciendo colas, llenando planillas, firmando solicitudes, esperando autorizaciones y sellos sin los cuales durante los próximos cuatro meses de su vida, ya bastante parecida a una pesadilla, no tendrá derecho siquiera a tener una vida.

Optimistas y realistas pueden disentir en el plazo –dos semanas según los primeros, tres y hasta cuatro para los segundos– pero no en la naturaleza de esa cuarentena que habría hecho temblar hasta a Kafka. Es un calvario. No sólo porque el recién llegado no hace, no puede hacer otra cosa que gastar su escasa energía de sudamericano desalentable en esa madeja de gestiones, sino porque el horizonte excitante, la vida bella y plena y nueva que le habían prometido –aulas revestidas de cedros y robles centenarios, bibliotecas opulentas, el sueño del scanner y la fotocopiadora propios, credenciales capaces de franquear todos los accesos, almuerzos con premios Nobel que se olvidan en la barba los fideos de la sopa, gráciles estudiantes sudasiáticas atravesando como saetas el campus en bicicleta– han quedado suspendidos, como congelados en una espera ominosa. El recién llegado los ve, los huele, podría describirlos en detalle. Pero no puede vivirlos. No todavía.

La vedette del calvario, por supuesto, es el Social Security Number, más conocido –en ese mundo de niños-espías donde todo se llama W-9, VIF2, V9UGRD o I-94– como SSN. Todo lo que el recién llegado hace en las tres semanas más soviéticas de su vida es sortear pruebas, reunir requisitos y satisfacer condiciones para llegar sano y salvo, y en lo posible elegible, al SSN, una huella digital que todo el mundo considera aquí más decisiva que el adn. Es decir que durante veintiún días el recién llegado vive para responder a una sola necesidad, la necesidad norteamericana por excelencia, la única capaz de mantener en pie un aparato burocrático que exasperaría al ciudadano cubano más tolerante: la necesidad de identificarse.

En EE.UU. cualquiera puede comprar un kit para falsificar documentos y un manual para cambiar de identidad, operarse la cara y fraguarse un pasado nuevo, pero nadie puede pagar en efectivo el depósito de seguridad de un departamento alquilado y mucho menos los nueve dólares con cincuenta centavos que cuesta un almuerzo promedio –el menú de hoy fue kafta egipcio con cous-cous– en el comedor de profesores de la universidad de Princeton. Es extraño, pero en el país cuya moneda es un verdadero objeto de fe y lleva la leyenda “In god we trust”, el cash es el tabú número uno. (Hay otro tabú pero es más vulgar: vivir en concubinato heterosexual, una condición no se sabe si impúdica o anacrónica que los formularios administrativos o fiscales, tan tolerantes con el matrimonio standard y las uniones gay, estigmatizan con la insultante expresión domestic partner.) Escandalosa como una snuff movie, más inquietante que un paquete abandonado en un rincón de aeropuerto, la obscenidad del dinero en especies no es moral sino policial. Los billetes espantan y despiertan sospechas porque no sirven para identificar, porque no dicen nada de quien los usa, y al no decir nada dicen siempre lo peor, lo más peligroso, lo que sólo puede amenazar –narconegocios, mafia rusa, pedofilia rentada– por la sencilla razón de que no figura en ninguno de los archivos donde los números de las economías del plástico, en cambio, resplandecen y delatan.

Algún día, sin embargo, esas tres semanas de limbo e hibernación jurídica terminan, el banco dice que sí, el carnet de la biblioteca empieza a funcionar, instalan el teléfono y el wi-fi, la visa se activa y llega al buzón la tarjeta con el SSN. Es verdosa, de un diseño pomposo y anticuado, muy parecida a un billete, y recomiendan no entregársela a nadie ni llevarla nunca consigo. Exhausto, humillado y feliz, el recién llegado siente que ha “entrado en el sistema”. El mundo se vuelve líquido, todo fluye, con deslizarse alcanza. La vida es como el tránsito (otro orgullo local): una circulación fácil, disciplinada, previsible. Sólo que esa liquidez –tan agradable y tan norteamericana– es estrictamente proporcional al grado de sumisión con que los conductores se atienen a la ley suprema que rige la calle: mantenerse en su carril. Todo es amabilidad y buenos modales hasta que alguien cambia de idea sobre la marcha, se arrepiente o se deja tentar por un atajo mejor. En cuestión de segundos, entonces, la cortesía degenera en un insulto, una lluvia de bocinas, un intento de linchamiento. Cuando no en accidentes. Sin ir más lejos, la bucólica comuna de Princeton me ha deparado unos cuantos. Las víctimas (cuatro: dos rubias, dos morochas) fueron todas ardillas. Difícil saber quién tuvo la culpa, si los automovilistas (enfurecidos porque alguien que puso el giro a la izquierda prefirió doblar a la derecha) o los roedores (cada vez menos asustadizos y más domésticos). Algo pude intuir, sin embargo, cuando escuché a un etólogo de renombre anunciar en un ascensor que las ardillas estaban llamadas a ser la “especie dominante del futuro”. ¿Por qué? “Porque vacilan. En otras palabras, porque piensan”, dijo el académico. Y yo traduje: “Porque

descreen de la identidad”.

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