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Domingo, 12 de septiembre de 2010

CASOS > EL DOCUMENTAL DE ENRIQUE PIñEYRO SOBRE “LA MASACRE DE POMPEYA”

Un oscuro día de injusticia

Sin seguir sus pasos, Enrique Piñeyro se va convirtiendo en el equivalente argentino de Michael Moore: alguien capaz de mantener el pulso y no perder la paciencia para exponer las alevosas atrocidades cotidianas de este país. Después de Whisky Romeo Zulú y Fuerza Aérea Sociedad Anónima, las dos películas en las que revelaba con didactismo y contundencia las increíbles irregularidades que regían el mundo de la aeronáutica argentina, ahora estrena El Rati Horror Show, sobre un caso que involucra un tenebroso auto parapolicial, una persecución mortal y la condena de 30 años de cárcel para alguien que es –sostiene– completamente inocente.

 Por Mariano Kairuz

Subirse a un avión puede ser muy peligroso, pero las cosas no están mucho mejor por acá abajo. Desde hace seis años, con sus películas Whisky Romeo Zulú y Fuerza Aérea Sociedad Anónima, el piloto, especialista en medicina aeronáutica, actor y cineasta Enrique Piñeyro consiguió instalar en la agenda mediática el tema de la inseguridad aeronáutica. Habiendo renunciado a su trabajo en LAPA dos meses antes del fatal accidente que tuvo lugar en la Costanera en 1999, no sólo convalidó ese alerta que disparó a través del cine con su experiencia personal sino que también hizo las presentaciones judiciales correspondientes. Hoy, Piñeyro da por cerrado el capítulo aéreo, si no en su vida personal, al menos en su cine. Pero un tiempo atrás una nueva causa se le cruzó en el camino, sin buscarla. Y, con la convicción que caracteriza a sus denuncias, antes de estrenar la película que aborda esta nueva causa –un desastre urbano, cercano, cotidiano, vigente y de implicancias y alcances pavorosos– presentó ante la Justicia un video de 40 minutos bajo la figura de Amigos del Tribunal, firmado junto a Adolfo Pérez Esquivel y Nora Cortiñas. Este video contenía testimonios que deberían ayudar a revertir un fallo judicial. El fallo que, sostiene Piñeyro sin la menor sombra de duda, condenó a un hombre inocente a pasar los siguientes treinta años de su vida en la cárcel.

Presentada por primera vez en abril en la Competencia Argentina del Bafici, El Rati Horror Show convierte aquellos 40 minutos originales (que eran “pura prueba”) en un contundente alegato a favor de la liberación de Fernando Carrera, el comerciante que el 25 de enero de 2005 estuvo en el lugar justo en el momento equivocado y se convirtió en el protagonista de lo que los medios llamaron “La masacre de Pompeya”. Ese día, Carrera se disponía a cruzar Puente Alsina en dirección a Lanús en su Peugeot 205 blanco cuando se encontró con un auto perteneciente a la Policía Federal y tomó instintivamente la decisión de huir de él. En un país donde alejarse de la policía nunca es del todo una locura inexplicable, Carrera tuvo motivos más que atendibles: el auto que intentó detenerlo era un Peugeot 504 negro sin ningún tipo de identificación policial, y de su interior asomaban hombres de civil –es decir, ni sirenas, ni uniformes, ni nada– armados. Temiendo un asalto, Carrera tomó la avenida Sáenz, con el 504 detrás. La persecución duró algo más de 300 metros: los efectivos de civil dispararon sobre el 205 dándole 18 veces a la carrocería y ocho a su conductor. Uno de los ocho tiros le pegó a Carrera en la mandíbula dejándolo inconsciente, por lo cual su auto siguió adelante sin control hasta chocar con una camioneta, atropellando y matando por el camino a dos mujeres y un chico. Esta no es, claro, la versión oficial: la policía aseguró que había tenido lugar un tiroteo entre ambos autos, y en los primeros relatos que llegaron a los medios, el comisario Villar ni siquiera llega a ponerse de acuerdo sobre si Carrera estaba “inconsciente, consciente, semiconsciente”, detalle fundamental a la hora de determinar responsabilidades.

Para Piñeyro nunca hubo dudas. Su hijo fue el primero en acercarle el caso mediante un video del programa de Nelson Castro. “Ahí, Castro, que es neurólogo, decía que contra lo que suponía la jueza, es perfectamente posible que una persona siga conduciendo un auto en estado de inconciencia. Así que el asunto me quedó picando”, cuenta el director. “Y para cuando (el periodista) Pablo Galfré y (el cineasta) Pablo Tesoriere me trajeron una investigación del caso y un proyecto para un documental, me dije, recordando Las enseñanzas de Don Juan de Castaneda: dos veces ya es una señal. Y decidí llevarlo adelante.”

El rastrillaje de materiales de archivo terminó de convencer a Piñeyro respecto de la inocencia de Carrera y de que la policía –que interceptó el auto de Carrera erróneamente, confundiéndolo con otro que buscaban por dos asaltos–, en lugar de reconocer su error le plantó un arma y armó una causa con la protección y complicidad de los jueces a cargo. Entre las imágenes de los noticieros de aquel día, Piñeyro encontró un testigo que confirmaba todos los dichos de Carrera. “Si uno examina el caso, ¿qué vincula a Carrera con el robo?”, pregunta Piñeyro. “Los damnificados no lo reconocen, no reconocen el arma, no reconocen la gorra que aparece en las fotos, no le encontraron la plata, no hay huellas dactilares en el arma que aparece en al auto de Carrera, porque no le hacen la dactiloscopia, tampoco le hacen un dermotest en las manos, no hay deflagración de pólvora dentro del auto. Denme algo, una mínima cosa que me diga que él tiene algo que ver con ese robo. No, no hay. En el expediente hay dos fotos distintas de Carrera en el auto: una con gorra y otra sin gorra. No tenían nada, pero lo fotografiaron todo. Carrera estaba condenado desde el primer momento.”

BLANCO Y NEGRO

El Rati Horror Show es un documental de denuncia atípico: Piñeyro le provee una intensidad que en general se espera de un film de ficción. Así como en Whisky Romeo Zulú decidió narrar con las armas del drama su autobiográfica historia de los eventos que condujeron a una catástrofe anunciada, y luego continuó con un documental munido de una variedad de recursos gráficos y visuales, El Rati Horror Show apunta a los sentidos del espectador como si se tratara de un thriller. Arma un testimonio poderoso, con espectacularidad, decidido a no aburrir nunca al público, a sacudirlo. Desde su baticueva-productora monta fragmentos de las imágenes de archivo para demoler una a una las pruebas en las que se sustentó la condena de Carrera. El suyo es un film militante, potente, convencido y convincente, decidido a intervenir activamente para sacar a Carrera de la cárcel. En la película hay animaciones digitales que recrean la persecución (obra de “nuestro prestidigitador digital Santiago Svirsky”, acredita Piñeyro); el director acribilla una res para mostrarnos cómo suena y se ve el efecto de un disparo real sobre la carne, y encuentra uno de sus ejes visuales en los autos negro y blanco, con esa carga simbólica que sólo puede proveer la realidad. Por un lado, atraviesa un 205 con luces que marcan los impactos de 18 balas, con un efecto casi de cine 3-D. Mientras que la imagen del 504 no necesita de trucos para volverse especialmente siniestra, alcanza con que nos cuenten su historia: los policías de civil que persiguieron a Carrera pertenecen a la muy cuestionada comisaría 34ª, la misma a la que pertenecían los efectivos que en 2004 detuvieron a Ezequiel Demonty, lo golpearon y lo obligaron a tirarse al Riachuelo, donde murió ahogado. Al momento de la realización de la película, el 504, con su patente ilegal y pedido de captura, seguía en actividad, y Piñeyro lo localizó estacionado cerca de otra comisaría.

Motivado en una de sus decisiones formales más estratégicas, Piñeyro no entrevista a Carrera hasta bien avanzada la película. “Hablar con Carrera podía aportarle a la película en tanto es como su protagonista encubierto, su Gran Gatsby: se habla de él todo el tiempo, pero aparece a mitad de la novela. Y lo que a mí me interesaba era retratarlo como persona, hacer una semblanza corta, casual, y hacete vos tu impresión de quién es Fernando Carrera. No quería que me dijera que es inocente, porque sería como un cartel publicitario más en una calle saturada de publicidades. Lo importante era hablar de cualquier cosa, desde fútbol hasta las masitas tumberas que nos ofrecen. Y estuvo bueno, porque en nuestra conversación Carrera se descolgó con la que a mi juicio es la mejor frase de todas: ‘Si a mí alguien viene a decirme que Carrera es inocente, yo no le creo. Si la policía dice que es culpable y los medios se manejan con lo que dice la policía, y el lector le cree al diario, ¿cómo no le va a creer el lector al diario y el diario a la policía, cuando dicen que Carrera es un delincuente?’”

Tan convencido de la potencia narrativa del cine como de la verdad de la causa que defiende, Piñeyro no quiere tan sólo contarnos que Carrera es inocente, quiere demostrarlo; y su método, bien lejos del documental de cabezas parlantes, incluye estar en escena buena parte del tiempo conduciendo el hilo del relato. Esto le ha valido la crítica más recurrente de las lanzadas sobre sus películas: para sus objetores, El Rati... es el unipersonal de un Narciso. “A quienes dicen que soy narcisista y me pongo demasiado en cámara –dice Piñeyro–, les puedo decir que sí, soy un narcisista, como cualquier actor. Pero hay una diferencia entre poner la cabeza y poner la cara: me pongo a mí mismo porque es una película sobre lo que a mí pasa con el caso Carrera. Creo que el caso me ataca directamente. Cuando la causa llegó al procurador general de la Nación, Esteban Righi, éste recomendó mantener la pena. Y si tenemos un procurador que está dispuesto a decir que ‘a Carrera no lo reconoció un damnificado en la rueda policial, pero eso sólo prueba que no fue reconocido, más no su ajenidad al hecho’, estamos en el horno. Yo el día de mañana tengo que salir a probar mi inocencia. Está todo al revés: es el Estado el que tiene que probar la vinculación de Carrera con los crímenes que se le imputan, no él su ajenidad. Los disparates que salen del informe de la Procuración los firma González Warcalde, que dice: ‘Si Carrera pensó que le estaban robando, ¿por qué no fue hacia el puente, que hay un puesto de policía?’. ¿Pero vos qué te pensás, que uno tiene un GPS en la cabeza y ploteados los puestos de policía? Y además, no vas a pasar por al lado del tipo que te está apuntando, salís para el otro lado. También dice: ‘No pudo justificar su presencia en el lugar’. ¿Desde cuándo tenés que justificar tu presencia en la calle? Es una cosa demencial, y lo que está en juego es la presunción de inocencia, que es la piedra angular de la aplicación del Derecho en la Argentina y en la mayoría de los países democráticos. Así que, guarda con esto, porque, sin hacer slogan, no es que Carrera somos todos; Carrera puede ser cualquiera que tenga un auto blanco en el lugar equivocado y después, arreglate. Si dejamos pasar ésta, estamos sentando precedente.”

AFUERA Y ADENTRO

En las exhibiciones que se hicieron en el Bafici de El Rati Horror Show, había una suerte de coda final con un texto acerca del fallo que absolvió a los directivos de LAPA. En el corte del film que se estrenará esta semana, esa placa debió salir por razones narrativas (y porque había novedades sobre el caso Carrera que ocuparon su lugar), pero la vinculación establecida por Piñeyro sobre los dos temas sigue vigente. “El fallo de LAPA hoy está en Casación, y hay una discusión técnico-jurídica de la cual soy ajeno, pero es muy probable que los fallos absolutorios estén prescriptos. Todo se hizo para que fuera así, se le concedió a la defensa todo tipo de maniobras dilatorias, un juicio que podría haberse hecho en seis meses se estiró dos años, a pesar de que había testigos que no hubo ni con la AMIA, ni con los Juicios a las Juntas, ni con Río Tercero juntos. Pero ahora llega a Casación casi sin tiempo. Qué país éste, que nunca un tribunal tuvo tanta evidencia para condenar como en el caso de LAPA y no lo hizo, y nunca un tribunal tuvo tan poca evidencia para condenar como en el de Carrera, y le encajan 30 años. A Bignone le dan 25, a Carrera 30. Y la joda es que para mí éste sigue siendo uno de los mejores países para vivir, y mirá que he dado vueltas con los pasajes gratis que teníamos los pilotos. Pero también pasan las cosas más horribles, y no me quiero ir. Quiero que se vayan ellos, y que se gestionen bien las líneas aéreas, la policía, la Justicia.”

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Piñeyro flanqueado por un 504 como el siniestro parapolicial de la federal, y un 205 como el que conducia Fernando Carrera el día de “la masacre de Pompeya”.
Imagen: Xavier Martin
 
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