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Domingo, 10 de octubre de 2010

PERSONAJES > MARK RUFFALO, DISCRETO PERO IMPLACABLE

Ruffalo Bill

 Por Mariana Enriquez

Su nombre es contraseña entre mujeres, una clave secreta que los varones no entienden. Y cuando se les muestra quién es Mark Ruffalo, dicen que no con la cabeza, no lo comprenden, dicen que es gordito, bajito, un tano sureño, nada que ver con esos hombres que a ellos se les antojan atractivos (Pitt, Clooney y otros lugares comunes). Mark Ruffalo no los intimida. Qué tontos. Las mujeres, mientras tanto sonreímos, pestañeamos y nos decimos tres palabras: In the Cut. Es una película sumamente ninguneada de Jane Campion, que aquí se tradujo como En carne viva (2003), título que describe el estado en que queda una después de ver a Mark Ruffalo haciendo con una Meg Ryan trompuda algunas de las mejores escenas eróticas del cine. Así de grandilocuente, en serio: suena a barbaridad, pero tanto cuando hunde la cabeza entre las piernas de la rubia como cuando hace de policía ambiguo y básico, recuerda a Marlon Brando cuando era puro sexo y talento.

Mark Ruffalo –43 años, nacido en Wisconsin, criado en California, con mucho drama en la vida, desde un tumor cerebral hasta un hermano suicida– sabe esconder esa sexualidad de bestia haciendo de buen muchacho (en comedias románticas como Si tuviera treinta o Como si fuera cierto), pero siempre mantiene esa sonrisa que sabe, los labios esponjosos, el cuerpo fornido –no tiene nada de espigado y etéreo, es pura contundencia, tierra roja, sol playero, rulos llenos de arena, pelo en pecho, campera de jean–. Sobre todo, Mark Ruffalo es un tremendo actor: en Zodiac (2007) de David Fincher lo demuestra haciendo de ese aparato, tan gracioso, el agente Toschi; en La isla siniestra (2010) de Scorsese se queda en discreto pero aplomado segundo plano detrás de Leo DiCaprio; en You Can Count On Me (2000) de Kenneth Lonergan, está fantástico como el hermano caprichoso, imposible, de Laura Linney. Como además de ser delicioso tiene tanto talento, se le pueden confiar papeles como el de Mi vida sin mí (2003), donde es Lee, el hombre que se enamora de Ann (Sarah Polley), que se está muriendo de cáncer y lo elige para ser su último amante y su último amor. Y funciona porque es absolutamente creíble que una mujer elija para despedirse de la vida a Mark Ruffalo. ¿Qué tiene, qué es? Un viejo blues dice que los hombres no entienden lo que las chicas saben, y no hay mucho más que agregar. No hay por qué andar regalando la clave de acceso al gran favorito.

Ahora mismo se lo puede ver en Mi familia, como el donante de semen de una pareja lésbica, que aparece en la vida de las mujeres cuando los hijos, ya adolescentes, deciden buscarlo. La película de Lisa Cholodenko levantó admiraciones e indignaciones, especialmente por la escena en que una de las mujeres de la pareja, la que interpreta Julianne Moore, se acuesta con el Sr. Ruffalo y al encontrarse con su erección la saluda con un “Hola” de tremenda alegría. Muy políticamente incorrecto, seguramente, pero tan comprensible. La directora sabe muy bien lo que hace, cómo sabe: si una mujer que hace veinte años está en pareja con otra mujer va a tener una aventura con un señor, y sí, el candidato es Mark Ruffalo. Está divino en la película, un poco grasa con mucho jean y canutillo, un bronceado tremendo, un cuerpo extraordinario (¡lo mandaron a hacer ejercicio!), canturreando a Joni Mitchell, en moto, lugar común del californiano cool y exitoso que cualquier otro convertiría en un personaje bastante insoportable, pero el Sr. Ruffalo no falla jamás.

Otra vez, encima, tiene escenas de sexo tremendísimas, que dan ganas de morderse los labios, tan vívidas y cariñosas y torpes y brutales como el acto mismo. Tan vívidas y cariñosas y torpes y brutales como Mark Ruffalo, con ese apellido entre el hombre y la bestia.

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