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Domingo, 20 de marzo de 2011

Fukushima, mon amour

 Por Ryu Murakami

Dejé mi casa en la ciudad portuaria de Yokoma a primera hora de la tarde del viernes 11, poco después de las 3. Me registré en mi hotel habitual del barrio de Shinjuku en Tokio poco después. Suelo pasar tres o cuatro días por semana ahí para escribir, recopilar material y hacer trámites.

El terremoto nos sacudió en el momento en que entraba en mi cuarto. Con la sensación de que iba a terminar atrapado entre escombros, manoteé un bidón de agua, una caja de galletitas y una botella de brandy antes de sumergirme debajo de la sólida tapa del escritorio. Ahora que lo pienso, no habría tenido tiempo de saborear el brandy si el hotel de 30 pisos se hubiese derrumbado. Pero esas precauciones mantuvieron el pánico a raya. Un anuncio de emergencia llegó enseguida por el sistema de sonido: “Este hotel fue contruido para ser antisísmico. No hay riesgo de que colapse. Por favor, no intente abandonar el edificio”. El mensaje fue repetido varias veces. Primero me pregunté si sería cierto, o si la gerencia pretendía mantener a la gente en calma. Y fue entonces que, sin pensarlo, adopté mi posición ante el desastre: por ahora, al menos, voy a confiar en la palabra de personas e instituciones con mejor información y conocimiento de la situación que yo. Decidí creer que el edificio no se derrumbaría. Y no lo hizo.

Se dice que los japoneses son fieles a las reglas del “grupo” y adeptos a formar sistemas de cooperación de cara a las grandes adversidades. Sería algo difícil de negar hoy. Rescates valientes y esfuerzos asistenciales se llevan a cabo de manera incesante, y no se registran robos ni saqueos. Pero lejos de la mirada del grupo, sin embargo, también tenemos la tendencia a actuar de manera egoísta –casi como una forma de rebeldía–. Y estamos experimentando eso también: insumos básicos como arroz, agua y pan desaparecieron de los supermercados. Las estaciones de servicio no tienen nafta. Se compra en pánico. La lealtad al grupo está siendo testeada.

Nuestra máxima preocupación presente es, sin embargo, la crisis de los reactores nucleares en Fukushima. Hay una masa confusa y conflictiva de información. Algunos dicen que la situación no es tan mala como Chernobyl; otros, que los vientos podrían arrastrar la radioactividad hacia Tokio, por lo que deberíamos quedarnos en casa comiendo grandes cantidades de ciertas algas, que tienen un alto contenido de yodo seguro, lo que ayuda a prevenir la absorción de radiación. Un amigo norteamericano me recomendó que me fuera hacia el oeste de Japón.

Algunos están efectivamente dejando Tokio, pero la mayoría permanece. “Tengo que trabajar”, dicen algunos. “Acá tengo mis amigos y mis mascotas.” Otros razonan: “Incluso si se convierte en una catástrofe como la de Chernobyl, Fukushima queda a 170 kilómetros de Tokio”. Mis padres se encuentran en el oeste, en Kyushu, pero no planeo ir. Quiero quedarme acá, junto a mi familia, mis amigos y las víctimas del desastre. Quiero darles coraje, como ellos me están dando coraje a mí.

Por ahora, me quedo con lo que decidí en mi habitación de hotel: voy a confiar en la palabra de personas y organizaciones mejor informadas, especialmente los científicos, médicos e ingenieros que leo en internet. Sus opiniones y diagnósticos no reciben demasiada cobertura. Pero su información es objetiva y precisa, y confío en ella más que en cualquier otra cosa que escucho.

Diez años atrás, escribí una novela en la que un estudiante de colegio pronunciaba un discurso ante el Parlamento, y decía: “Este país tiene todo. Se puede encontrar cualquier cosa que uno quiera acá. Lo único que no tiene es esperanza”. Uno podría afirmar lo opuesto hoy: los centros de evacuados sufren escasez de alimentos, agua y medicamentos; también hay falta de bienes y energía en Tokio. Nuestro modo de vida está amenazado, y el gobierno y las compañías de servicios no han respondido adecuadamente.

Pero por todo lo que perdimos, la esperanza es algo que los japoneses hemos recuperado. El gran terremoto y el tsunami nos han robado muchas vidas y recursos. Pero nosotros, tan intoxicados con nuestra propia prosperidad, hemos vuelto a sembrar la semilla de la esperanza. Por eso decido creer.

Ryu Murakami —el otro Murakami—, a pesar de ser menos conocido que Haruki, es un escritor japonés de éxito y prestigio. En castellano, se consigue una breve y poderosa novela: Azul casi transparente (Anagrama).

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