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Domingo, 20 de abril de 2003

TEATRO

Buena conducta

Un drástico manual de buenos modales del siglo XIX es el punto de partida de Ars higienica, el espectáculo en el que Ciro Zorzoli y el grupo La Fonda desnudan la pasión represiva que acecha tras las reglas de la vida civilizada.

POR CAROLINA PRIETO
“Horrible es el espectáculo de ver a una persona descubierta de noche. Los vellos que crecen en la parte interior de la nariz deben cortarse cada vez que asomen. No aparezcamos habitualmente en las ventanas que dan a la calle sino en horas de la tarde o noche. Fuera de estas horas, la persona se manifiesta entregada a la ociosidad o al vicio de una pueril o dañada curiosidad.”
Manuel Antonio Carreño incluyó estos “principios”, entre tantos otros, en su Manual de Urbanidad y Buenas Maneras publicado en 1853. El autor, venezolano, no dejó ningún resquicio de la vida humana sin reglamentar, imprimiéndoles una mirada que privilegia siempre al otro y a las apariencias y condena la espontaneidad, la intensidad expresiva y el deseo. Carreño se metió con todo: caminar, hablar, interactuar, dormir, comer. Su manual –un verdadero tratado de domesticación moral– cayó por azar en manos de Ciro Zorzoli y se convirtió en el motor de su nueva creación, Ars higienica, una obra que demandó siete meses de ensayo y experimentación hasta cristalizar en una inquietante puesta en escena, austera y bella, que a poco de su estreno se transformó en una rareza del teatro off. Sábado a sábado, las setenta localidades del Teatro del Abasto se agotan como pan caliente, lo que obliga a reservar con una semana de anticipación. Zorzoli está sorprendido, aunque quizá no tanto como el público cuando abandona la sala después de la perturbadora escena final.

“Es un acto incivil sentarse dando la espalda a la escena. Es altamente impropio chiflar a un actor poco hábil.” Mientras los espectadores se acomodan, un actor se acerca y les recomienda cómo comportarse, otro fumiga el espacio y el resto ingresa trayendo unos móviles con estantes y cortinas que dejan ver tubos de ensayo, pinzas y frascos con cuerpos extraños. En este ámbito singular, una especie de laboratorio, los ocho personajes (ellos con pantalón y camisa, ellas con vestidos: todo de corte neto, atemporal, y de colores neutros) despliegan sus prácticas ante al público: un conjunto de operaciones con carne cruda, por un lado, y por otro una serie de aseos personales.
Así arranca un verdadero maratón de rutinas de higiene, conductas de urbanidad y consejos de buenos modales que se suceden sin solución de continuidad. Muchos resultan cómicos por la ridiculez de su sola enunciación o por la contradicción que llevan implícita. “¡Natural, natural!”, se gritan unos a otros mientras caminan, corrigiéndose supuestos errores posturales. Pero las risas se endurecen a medida que la dinámica avanza y vira hacia el patetismo. La limpieza del oído o el ombligo se realiza a costa de un cuerpo que cede, pero se resiste a ser violentado; los pies y las uñas soportan el limado de aparatos eléctricos más aptos para trabajar la madera o el metal. Los cuerpos se presentan como el blanco de un control minucioso, represivo, nunca como sede de sensaciones o pulsiones.
“El hombre inmetódico vive extraño a sus propias cosas”, reza el manual. Metódicos, los personajes de Ars higienica también se dedican a catalogar, nombrar y representar “especímenes”. El trabajo de los intérpretes Fernanda Orazi y Agustín Vásquez es impresionante: sus criaturas no son la caricatura externa de un animal; al contrario, sus cuerpos –y los sonidos que les arrancan– evocan algo salvaje y cautivo desde la sutileza, no desde la obviedad, que se defiende ante la examinación externa. Hasta que, de a poco, el orden va descarrilándose. La “caminata con casos” (en la que se practica cómo camina un hombre junto a una señora o a dos señoritas, o un “superior” con “dos inferiores”) genera atracciones entre sexos y rivalidades. Todo se acelera, los personajes se lanzan a experimentar miles de casos y terminan trotando a un ritmo descontrolado, transpirados y sin aliento. Lo mismo sucede en la escena de la comida. El “buen comportamiento” sugiere tomar los cubiertos en forma calculada, y loscomensales se embalan en una secuencia perfectamente sincronizada que termina por estallar. Y de vuelta a la disciplina, aunque el balde en el que enjuagan sus manos ya está mancillado por el jugo de la carne. Pero el grupo, tan preocupado por la pulcritud, no parece acusar ninguna contradicción entre la misión higiénica que encarnan y el contacto con la carne que establecen: la escurren, la pican como en una carnicería, la condimentan... y terminan de acicalarla con una siniestra devoción.

En este nuevo trabajo del grupo La Fronda, Ciro Zorzoli y su joven equipo dan muestras de originalidad y una profunda búsqueda. La atención jamás decae a lo largo de la hora que dura el espectáculo, y todo contribuye a crear ese ambiente sórdido al que el director imprimió un ritmo musical, como una partitura que se sostiene y alcanza momentos magistrales. Los mismos actores, sobre el final, cantan con destreza unas estrofas en latín, y la ironía que se desprende de la letra choca con lo grotesco de la situación.
Como en Living, último paisaje y A un beso de distancia, sus obras anteriores, Zorzoli sabe cómo combinar humor y crueldad y llevar al elenco a una zona de oposiciones y filtraciones que desestabilizan un determinado estado. “Ciertos elementos que aparecen acá tienen que ver con las otras obras”, comenta el director. “El tema de la violencia, por ejemplo, ya aparecía en Living... Ahí los personajes luchaban por sostener la comedia estilo años cuarenta que representaban y que terminaba deshaciéndose, porque a algunos se les filtraban textos que hacían referencia a sucesos violentos del país. Y en A un beso..., los mecanismos de encuentro y seducción no llevaban a un encuentro con el otro: se usaba al otro para la satisfacción personal.”
En Ars higienica, el manual de Carreño (suerte de biblia profiláctica que rigió sobre varias generaciones de venezolanos e hizo célebre a su autor, pedagogo, músico y político) impulsó a Zorzoli a investigar temas que la realidad misma puso sobre el tapete. “Lo encontré en un negocio de libros usados –cuenta–, y me pareció interesante el mundo que se podía desplegar a partir de él. Nuestro trabajo coincidió con la debacle del gobierno en diciembre del 2001, con la aparición de un caos y una miseria que venían de antes, pero saltaron más a la vista y fueron reprimidos. Y el libro resultó una excusa para trabajar cuestiones como la construcción de la naturalidad, la generación de un orden que termina conteniendo lo que podría ser de índole más salvaje o pasional, los intentos por clasificar y categorizar, que son maneras de conocer y de dominar. Pero la intención no fue llevar el manual a escena; es más: lo tuvimos en cuenta recién al final, cuando nos centramos en la oralidad. Durante los ensayos yo sugería puntas para desarrollar y consignas de improvisación; así fue surgiendo un material teatral casi autónomo del libro. Tuvimos que construir un mundo y después una pieza; ahí cruzamos lo que veníamos trabajando con textos que pertenecen al manual.”
Según Zorzoli, las antinomias que maneja Carreño –lo limpio y lo sucio, lo natural y lo antinatural, lo civilizado y lo incivilizado– están impregnadas del pensamiento positivista de la época, que está lejos de haberse disipado. “Hoy se siguen trazando líneas drásticas entre lo que es civilizado, racional y limpio, y lo que es bárbaro, irracional y sucio. Eso se puede ver en el pensamiento común, por ejemplo, cuando se asocia un foco de pobreza con un foco de suciedad, peligro y violencia”, comenta.
El montaje de Ars higienica rompe esas falsas alternativas, multiplica las interrogaciones (¿Hasta qué punto el hombre puede reglamentar su vida? ¿Para qué? ¿Hasta dónde puede reprimir a los demás y reprimirse? ¿Qué espacio deja al azar y el caos?) y genera imágenes que abren el sentido. Cada uno podrá bucear en su historia personal, en la del país o en ambas ala vez. “Es una obra abierta”, concluye Zorzoli, director y dramaturgo, “y a mí me interesan mucho las distintas lecturas que se van formando”.

Ars higienica, todos los sábados a las 23 en el Teatro del Abasto, Humahuaca 3549. Reservas al 4865-0014.

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