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Domingo, 20 de abril de 2003

La decisión de Kathie

De potencia testimonial y literaria comparable a Sin novedad en el frente de Remarque y La decisión de Sophie de Styron, pero de escasas 60 páginas, Paradero desconocido de Katherine Kressmann Taylor, publicado originalmente en 1938, anticipa en varias décadas la renovación estilística que implicaría el uso del género epistolar y de los elementos facsimilares.

POR JUAN FORN
En septiembre de 1938, la revista literaria norteamericana Story publicó un cuento sorprendentemente alejado de sus parámetros estilísticos habituales. Un cuento que parece de anticipación, pero que es en realidad un texto de denuncia, sólo que enmascarado en el elegante formato epistolar (ese género que supo ser canónico en los tiempos de Choderlos de Laclos y que, en tiempo y lugar posteriores y bastante más cercanos a nosotros, sirvió como vehículo ideal para expandir las fronteras del género narrativo, en manos de escritores como Walsh y Puig). El cuento metía el dedo en la llaga de la postura aislacionista de Estados Unidos frente a lo que ocurría en Europa en ese entonces, se titulaba “Paradero desconocido” y estaba escrito a dos voces: las cartas que cruzan Martin Schulse y Max Eisenstein, expatriados alemanes ambos y socios en una galería de arte, uno de ellos judío y el otro goy. Cuando Martin decide volver con su familia a la madre patria e instalarse allá, Max queda a cargo de la galería en San Francisco y le pide que le vaya contando cómo es el retorno a esa Alemania libre de “la arrogancia prusiana y el militarismo, donde la preciosa libertad política está en sus comienzos”. El año es 1932. Martin cuenta, en la primera de sus cartas, que los dólares remitidos puntualmente desde la galería “nos colocan aquí entre los ricos” y procede a describir la clase de vida que puede ofrecer a su familia gracias a ese dinero (Max, por su parte, explica que el negocio no va aun mejor porque él carece del “refinado tacto” de Martin para vender arte a las viejas matronas judías, que “nunca se fían del todo de otro judío”). El cuento consta de veinte cartas; la última fechada en marzo del ‘34. En una de ellas, de enero de 1933, Max pregunta como al pasar a Martin: “¿Y quién es ese tal Adolf Hitler, que parece estar haciéndose con el poder, allá? No me gusta nada lo que leo de él”. A partir de ese momento, el intercambio de cartas comenzará a reflejar, progresiva y cada vez más asfixiantemente, un auténtico proceso de descomposición: no sólo el de una amistad sino el de una nación, porque la metamorfosis de Martin no puede no ser leída a la luz de la Historia. Es decir, como lo ocurrido en el interior de todos esos millones de alemanes –y austríacos y germanófilos en general– que en esos años se dejaron cautivar por los delirios de grandeza del naciente Tercer Reich.
Lo primero que llama la atención de este cuento extraordinario es la combinación de técnica y contenido, sumado a la fecha de aparición (repito: septiembre de 1938). Quizás alguien más metódico o exhaustivo logre rastrear un antecedente directo, pero yo no he encontrado ningún cuento anterior a esa fecha que utilice de tal manera la técnica epistolar, y menos que menos para tratar un tema político tan candente y con los efectos que suscitó de inmediato en millones de personas aquel silencioso debut literario del hasta entonces ignoto Kressmann Taylor. Después de que la revista Story agotara su edición en pocos días (un fenómeno que nunca había ocurrido antes), después de que empezaran a multiplicarse por todo el país las copias mimeografiadas del cuento circulando de mano en mano, el mismísimo New York Times se ocupó de él, para declarar que se trataba de “la más efectiva denuncia contra el nazismo publicada hasta ahora” y “la perfección misma como literatura de ficción”, mientras el popular e irritante periodista radiofónico Walter Winchell instaba a su enorme audiencia “a no perderse por nada de leerlo” y el igualmente irritante Reader’s Digest hacía una reimpresión especial del cuento (violando su sagrado precepto de no publicar ficción) de tres millones de ejemplares. En los primeros días de 1939, el cuento apareció además en forma de libro, publicado por Simon & Schuster en Estados Unidos y Hamish Hamilton en Inglaterra. En pocas semanas vendió cincuenta mil ejemplares y comenzaron febriles negociaciones para su traducción. Entonces Hitler lanzó su Blitzkrieg sobre Europa y la guerra pulverizó,como tantas otras cosas de entonces, la ascendente carrera de Paradero desconocido.
Debió pasar más de medio siglo para que el pequeño sello Story Press rescatara el libro del olvido absoluto y lo reeditara en 1995, “en conmemoración del 50º aniversario de la liberación de los campos de concentración”. La edición inicial fue nuevamente exigua, pero volvió a ocurrir lo que en 1938: Paradero desconocido fue saludado como “un clásico” (Kurt Vonnegut escribió que el librito era, a la Segunda Guerra, lo que La cabaña del Tío Tom fue a la Guerra de Secesión), se multiplicaron las ventas, se sucedieron las traducciones (a quince idiomas, con similar impacto en casi todos ellos, al punto de que en Francia y Alemania se convirtió además en exitosa obra teatral). Pero, en el mundo de habla hispana, pasó más bien inadvertido (editado por el sello RBA/Nuevo Extremo).
Paradero desconocido es el único clásico de literatura concentracionaria donde el judío destruye al nazi (además de ser quizás el único de los muchos textos de ese género escritos antes y no después de la guerra). La segunda diferencia es casi igual de drástica: Paradero desconocido no es un texto apócrifo que se presenta como testimonio verídico, de no-ficción.
Hay, sin embargo, un elemento apócrifo en el relato: su autor no era el tal Kressmann Taylor sino una joven nativa de Portland, egresada de la Universidad de Oregon, madre de tres hijos y por entonces anónima publicista en Nueva York, llamada Katherine Kressmann. El marido de Katherine trabajaba en una editorial y fue quien acercó el cuento a Whit Burnett, el legendario director de Story. Ambos hombres inventaron el seudónimo masculino luego de decidir que la historia era “demasiado dura para aparecer firmada por una mujer”. La dureza tan poderosa como enmascarada de Paradero desconocido no sólo radicaba en su denuncia de la vileza moral del nazismo sino en la metódica y escalofriante venganza de Max hacia Martin, luego de que éste devenga funcionario del régimen nazi e interrumpa todo vínculo con su viejo amigo (sólo puede decirse de esta venganza que es detonada por la responsabilidad de Martin en la muerte de la adorada hermana menor de Max, actriz en Berlín y, por supuesto, judía).
Lo paradojal de toda esta historia no sólo es que alguien que se consideraba a sí misma “una mera escritora aficionada” lograra dar cuenta, con esa pequeña pieza de ficción, de lo que Estados Unidos y la mitad de Europa se negaban a ver que estaba ocurriendo en Alemania antes de la guerra. Lo verdaderamente paradojal es que, después de lograr que esa poderosa denuncia fuera, además, un artefacto literario tan novedoso y perfecto (cada una de las escuetas cartas cobra una elocuencia ensordecedora en su entrelínea, y el tempo alucinante que muestran tanto la vejación como la venganza son coronados por un final que no sólo es explosivo argumentalmente sino también formalmente: al poner en las narices del lector un escueto facsimilar como cierre abrupto y definitivo del relato), la Kressmann dedicara el resto de su vida a enseñar calladamente humanidades en un college cercano a su casa (sólo reincidió en la literatura en 1966, cuando asistió a la famosa inundación de Florencia y escribió Diary of Florence in the Flood, texto nunca traducido a nuestro idioma e inhallable en inglés). Katherine Kressmann murió a los noventa y tres años, en 1996, un año después de la celebrada reedición de su primera pieza narrativa.

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