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Domingo, 29 de mayo de 2011

CINE > ¿QUE PASO AYER? PARTE 2, Y LAS PELICULAS DE PARTUZAS

La parranda salvaje

Hace dos años, ¿Qué pasó ayer? trajo, envuelta bajo una comedia de enredos y bodas a punto de naufragar, una película que se animaba a lo que tantas habían insinuado, pero ninguna cumplido: retratar la ferocidad, la demencia y las secuelas de las parrandas salvajes. Ahora, la segunda parte sube la apuesta y se cobra todas las fichas. Como yapa, un ciclo en el Malba rescata a una de sus pocas antecesoras.

 Por Alfredo Garcia

“Amanecer: hora en la que todo hombre razonable empieza a preguntarse si no habría que ir parando la juerga en dos o tres horas.”

Esto lo escribía Ambrose Bierce a fines del siglo XIX en su célebre Diccionario del Diablo. Pero Hollywood nunca estuvo a la altura de los grandes juerguistas como Bierce, excepto tal vez al describir partuzas alternativas propias de los tiempos del flower power como en el caso de The Wild Angels de Roger Corman, o Easy Rider, de Dennis Hopper.

Eso hasta la llegada de The Hangover en 2009, donde unos tipos se despertaban una mañana (“última parte de la noche”, según el diccionario ya citado) en un estado deplorable, tanto como para no recordar nada de la juerga que habían montado 48 horas antes.

Más allá de los chistes ultrazarpados, empapados hasta el tuétano de incorrección política, lo que distingue principalmente a la primera ¿Qué pasó ayer? (título local de The Hangover), la comedia de enredos salvajes alrededor de los excesos de una juerga, dirigida por Todd Philips, es la inteligente estructura de un guión pensado para generar suspenso, ritmo e intriga permanentes.

La película empezaba con una situación desoladora: pocas horas antes de su boda, la novia recibe un llamado de un tipo de aspecto lamentable con el rostro golpeado, y que, parado en medio del desierto, le explica que está todo mal, que se fueron de rosca en la despedida del soltero, y que no saben dónde está el novio.

La siguiente escena retrocede a dos días antes, cuando el prometido, sus dos mejores amigos y su futuro cuñado, un freak regordete y bastante desequilibrado, se preparan para una memorable despedida de soltero en Las Vegas.

Pero memorable no es precisamente el adjetivo adecuado para la juerga, ya que a la mañana siguiente de la primera noche en la ciudad del pecado, los tres amigos se despiertan con una resaca aplastante en su suite convertida en un caos, y sin señales del homenajeado por ningún lado. En cambio, hay un bebé desconocido llorando dentro un armario, un gallo blanco dando vueltas por la sala, un rugiente tigre de bengala en uno de los baños, y el colchón del amigo desaparecido clavado en un adorno puntiagudo en la vereda del hotel. Además, a uno de los protagonistas –para colmo dentista– le falta un diente, y otro tiene en la muñeca la pulserita típica del paciente de hospital. Ninguno de los tres puede recordar absolutamente nada de lo que sucedió la noche anterior, y sólo tienen lo que queda del día y el resto de la noche para reconstruir con esas pistas lo que sus mentes intoxicadas les niegan, encontrar al novio y llevarlo a tiempo a su boda.

La película continúa el estilo de otra divertida comedia de Todd Phillips, Viaje censurado (Road Trip, 2000), que también mostraba las salvajes andanzas de un grupo de amigos universitarios, sólo que ahora la trama –que contiene los audaces gags, y algunos de los chistes con bebés más fuertes que jamás hayan filmado en Hollywood– tiene una coherencia casi perfecta con el delirio de las situaciones y el desquiciado sentido del humor.

Todo el elenco tiene una solidez pareja, pero el que se roba la película es Zach Galifianakis, como el increíble retardado del grupo. (Si estos tipos zarpados fueran Los Tres Chiflados, Galifianakis podría ser entendido como el Curly del grupo.) También sorprende Mike Tyson burlándose de su naturaleza violenta en un par de escenas sin desperdicio.

Todo esto nos lleva a la nueva ¿Qué pasó ayer? Parte II (The Hangover Part II), en la que Todd Phillips lleva el mismo tipo de juerga al Sudeste asiático y los más sórdidos escondrijos de la ominosa Sodoma moderna tailandesa, es decir Bangkok.

La estructura es la misma del film anterior. Hay un prólogo donde una novia tailandesa está siendo severamente recriminada por su padre por la desaparición del prometido justo la mañana del día de su boda. Suena un teléfono y uno de los padrinos llama y avisa que lo hicieron otra vez: están en grandes problemas, tan grandes como para ir pensando en la posibilidad de que la ceremonia no pueda llevarse a cabo.

Ahí la narración retrocede unos días, hasta las vísperas del viaje a Tailandia para el casamiento del más serio del grupo de amigos (Ed Helms), el dentista que se casa ahora de verdad con una chica tailandesa de buena familia, y quien, para prevenir la posibilidad de que no pase nada parecido al desastre previo, censura la despedida de soltero, y hasta se cuida de no beber nada que no haya abierto él mismo en los días previos a su boda.

Pero, ¡ups!: corte, y se despierta en un súper sórdido cuarto de hotel tailandés con un tatuaje imposible en la cara y un pequeño simio fumador vestidito con una campera ilustrada con la lengua que identifica a los Rolling Stones. El demente que arruinó todo la vez anterior drogando a todo el mundo (Zach Galifianakis) jura que esta vez no tuvo nada que ver, pero de todos modos nadie se acuerda nada de lo que pasó la noche anterior, dónde demonios están, y por qué se ha evaporado el hermano teenager de la novia, un joven prodigio ya a punto de convertirse en cirujano. Lo más perturbador es que este virtuoso adolescente del chelo sí se dejó algo en el cuartucho de hotel: un dedo cortado cuidadosamente, apoyado en un platito.

Todo intento por reconstruir la noche en tinieblas para devolver al chico a la familia sólo los lleva a situaciones más dementes, que incluyen gangsters, traficantes de cualquier cosa, un monje budista pelado y en silla de ruedas que ha hecho votos de silencio, más un burdel de travestis, al parecer parte del folklore tailandés. Los gags son terriblemente eficaces, y sobre todo de un nivel de incorrección política que recuerda más a la más salvaje cult movie de los años ‘70 que a cualquier producción hollywoodense del siglo XXI.

El nivel de comicidad de la nueva Hangover es tan bueno como el de la primera película o incluso superior, y lo que hay que reconocer en Todd Phillips es su buena voluntad a la hora de subir el volumen de demencia y sordidez de la juerga, empezando por el antro/hotelucho donde aparecen sus personajes después de la festichola previa, o el personaje del monito rocker, que realmente se roba la película casi al mismo nivel que Galifianakis. En un momento culminante del film suena la música de Curtis Mayfield del clásico blaxploitation “Superfly” (toda una oda a un dealer) y entonces es cuando el público se entera de que el simio en cuestión trabaja para narcos rusos, recogiendo el dinero de los clientes y cambiándolo por dosis de coca. La parte II, igual que la primera, muestra las fotos que alguien recogió para documentar la juerga con todo detalle, y en alguna de ellas hasta se ve cómo le convidan un par de pases al propio mono, que como buen rocker lleva la cosa bastante bien. A diferencia del pobre burro del clásico ochentista Despedida de soltero, que sucumbía ante una sobredosis de clorhidrato de extrema pureza.

Por supuesto que hubo juergas y festicholas orgiásticas en las películas hollywoodenses ya desde el período mudo, con las orgías de Erich von Stroheim (en títulos como Queen Kelly, de 1932, las prostitutas de las orgías eran auténticas profesionales) y hasta –o mejor dicho, sobre todo–- en las películas bíblicas de Cecil B. De Mille, con sus adoradores del becerro de oro y otros imborrables momentos Kodak. Pero al lado de lo que podrían contar los mismos intérpretes de esas películas en los furiosos años ‘20, la pantalla grande siempre quedaba chica.

Justamente una de las escasas películas que intentaron recordar aquellos “años locos” es la única historia realmente divertida filmada por el generalmente demasiado moderado y prolijo James Ivory, que antes de aburrir con esos films de época victoriana protagonizados por Emma Thompson y Anthony Hopkins, se lanzó a contar la más famosa de las orgías hollywoodenses: su film Party salvaje (The Wild Party) cuenta la historia de la tristemente célebre partuza que terminó con la carrera del por entonces famoso cómico del cine Fatty Arbuckle, acusado de penetrar a una starlet con una botella de champaña. El zarpadísimo episodio tal vez haya sido falso, pero la leyenda lo dio por bueno. Tan bueno como esta comedia negra protagonizada por James Coco y Raquel Welch, que por estos días se va a dar en el Malba como parte de un ciclo sobre cine y diversidad programado por el crítico Diego Trerotola.

En The Party de Blake Edwards (La fiesta inolvidable, 1968), el festejo hubiera sido de lo más aburrido sin las torpezas del pobre actor indio invitado por error por el productor de la película que acababa de arruinar, y que era el dueño de casa (súper snob). En cambio, los personajes de The Hangover no están ahí por accidente sino que tienen una auténtica dedicación al servicio de la parranda más feroz, y este detalle es el que hace la gran diferencia con casi todo el cine previo de fiestas zarpadas.


¿Qué paso ayer? Parte II se estrenó esta semana en los cines.

Party salvaje, de James Ivory, se proyectará en el marco del ciclo “Cine y diversidad” el domingo 5 de junio a las 14 en el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415 (www.malba.org.ar)

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