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Domingo, 8 de julio de 2012

El Capitán Beto

 Por Bernarda Llorente y Claudio Villarruel

Beto tocó varias fibras profundas de una sociedad demasiado marcada por lo efímero. Y, cual Ave Fénix, resurgió en la conciencia de un mundo mediático que parecía estar demasiado distraído en ratings y egos. Juan Alberto era distinto, no hay duda. Ajeno a los males de estos tiempos, su reaparición en la pantalla tras el impacto de la enfermedad permitió no sólo redescubrir la talla de unos de los mejores conductores de la radio y la televisión argentina, sino también redignificar una profesión que ha ido dejando jirones de ética y credibilidad en el camino.

Tuvimos el privilegio de ser dos de sus tantos discípulos hacia fines de los ’80, de compartir algunos proyectos de nuestra gestión en Telefe (Dar es Dar, un programa solidario en plena crisis del 2002, Gran Hermano, Operación Triunfo, entre otros) y que, finalmente, soñáramos y creáramos juntos las bases de la nueva Televisión Digital Abierta.

Juan Alberto tenía la sensibilidad para estar a la altura de cualquiera de las circunstancias que eligió y también las que le fue poniendo la vida. Pero siempre fue un paso más allá de lo establecido. Badía y Compañía fue una llave que desde la pantalla, permitió en la transición democrática imaginar y proyectar cómo debería ser esta nueva Argentina libre, tolerante, inclusiva y solidaria, una Argentina que abandonara los resabios autoritarios y nos impulsara hacia otro futuro. Los jóvenes de esa época nos sentimos contenidos y orientados, y Badía y Compañía nos abrió la cabeza desde lo artístico, cultural, musical y político, descubriendo un mundo que a los argentinos nos había sido vedado.

Luego llegaron los ’90 con sus nubarrones de exitismo, individualismo y supuesta modernidad que lo taparon por un rato. Pero, aunque se lo viera menos, él siempre estuvo brillando con su propia coherencia y abriéndose nuevos caminos, como cuando fue a hacer radio por todo el país.

Después vino 360 con Mi noche favorita, y aquellos jóvenes que no lo conocían demasiado pudieron sorprenderse con un despliegue de grandes amigos-invitados que le rindieron tributo. En lo personal, que aceptara y se apasionara con este proyecto nos volvió a confirmar su grandeza. Ponía una gran dosis de vitalidad en todo lo que hacía y, de hecho, la última reunión que tuvimos para la segunda temporada de Mi noche favorita fue hace un mes, y era el mismo que nos enseñaba a hacer televisión allá por 1987.

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