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Domingo, 6 de julio de 2003

MúSICA

El mito del eterno retourno

Los Rolling Stones siguen de gira, los Rolling Stones no paran de girar. Los Rolling Stones amenazan con que ésta es la última gira pero siempre hay una gira más. Esta vez la excusa no es un disco nuevo sino apenas un grandes éxitos, pero eso no impide que la autoproclamada “banda de rock más grande de la historia” siga llenando estadios. Rodrigo Fresán estuvo ahí, retrató a la fauna arriba y abajo del escenario y volvió a su casa para escuchar a Ringo Starr.

POR RODRIGO FRESAN, DESDE BARCELONA

Los Rolling Stones siguen saliendo de gira porque no saben hacer otra cosa.”. No lo digo yo. Lo dijo Bill Wyman –alguna vez bajista de Los Rolling Stones–, quien un día se cansó de viajar por los estadios del mundo y prefirió hacer otras cosas como abrir un restaurante, sacar fotos, dedicarse a la arqueología (como sus ex compañeros de banda, pero con otros modales) y salir con madres e hijas de esas madres. Y, sí, Bill Wyman tiene razón: hoy por hoy “embarcados en su gira Forty Licks”, Los Rolling Stones son dedicados arqueólogos de sí mismos y entusiastas desenterradores de sus propias ruinas. Lo que no es reprochable: el mundo está lleno de personas que hacen dinero de maneras mucho menos nobles y perjudiciales. Los Rolling Stones no molestan a nadie pero, aun así, la cara de piedra rodante con que hacen lo suyo –y lo poco que hacen, lo mucho que cobran– produce cierto pasmo irritante. La excusa por estas noches –se sabe– es la conmemoración planetaria de los cuarenta años de la banda. Cantar los 40. Y allí van, allí voy, allá vamos: esta noche del domingo en que Barcelona fue invadida por 8000 motos Harley-Davidson que rugieron a lo largo de un desfile de quince kilómetros de largo para celebrar así los cien años de la marca. Mucho cuero, mucho cromo, mucho Hell Angel, mucho calor. Y ahora sobre el escenario del Estadio Olímpico de Barcelona –tercera fecha en el tramo español de la gira después de Bilbao y Madrid y antes de Benidorm–, Mick salta y saca el culito para afuera; Keith –cada vez más parecido a un mono loco de El planeta de los simios, ahí quedó para la posteridad esa foto donde aparece tirado en el suelo y aferrado a su guitarra con ese look de clochard antropoide bajo la caliente luna catalana– hace que toca; Ron fuma (y expone sus horrorosas pinturas y no comenta nada cuando le preguntan por su hijo modelo de ropa); Charlie (cada vez más parecido al Bela Lugosi de Ed Wood) sonríe esa sonrisa mitad estoy-en-cualquier-otra-parte y mitad qué-tontos-que-son mientras toca la batería como si le diera un poco de asco; y el bajista negro Darryl Jones que los acompaña desde hace tantos años –desde que Bill decidió dedicarse a la arqueología– hace lo suyo sabiendo que no saldrá en ninguna foto ni lo mencionará ninguna crónica y todo parece indicar que nada le importa menos. Las casi 60.000 personas que saltan y cantan y bailan parecen –también– parte del espectáculo y por un momento me pregunto si, terminado el concierto, ellos también serán desmontados, embalados en cajas, y vueltos a sacar para la siguiente fecha donde todo volverá a ocurrir como la última vez, como si nada hubiera sucedido, en lo que puede considerarse como el ejercicio mejor consumado del marienbad-rock. Ya se sabe: la repetición, el lugar común, la inercia del plano ligeramente inclinado que hace que una piedra ruede y ruede y siga rodando.

Vivos en vivo
“Me pareció que todos estaban bastante locos. Y Mick es aburridísimo. Todos ellos son muy aburridos. Como músicos, nunca he tenido mucho afecto o consideración por Los Rolling Stones. Si hubieras visto actuar a Mick con la misma frecuencia que yo, no lo considerarías un buen artista, salvo por el hecho de que resulta extraordinaria esa enorme energía que posee y porque es capaz de repetir y de hacer lo mismo una y otra vez con la misma precisión. A lo que me refiero es que en sus conciertos no hay la más mínima variación. Todo es exactamente lo mismo, siempre igual. Cada compás, cada verso, cada movimiento. Y hay algo tan irritante en esa total falta de espontaneidad en la que simulan estar improvisando. En cualquier caso, Mick es un gran hombre de negocios. Sale del escenario y lo primero que hace es sacar una computadora de su bolsillo. Es el tipo más burgués que uno pueda imaginarse”. No lo digo yo. Lo dijo el escritor Truman Capote, quien los acompañó un par de semanas durante una de sus giras a mediados de los 1972 –punto alto del sexo, drogas y rolling stone si alguna vez lo hubo–, “porque me despertaronalgo de curiosidad, pero a los pocos días ya estaba harto de Los Rolling Stones y jamás quise oír otro disco de Los Rolling Stones ni nada relacionado con ellos”, agregó el autor de A sangre fría. La idea era que Capote cubriera el tour para la revista Rolling Stone; pero los cierres fueron pasando y Capote concluyó con su venenoso poder de síntesis que “como no había nada allí, tampoco tenía nada acerca de lo que escribir”.
Por esos días –en los que transcurre una escena de la película Casi famosos de Cameron Crowe– un manager les asegura a los miembros de la mediocre y apócrifa banda Stillwater que Los Rolling Stones tienen las horas contadas porque “¿quién querría ser un rock-star de cuarenta años?”. Chiste malo.
Tres décadas más tarde, en la cima del Montjuic de Barcelona, Jagger está a pocos días de cumplir los sesenta años y la impresión que provocan Los Rolling Stones es la misma que le produjeron a Capote sólo que treinta años después. Sí, hace tiempo que Los Rolling Stones son una máquina de girar. Poco importan sus discos –el último bueno en serio fue Tatoo You en 1981 y el último más o menos interesante fue Steel Wheels en 1989– que funcionan como más o menos aceitados pasaportes para salir otra vez al camino y activar de nuevo el proceso de a) disco en estudio, b) gira de presentación de ese disco en estudio y c) disco en vivo de esa gira de presentación de ese disco en estudio. Y vuelta a empezar asegurando –o haciendo correr el rumor– que, en serio, ésta sí es la última gira.
De este modo, lo que verdaderamente se discute a esta altura de Los Rolling Stones no es su talento o su inspiración sino la cantidad de personas que consiguen meter por noche, el diseño y cantidad de metros cuadrados de sus escenarios, el número de camiones y operarios y watts involucrados en la magna empresa, los artículos de merchandising a disposición de la amable concurrencia, y lo fuerte que está la tipa que hace los coros y contra la que Jagger se restrega puntualmente y con poco creíble entusiasmo. Después, claro, se habla mucho del entusiasmo del público, del fervor de adultos y de la histeria de adolescentes y –a la salida del estadio– las cámaras de televisión entrevistan a personas que parecen haber sido abducidas por alguna secta religiosa. Sonrisas dopadas que en nada se parecen a las viscerales risas de felicidad que suele producir Bruce “The Boss” Springsteen por estas tierras donde reina sin que haya piedra o roca capaz de derribarlo. La gente no va a ver a Los Rolling Stones: la gente va a que la vean en un concierto de Los Rolling Stones. Y hasta la próxima, amigos.
Digamos que es un pacto de común acuerdo, uno de esos protocolos secretos que mantienen en pie a ciertos matrimonios y ahora –en este 2002/2003– Los Rolling Stones ni siquiera se han tomado el trabajo de componer nuevas canciones instantáneamente viejas. Ahora lo que se presenta es un greatest hits con un puñado de temas nuevos que suenan a más de lo mismo. Uno de ellos –el elegido como single del asunto– se titula “Don’t Stop”. Como si hiciera falta aclararlo, repetirlo, cantarlo.

La banda, unida, jamás será vencida
No detenerse. Ésa es la idea, ése es el mantra, ése es en realidad el producto: la idea del movimiento continuo como si se tratara de un milagro de la mística y no del cálculo del negocio. Así, Los Rolling Stones han conseguido –y esto sí que es muy meritorio dentro de un género y de un paisaje donde todo pasa tan rápido– mantenerse en la cima autoproclamándose “la rock band más grande de la historia” (atención: Bono reclamó meses atrás el título para U2, tal vez los más firmes candidatos para rollingstonizarse a perpetuidad) y concretando un envidiable crossover generacional –impresiona lo juvenil de su público si se lo compara con la edad promedio de quienes concurrieron a las recientes fechas de Paul McCartney y Peter Gabriel por estos lados– mediante canciones que se heredan de abuelos a padres y depadres a hijos simplemente por el hecho de que esas canciones siguen estando ahí y alguien tiene que escucharlas.
Si Los Beatles inventaron el concepto de “separarse”, entonces Los Rolling Stones –que durante sus primeros y mejores diez años de existencia no hicieron otra cosa que reaccionar y moverse en falsa y cómoda oposición según lo marcaran las idas y vueltas de los Fabulosos Cuatro de Liverpool– inventaron el concepto de mantenerse juntos. La permanencia como hazaña, la duración como hito, la eterna telenovela amorodio entre Jagger (Dorian Gray) y Richards (el retrato). Eso es lo que los sostiene y –a diferencia de bandas que se ven obligadas a salir a girar su pasado con estética retro– lo de Los Rolling Stones es mucho más interesante: su pasado es tan largo que llega hasta su presente, donde todo tiempo pasado fue mejor. Y así –en lugar de resignarse a un retiro tranquilo en el salón de espectáculos de algún megahotel de Las Vegas– Los Rolling Stones llevan Las Vegas a cualquier parte del mundo disfrazando el asunto de actitud rockera del tipo “los viejos guerreros nunca descansan” cuando, en realidad, a estos viejos guerreros no sólo se los ve y se los oye cansados sino que, además, tienen el triste aspecto de aquellos que se han vuelto adictos a sí mismos y que no saben cómo desengancharse, cómo dejar de empujar esa piedra que les regaló Sísifo para después salir corriendo sin mirar atrás.

Interferencia Ringo
Mientras tanto, Ringo Starr sonríe lo más pancho en su casa. Ringo de vez en cuando sale de gira con sus amigos –con su AllStarr Band o sus The Rounheads, superbandas que incluyen nombres como Billy Preston, David Gilmour, Clarence Clemons, Quincy Jones, Todd Rundgren, los sobrevivientes de The Band, Dave Edmunds, Joe Walsh, Roger “Supertramp” Hodgson y cualquiera que pase por ahí–; y Ringo cada tanto saca un disco no porque alguien lo esté esperando o porque haya que salir a venderlo sino por el solo placer de grabarlo. En el estudio de su casa, claro. El disco que acaba de sacar Ringo se llama Ringo Rama y hay que decirlo: es mejor que el Driving Rain de Paul McCartney, mejor que el casi póstumo Double Fantasy de John Lennon, mejor que el póstumo Brainwashed de George Harrison y, por supuesto, mucho mejor que cualquiera de las automáticas últimas entregas de Los Rolling Stones. Ringo Rama es un disco sin pretensiones, gracioso, con múltiples guiños y contraseñas para el connoiseur beatle (saludos al fantasma de John en “Instant Amnesia” e “Imagine Me There”; el sentido adiós a George en “Never Without You”; la cita al “Uncle Albert” de Paul en “English Garden”); típicas humoradas ringoides con estilo que podría definirse como country-victoriano; a la vez que una constante admisión del tiempo gastado y el camino recorrido. Ensamblado en sociedad con su compinche Mark Hudson, Ringo Rama es una más que agradecible continuación del espíritu imperante en los ya clásicos Ringo (1973) y Goodnight Vienna (1974), así como de los más recientes e igualmente simpáticos y talentosos Time Takes Time (1992) y Vertical Man (1998), por no hablar de su demencial álbum de villancicos de 1999 titulado I Wanna Be Santa Claus. Pero lo más revelador de Ringo Rama es el segundo compact que trae la edición limitada: un DVD documental de casi una hora de duración –titulada Ringoramaland– donde se nos invita a espiar la grabación del disco y, de paso, volver a comprobar una vez más, como si hiciera falta, lo gracioso y buen tipo que es Ringo. Pero, también, lo que se nos enseña aquí, en imágenes sin maquillaje, es el sabio modo en que un mortal lidia con su inmortalidad y cómo, en lugar de estimular el mito, prefiere desinflarlo, convertirlo en algo doméstico y entrañable y, sí, digno de nuestra más sana envidia. Allí, con fervor de home-movie se nos muestra cómo compone y canta y graba el millonario más querible de la historia del pop porque –si se lo piensa un poco– Ringo siempre fue el beatle más parecido a los fans de Los Beatles; el tipo quellegó allí por casualidad y que todavía hoy no puede creer lo que le pasó. Ringo es la prueba palpable de que a todos puede llegar a tocarnos la lotería cualquier día de éstos. Y hay risas y hay alegría en el documental y, de acuerdo, todavía hay personas confundidas que afirman que Ringo es un mal baterista y un peor escritor de canciones; pero, créanme, Ringo la pasa mejor y nos las hace pasar mejor a nosotros que –lo único que tiene en común con ellos son las iniciales– Los Rolling Stones. Y, lo siento Mick, Ringo se conserva mucho más joven que vos.

Insatisfacción
Ahora, ahí, Mick Jagger canta que no puede conseguir satisfacción. Yo le creo. Se nota. Movimientos automáticos para cantar una canción que compuso en otro siglo, en otro milenio, en otro planeta. Un par de horas atrás, Chrissie Hynde y sus Pretenders habían abierto el fuego y, sí, hay más verdad, actitud y honestidad en un tacón de la bota de la Hynde (una especie de versión femenina y muy mejorada de Keith Richards) que en estos tipos con evidentes ganas de volver a la suite a vaciar el minibar y ver una buena película porno o –en el caso de Jagger- comenzar a planear su próximo álbum solista y rezar porque esta vez haya suerte, por lo menos un poquito, ¿sí?
Es la primera vez y la última que los veo en vivo y se me acusará de blasfemo, pero me quedo con Aerosmith, quienes, por lo menos, parecen divertirse tanto encima del escenario y, ya que estamos, hacen videoclips mucho mejores.
“La duda es si los Stones no estarán comenzando a cansarse de sí mismos. Si esto es así, la autoparodia amenaza a la vuelta de la esquina (?) ¿Fue entonces malo en concierto? No. ¿Fue el mejor de los conciertos que los Stones han ofrecido en Barcelona? No. ¿Fue un concierto para inscribir en los anales de la banda? No. ¿Fue un concierto que exprimió todos sus recursos? No. ¿Fueron los mejores Stones que se pueden ver hoy en día? Quizá. De ser así, aquí estriba el problema.” No lo digo yo. Lo dijo Luis Hidalgo, crítico del diario El País.
Antes de terminar para volver a seguir –en el centro de su concierto– Los Rolling Stones cometen una boutade de antología, un acto fallido: se van a un escenario pequeño y acústico en el centro del Estadio Olímpico y cantan “Like a Rolling Stone” de Bob Dylan. La cantan como si fuera un himno de batalla, como si fuera un elogio, como si fuera suya; olvidando que en realidad esa canción está escrita y dedicada –con amoroso odio dylaniano– a alguien que ha perdido la altura y el equilibrio de su pedestal, a un ángel caído, a alguien que rueda sin brújula y sin dirección y que ha olvidado el camino de regreso al hogar. Alguien que es como una piedra que rueda y que no está nada feliz de serlo.
Después, se encienden las luces y yo vuelvo a casa preguntándome “¿Cuándo se nos jodió la Argentina?” y respondiéndome –esto sí lo digo yo– “Cuando la Argentina dejó de ser un país beatle para convertirse en un país stone”.
Algo así. Y no siempre puedes tener lo que quieres. Y es sólo rock and roll.
Pero no creo que eso les preocupe demasiado a Los Rolling Stones y tal vez de ahí –seguro, claro, eureka, ahora la entiendo– esa boca que nos viene sacando la lengua desde hace cuarenta años.

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