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Domingo, 14 de octubre de 2012

CINE > EL NOTIFICADOR, LA NUEVA PELíCULA DE BLAS ELOY MARTíNEZ

PREFERIRIA HACERLO

En un clima claustrofóbico y asfixiante, usando un lenguaje –una jerga– muy particular y completamente novedosa para el cine argentino, Blas Eloy Martínez construye en la excelente El notificador, su segunda película, un retrato impiadoso de la burocracia judicial, y de cualquier burocracia, con un personaje que es el anti Bartleby: un obsesivo que debe entregar cien notificaciones por día y blindarse ante la desesperación o la incapacidad de los demás.

 Por Juan Pablo Bertazza

Una de las razones más contundentes por las cuales es cierto que el cine argentino está atravesando un gran momento es la calidad, el gran nivel de las primeras o segundas películas de directores jóvenes, tal como lo demuestra la preselección de Infancia clandestina como gran candidata para competir por el Oscar a mejor película extranjera. Una de las claves por las que El notificador, segundo largometraje de Blas Eloy Martínez –luego de La oficina, realizado en 2005– es una muy buena película es que da cuenta de manera exhaustiva del trabajo: de un trabajo. Algo que, a veces, suele despreciarse tanto en el cine como en la literatura de los últimos años, con protagonistas que no se sabe bien cómo viven ni de dónde sacan el dinero con el que deben tirar hasta fin de mes.

Eloy, el protagonista de El notificador –la más que destacable actuación de Ignacio Toselli hace pensar en una especie de heredero de Daniel Hendler, aunque mucho más oscuro– es un clarísimo anti Bartleby. Aunque comparte el mundo judicial del extraordinario personaje de Melville, Eloy siempre preferiría hacerlo, hacer todo el trabajo posible, incluso aunque no le dé el tiempo necesario. Un obsesivo que descuida su propia vida y a su pareja, Malena, en aras de su trabajo como notificador, haciendo llegar a cada persona el bendito y molesto papel, el aviso acerca de un proceso judicial en que está involucrada. A lo largo del día tendrá que entregar, sin ningún margen para el atraso, cien notificaciones. Por eso Eloy elaboró una serie de cinco mandamientos del tipificador y algunos rituales, como la calidad de la lapicera con que hace firmar a las personas.

Uno de los puntos más notables de la película es la atmósfera que se encarga de crear, sobre todo a partir de los claroscuros en la iluminación, el contraste entre permanentes fundidos a negro y la típica e invasora luz blanca de las oficinas judiciales. Como un cuadro de Rembrandt, como una novela de Kafka, el intenso clima del film da cuenta de lo laberíntico que pueden resultar, para los empleados públicos, los intersticios burocráticos de la Justicia.

Otra clave de El notificador pasa por el recurrente empleo de un recurso quizá trillado que, sin embargo, encuentra acá un válido artilugio, una razón de ser: la voz en off de Eloy dirigiéndose al juez en un alambicado lenguaje judicial a partir del cual da cuenta de su estéril entusiasmo por cumplir como sea su trabajo (aun transgrediendo los límites de la ley), sus peripecias a medida que se va enfrentando a distintas dificultades, como la caída en un pozo en plena calle, el comienzo irremediable de una fatiga laboral que lo asfixia. Cada una de estas intervenciones ante el juez se cierra, se clausura con un cuasirreligioso “se hará justicia” que tiene mucho de amén.

La paradoja es que la modalidad a partir de la cual realiza su trabajo asemeja a Eloy a un delincuente, una de cuyas claves es hacer lo posible por no escuchar a sus víctimas, no conmoverse ante lo que tienen para decirle, tal como se endurece un secuestrador frente a las súplicas de su víctima. Así, Eloy tendrá que hacer oídos sordos ante los lamentos por un desalojo o la incapacidad práctica de la gente para hacerse cargo de un problema legal. En ese sentido, Eloy va atravesando una serie de casos que lo van retrasando de su meta diaria: un muerto (es literal) que no puede firmar el documento, una señora solitaria en el abismo de la locura, un nene que en ausencia de su padre acepta falsificar su firma a cambio de un billetito y hasta una gitana que, luego de anunciarle una muerte temprana al leer sigilosamente las líneas de su mano, termina robándole sus pocos bienes, son algunos de los obstáculos que se interpondrán en la marcha de Eloy, quien, para complicar aún más las cosas, debe instruir a un carismático compañero, quien, presumiblemente, terminará reemplazándolo.

La película hace uso de un lenguaje extraño y sumamente distinto de lo que se ve en el cine argentino actual, una jerga muy bien puesta que quizá da cuenta de la experiencia de este joven director que se desempeñó también como guionista para distintos proyectos de Cuatro Cabezas, History Channel y Ciudad Abierta, además de haber trabajado como consultor en la Organización de los Estados Americanos, para la que realizó diversos comerciales.

Asfixiante, claustrofóbico, acaso se le podría reprochar a este film un final algo previsible que desentona un poco con el altísimo nivel de la propuesta. Pero hay que destacar que la película cuenta con momentos excelentes que van a impactar en el espectador. Como, por ejemplo, cuando Eloy cuenta lo que le dijo su formador, el oficial Omar Mosquera Barón, durante su primer día como notificador: “Me manifestó que los beneficios del trabajo son infinitos y que el sueldo de un oficial notificador es equivalente al de un político honesto, al de un abogado mal pago, al de un deportista en decadencia. Me dijo que el sueldo de un notificador era la suma exacta de todos los privilegios menos las horas de insomnio, y que si evitaba leer los papeles que llevaba, los beneficios del trabajo podían ser también la medida de todas las cosas”.

Justamente, una buena definición de una buena película es cuando, al menos por un instante, y gracias a la intensidad de su efecto, logra convertirse en la medida de todas las cosas.

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