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Domingo, 9 de diciembre de 2012

PERSONAJES > EL ENVOLVENTE BENEDICT CUMBERBATCH: EL MEJOR SHERLOCK AHORA ES LA EXPRESIóN DEL MAL EN EL HOBBIT

VEO UNA VOZ

 Por Natali Schejtman

Para los y las fanáticas de Sherlock, la reversión contemporánea del clásico de Conan Doyle producida majestuosamente por la BBC, la noticia sólo podía provocar ilusión: Benedict Cumberbatch, acaso el mejor Sherlock Holmes posible en este espacio/tiempo, iba a tener una extraña y sutil aparición en la saga El hobbit. Su papel: poner solamente la voz y los gestos al malvado dragón Smaug y al oscuro Nigromante/Sauron, gracias a la fascinante técnica de la motion capture (la misma que creó a nuestro querido Gollum/Andy Serkis). Más allá de los minutos en pantalla, que son mínimos pero le prometen una secuela más protagónica, es todo un acto de justica la idea de capturar, además de su atrapante voz, la sutileza de su movimiento y de sus gestos, esa inefabilidad que hoy la tecnología materializa en imágenes. El mismo lo filtró hace unos meses: “Creo que mi ojo puede abrirse en el final de la primera película y que después pueden ver el resto de mí en la segunda”. Su estela algo venenosa es tal vez de lo más atractivo que este inglés en la mitad de los 30 agrega en cuanta pantalla toca.

Será por su belleza gélida y amedrentadora, con esos rasgos extraños, como si fuera el hijo pródigo de un país inexistente, con ojos grandes, separados y rasgados al amparo de un marco de cejas que parecen dibujadas por el creador del Tetris, y el labio superior dividido por una ve corta tajante. O será, sobre todo, por esa voz, subterránea, cadenciosa y elegante. Pero los papeles que le han tocado en suerte muestran un catálogo de personajes freaks, enigmáticos, buenosmalos o directamente villanos, siempre hermosos y profundos. Ya fue Stephen Hawking en otra serie de la BBC, será Julian Assange en una biopic futura y el villano de la próxima Star Trek dirigida por J. J. Abrams, entre muchos papeles promisorios. Además, con una prestigiosa carrera en teatro, el año pasado pisó las tablas del Royal National Theatre con su porte agridulce y su standard english para ser Victor Frankenstein y su criatura en una versión dirigida por Danny Boyle.

Hijo de actores y educado en la excelencia aristocrática inglesa, Cumberbatch interrumpió un año de su formación oficial para ir a enseñar inglés a un monasterio tibetano. Y uno se lo puede imaginar: harto del ruido londinense, de la frivolidad y del coffee shop universitario, comunicándole a su familia a la hora del té su opción por la virtud del retiro espiritual/servicial. En definitiva, ésas son las experiencias que podían alimentar su mirada intrigante y la actitud parca pero amable que a poco serían su marca. Después, volvió y estudió drama y actuación en universidades de renombre dentro de la isla. Su acento inglés no sólo es la debilidad de algunos espectadores y, seguramente, profesores de idiomas. También toca el talón de Aquiles de directores de películas de época –como Caballo de guerra, la de Spielberg sobre la Primera Guerra Mundial, o Amazing Grace, sobre la abolición de la esclavitud en Gran Bretaña, o incluso El topo, sobre los flemáticos espías de la Guerra Fría–-. Pero llamativamente, así como su dicción remite al pasado estetizado, ese timbre se va convirtiendo de a poco en un fetiche de la ciencia ficción. La combinación del acento y la voz, sin edad ni tiempo, le permite una flexibilidad excéntrica.

Como la mejor muestra de ese excentricismo está Sherlock, una adaptación actual con smart phones, blogs y guerras de Medio Oriente, pero con un personaje de estirpe decimonónica volcado a la viralidad web. Para componer a Sherlock, Benedict parece procesar todo lo mejor del personaje literario con su indeleble marca distintiva. Frialdad, soberbia, lucha interna, crueldad, nobleza reprimida y algo de budismo tibetano. Es un señorito inglés bello y temible, de una inteligencia violenta, sin lugar para los sentimientos mundanos, aunque a veces hasta puede usarlos al servicio de su deducción.

Algo de eso probablemente explote en la próxima Star Trek, de la que sólo se conocen 60 segundos en los que lo que aparece como protagónico es, más que nada –vaya–, la voz de su villano protagonista, es decir, nuestro hombre de hielo: una declaración de venganza que viniendo de quien viene promete no tener ninguna complacencia.

Si hubiera que ponerse quisquillosos y marcar los riesgos de este actor envolvente envuelto a su vez en la industria cinematográfica (con tanque australiano incluido), aparece justamente el regodeo constante en su rareza, en su profundidad, en su seriedad, en su sofisticada ferocidad. Para los fanáticos del Sherlock benedictino, otro riesgo clave es que se engolosine en las grandes producciones y se olvide de que nos debe la tercera temporada, que por cierto no para de retrasarse. Que así no sea.

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