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Domingo, 6 de enero de 2013

HALLAZGOS > LOS TESTIMONIOS RUSOS DEL SITIO A STALINGRADO

EL ARCA RUSA

Durante décadas, la batalla de Stalingrado fue el emblema de la crudeza del frente Este durante la Segunda Guerra: el invierno feroz que detuvo la invasión nazi, el cerco a la ciudad, las historias descarnadas de hambre, frío y muerte, la orden de Hitler de “no dar ni un paso atrás”, la “guerra de ratas” en la ciudad, el comienzo del colapso de la maquinaria militar del Reich... Durante 70 años se escribieron libros, se dieron interpretaciones, se usó como ejemplo del eclipsado sacrificio soviético en la victoria aliada, pero recién ahora se abre el archivo que quizá pueda contar de primera mano aquella batalla interminable considerada la más sangrienta de la humanidad: Los Protocolos de Stalingrado reúnen testimonios directos tomados con la pólvora aún en el aire y escondidos durante 70 años del mismo stalinismo que lo había encargado a un historiador judío.

 Por Mariana Dimopulos

Stalingrado ardía en septiembre de 1942. Los alemanes dominaban la mayor parte de la ciudad en ruinas. El capitán Axionov, apenas llegado, fue trasladado a la zona de las fábricas para ver los pobres resultados de la resistencia rusa. En diciembre, cuando un grupo de historiadores de Moscú viajó a documentar la batalla que decidiría el destino de la Segunda Guerra, les dijo de su primer día: “Recorrí la línea del frente de combate y encontré una cantidad de cosas horribles. A fines de septiembre los alemanes habían bombardeado varios puntos de nuestra división y las refinerías, donde habíamos puesto parte de nuestra defensa. Había muchos muertos: en todos lados hombres sin enterrar, cadáveres en las trincheras, muertos civiles, mujeres y niños, cerca de los botes, de los edificios, en todas partes”.

Al igual que el capitán Axionov, otros cientos de soldados fueron entrevistados por una comisión de historiadores proveniente de Moscú. Los relatos espeluznantes de estos testigos y participantes de la batalla se descubrieron hace muy poco. Habían quedado en dos sótanos por setenta años, a resguardo de la censura soviética posterior. Ahora, ordenados y seleccionados por el historiador alemán Jochen Hellbeck, acaban de ver la luz en la editorial alemana Fischer bajo el título Los Protocolos de Stalingrado. En este documento único, que promete revolucionar la historiografía sobre la batalla más importante del siglo pasado, no se ocultan las falencias con las que luchó el Ejército Rojo: ni la falta de armas al principio de los enfrentamientos, ni el desconcierto de los que recién llegaban y eran puestos de inmediato a pelear, ni la poca instrucción de los refuerzos interminables que la comandancia fue suministrando a la ciudad a través del río, a falta de algo mejor. Fueron seis meses de lucha. Las grandes bajas se dieron sobre todo en septiembre y octubre, por los bombardeos de la Luftwaffe y la superioridad, perfeccionada en años de rearme secreto de los famosos tanques germanos. Pronto Hitler decretó su “ni un paso atrás” y Stalin hizo otro tanto.

La comisión de historiadores de Moscú, organizada por Izaak Minz, se había creado unos meses antes de la batalla de Stalingrado y tenía como meta redactar una crónica de la “Gran Guerra Patriótica”. Las pautas entregadas por Minz a los entrevistadores cerraban con la advertencia: “No ocultar dificultades y carencias. No embellecer la realidad. En todas las descripciones mantener rigurosamente la fidelidad a la verdad histórica”.

Hasta 1945 la comisión reunió enorme cantidad de documentación en varios frentes, pero en 1947 solo había logrado publicar una versión breve de la gran crónica, donde no se reproducían los protocolos, y donde Stalin se convertía, por arte de magia de la censura, en el único héroe y responsable de la victoria. Una segunda mala decisión había tomado Minz, además de su profesionalismo: era judío. Con la ola creciente de antisemitismo posterior a la guerra, perdió su puesto en la universidad y dejó la comisión. Pero antes puso Los Protocolos a resguardo, al enterarse de que el Ministerio de Defensa soviético preguntaba por el destino de los documentos. Minz sabía que si entraban en el archivo militar, desaparecerían quizá para siempre. Publicados en apretadas seiscientas páginas, puntualmente para el 70 aniversario, estos protocolos representan una novedad sin precedentes en la historiografía de la Segunda Guerra. Desde un principio, los relatos sobre la batalla se dedicaron a mostrar el cerco desde la óptica de los alemanes, convertidos en víctimas una vez que los rusos dieron vuelta la batalla y ellos empezaron a morirse de frío y de hambre. Hay testimonios, de cartas y diarios, donde se habla de días sin comer, de raciones de 50 gramos de pan. Eran unos 300 mil alemanes, y solo un tercio sobrevivió. Dice Axionov que mientras tomaban prisioneros, los rusos se burlaban del estado de los soldados alemanes: “Venían envueltos en cualquier cosa. Uno tenía una colcha alrededor de cada pie, otros, como los espantapájaros, venían encapuchados con sábanas”. Pero la invasión de Hitler, que había empezado en junio de 1941, le había costado a Rusia solo en los primeros meses no menos que tres millones, que murieron o pasaron a los campos de concentración alemanes.

Con la edición de Los Protocolos, Hellbeck se enfrenta a versiones como las del clásico Stalingrado (1998), del historiador inglés Anthony Beevor. En ese tipo de reconstrucciones hay una fascinación por la máquina destructora alemana, y un desconocimiento de los motivos de la victoria rusa. “Ese libro –dice Hellbeck– está saturado de clichés de propaganda antisoviética que se remontan a la época del Tercer Reich.” Lo mismo ocurre con los supuestos 13.500 soldados soviéticos ejecutados porque que se negaban a pelear. Hellbeck explica que la cifra hace agua: Beevor cita una fuente, un historiador militar, que no cita fuente alguna. De los nuevos documentos solo pueden deducirse unas trescientas ejecuciones. Pero por sobre todo, el hallazgo de los protocolos daría al fin respuesta a eso que nadie se supo explicar hasta ahora: ¿cómo fue que ganaron los rusos? Porque no solo ganaron la batalla más sangrienta, los seis meses de “guerra de ratas” en las ruinas de Stalingrado, sino la guerra misma, contra un enemigo que ninguno había podido frenar. Hoy se cree que sin la contraofensiva rusa y la entrada del Ejército Rojo a Berlín en 1945, Hitler no hubiera caído.

La respuesta es una sola: la política. Fue por obra del engranaje entre la sociedad y el partido que se formó esa valentía y esa voluntad de sacrificio del Ejército Rojo. Para entenderlo, asegura Hellbeck, hay que dejar de pensar al partido como una fuerza puramente represiva sobre los ciudadanos. “En el correr de la guerra, el partido pudo profundizar su influjo sobre el ejército, porque su trabajo político se adaptaba bien a la situación del soldado, y se volvía más realista.” Los guías políticos que trabajaban en el frente daban discursos apasionados en la trinchera y salían a pelear para mostrar cómo hacerlo. Llevaban un práctico maletín de “agitación”, que se abría como un cofre, con el juramento militar bordado en seda, los retratos de Lenin y Stalin, libros, panfletos y planos militares, además de un juego de dama y dominó. Durante el día se resistían hasta 25 ataques del enemigo, y no debía faltar la distracción, ni los 100 mililitros de vodka por cabeza.

Otro tanto hacían los periódicos del frente, que construían sus héroes día a día. Se recolectaban las historias de la jornada de lucha y se presentaban los personajes a imitar. Muchos soldados recibían un “diario personal”, aunque algo limitado en la redacción: lo único para anotar era la cantidad de alemanes abatidos. El tema del héroe fue central en el trabajo de agitación en el frente; pero no era un héroe individualista, se lo pensaba como parte de un colectivo, luchando por una causa políticamente justa. En cambio, según los soviéticos, los alemanes no mostraban ninguna de estas virtudes. Esto dejaba perplejos a sus interrogadores cuando caían prisioneros, esa pura “disciplina mecánica” alemana.

Hasta ahora, los pocos testimonios que existían sobre la Gran Guerra Patriótica habían sido descalificados como “ideológicos”. En la línea de Beevor, la historiadora Catherine Merridale muestra en La guerra de los Ivanes (2005), una historia social del Ejército Rojo, al soldado soviético como una víctima que ha sido engañada por el régimen y la propaganda. Para evitar esa influencia, Merridale decidió entrevistar a varios veteranos de guerra para su libro. Es más que irónico, dice Hellbeck, que finalmente también los haya dejado de lado, sacando la misma conclusión: los veteranos estaban sumergidos en una falsa conciencia que hacía inválidos sus testimonios. Hellbeck tiene su respuesta a esta trampa de querer separar la ideología de las experiencias de los soldados. Los que sigan sosteniendo que la población soviética solo era esclava del sistema, asegura, jamás se enterarán de por qué millones de rusos (se calcula que murieron unos veinticinco millones en toda la guerra) pelearon y trabajaron hasta caer rendidos para vencer a los alemanes.

Si no fuera por Los Protocolos de Stalingrado hubiera sido imposible reconstruir ese “clima político” del frente. El único libro que lo había hecho hasta ahora tenía una desventaja a la hora del testimonio histórico: era una novela. Es el Vida y destino de Vasili Grossman. También judío, Grossman cubrió varios frentes como corresponsal de guerra. Como lo muestran sus diarios (en los que basó su novela), estaba conmovido por la fuerza cohesiva de la batalla y la valentía de los soldados con los que había compartido la trinchera. Los ejemplos de su libro son muchos, y recuerdan a los de Los Protocolos: la secretaria del general que empieza a escribir un mensaje urgente en un refugio y es bombardeada, sobrevive y pasa a otro refugio para seguir escribiendo y es bombardeada, sobrevive, y al final lo termina en un tercero; el soldado que es trasladado herido al otro lado del Volga, se escapa, vuelve desesperado a pelear con su unidad. Y no es casualidad que el manuscrito de la novela de Grossman, que es la gran épica rusa de la guerra del siglo XX, haya corrido la misma suerte que los documentos reunidos por Isaac Minz. Solo se salvó de la destrucción por haber quedado oculto, colgado de un perchero, en la cabaña de un amigo lejano. El original, las otras copias y hasta la cinta de la máquina de escribir habían sido incautadas y destruidas por la KGB en 1961. Grossman, al igual que Minz, murió sin haber visto publicada su obra, que solo en los años ’80 pasó la frontera en un microfilm y fue publicada en ruso en Suiza.

Con su gran coro de voces, Los Protocolos siguen la tradición de la novela rusa clásica. Hellbeck los ordenó con distintos criterios: algunos más fragmentarios, otros se reproducen enteros, como el del propagandista que lee los informes del día traducidos al alemán, en el frente, tendido entre los muertos: “Los alemanes se acercaban rápido al megáfono. Por lo general no disparaban durante la emisión. Pero apenas terminaba empezaban de nuevo.” Estos testimonios van desde el de Chuikov, el general del ejército a cargo de Stalingrado, hasta la ayudante de cocina que queda en las ruinas de la ciudad y vive de los cadáveres de caballos congelados en las calles. El libro es también un gran retrato de la vida en combate. Hablan las enfermeras, encargadas de atender a los soldados caídos, vendarlos y transportarlos hasta la ribera del Volga. Se calcula que un millón de mujeres pelearon y trabajaron para el Ejército Rojo, y muchas como voluntarias. Habla también el oficial que queda solo con unos pocos soldados, es descubierto por el enemigo, tiene apenas un fusil y sale a pelear. También uno que reconoce haber sido un cobarde, y en seis meses haberse limitado a sobrevivir.

Pero hay más. Lo que decidió publicar en Los Protocolos de Stalingrado el profesor Hellbeck, que nació y estudió en Alemania y trabaja en Estados Unidos, es solo una parte de la documentación. Es posible que lo haya hecho precisamente en alemán, antes que en inglés, para apelar primero a un público que es heredero directo de los responsables de la invasión y que, ya desde los años ’50, acostumbra pensar en Stalingrado como una tragedia alemana. El resto del material, dice Hellbeck, será objeto de sus próximas investigaciones. Muchas veces, la comisión de historiadores llegaba a los pueblos y las ciudades liberadas muy poco después de la retirada de la Wehrmacht. Se trata de una fuente de información única para retratar la ocupación nazi. Un tema que en Alemania nunca dejó de verse como una mezcla de error histórico y conquista fallida.

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