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Domingo, 20 de enero de 2013

CRUCES > RUBéN RADA Y JAIME ROOS: ALREDEDOR DE EDUARDO MATEO Y LA MúSICA URUGUAYA

PENSANDO EN MATEO

En Uruguay, en medio de lo que el propio Roos llama “el mejor festival de música popular en el Río de la Plata”, dos de las más grandes figuras de la música uruguaya, alejadas durante más tiempo de lo que muchos quisieran, aceptaron por separado mirar atrás y repasar el largo camino que compartieron. A su manera, Jaime Roos y Rubén Rada se encontraron alrededor de la misma figura: el cada vez más mítico Eduardo Mateo y el inmenso legado de su candombe beat.

 Por Mariano del Mazo

Mientras ensaya una versión de “Aquello” con sus guitarristas, Rubén Rada sentencia: “Jaime Roos es nuestro Gershwin”. Al día siguiente, frente a un bosque nocturno que arrima extraños sonidos, Jaime Roos dice: “Rada es un artista fabuloso. Hace como cuarenta años vi el primer concierto de Tótem, yo no tenía entradas y entré sin pagar en el medio de una avalancha. Lo que vi ese día no me lo olvido más: cantando era un monstruo, y temas como ‘Dedos’ o ‘Biafra’ eran barbaridades”. No se cruzaron por horas. La locación es la ensoñada playa de Portezuelo, en Punta Ballena, Uruguay, en el marco del Festival Medio y Medio (“el mejor festival de música popular en el Río de la Plata”, Jaime Roos dixit, y algo de eso hay). El viernes actuó Rada; el sábado, Roos. Viendo los conciertos y conversando por separado con los respectivos protagonistas lo que late de fondo, entrelíneas o no tanto, es un mapa posible de lo mejor de la música uruguaya de los últimos 50 años. Un mapa, una intersección de caminos, una tradición. En la superficie, el fin de un distanciamiento que duró demasiado.

El entramado es complejo en su riqueza y va desde Alfredo Zitarrosa hasta Franny Glass. Pero el que parece haber marcado a todos desde una extraña modernidad es un artista maldito e inabarcable llamado Eduardo Mateo, que inventó el candombe beat, que se dejó abducir por la bossa nova y la música hindú y que murió temprano, cuando estaba en plena tarea de deconstrucción de su propia cancionística. Entre la belleza digamos clásica de temas como ‘Esa tristeza’ o ‘El príncipe azul’ y los delirios sonoros de La Máquina del Tiempo y La Mosca fundó un estilo radical que en su momento fue sofocado por el canto político que encarnaban Zitarrosa, Viglietti, Los Olimareños, Los que Iban Cantando y otros. Mateo marcó, para empezar, a Rada y Roos. Pero también aparecen, por supuesto, el tango, el candombe negro, la murga blanca, Los Beatles. “Y mucho más –dice Rada–. Uruguay es un país muy colonizado y hemos sido totalmente influenciados en los ’50 por la bossa nova y en los ‘60 por el folklore argentino y, también, muchos se olvidan, por El Club del Clan. Hasta que empezamos nosotros. Fue durísimo: un trabajo largo, te lo puede contar Jaime. Todos confluimos en Mateo: quien niegue en Uruguay a Mateo lo deschava la guitarra. Escuchás a Drexler, está Mateo; escuchás a Cabrera, está Mateo. Y el tipo en vida fue olímpicamente olvidado. Como dijo Horacio Buscaglia: ‘¡Qué sponsor la muerte!’. A mí no me gusta mucho hablar de él, porque parece no sé qué. Pero fuimos muy amigos. Aprendí mucho, durante tres años debemos haber compuesto 300 canciones: excepto las que rescató Carlos Piriz, olvidamos todas. Pensá que la banda que teníamos, El Kinto, no grabó ningún disco oficial. Ahora todos hablan, pero yo soy el que estuvo con él con todas sus amarguras. Comíamos pan con mortadela, fui testigo de las peleas con sus novias, con su familia, de cuando le pegaban en la calle. Sufrió mucho: dio todo, le chuparon su música, no se llevó nada.”

Jaime Roos tocó con Mateo y fue en los ’90 el compilador de su caótica obra. “La música popular uruguaya tiene un tronco básico y desde fines de los ’60 es un juego de postas. Mateo tuvo distintas épocas: hizo un camino parecido al que hizo Picasso, que empezó con el naturalismo y terminó destruyendo la pintura con el cubismo. Yo vengo de Mateo, pero también de otras influencias. No hay rastros de él en temas como ‘Brindis por Pierrot’ o ‘Adiós juventud’, pero sí en ‘Parece’, ‘Quince abriles’, ‘La sirena’, ‘Historias tristes’, ‘Te hizo vivir’. Vienen del candombe beat que él formuló.”

Al fin, Rada y Roos son dos exponentes del ADN étnico de Uruguay, un país en el que los descendientes de los esclavos africanos se fundieron con la inmigración de fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. El recorte también es social: Rada es hijo de los conventillos de negros. “Puedo ir para cualquier lado, pero mi país es el candombe. Y el candombe, la milonga y el tango es prácticamente lo mismo.” El show que dio en Medio y Medio se llama precisamente Tango, milonga y candombe y ahí desnuda la raíz compartida de esos ritmos. Mezcla en una misma canción ‘Milonga para una niña’ de Zitarrosa con ‘Los ejes de mi carreta’ de Yupanqui, su ‘Candombe para Gardel’ con ‘Milonga sentimental’ de Sebastián Piana y así.

Roos tiene ascendencia judía y libanesa y es hijo, dice, “de la gloriosa educación pública uruguaya de otras décadas”. “Yo salía a la esquina de casa y pasaban negros, gallegos, judíos. En las calles se escuchaba candombe y murga y mis viejos tenían discos de Zitarrosa, Yupanqui, Bach. Después, búsquedas propias: Los Beatles me volaron la cabeza, a los 15 años me hice socio de la Cinemateca Uruguaya y con mis amigos discutíamos sobre el último disco de Zeppelin y sobre Sócrates. Me anoté en la Universidad, hice dos años de Ciencias Económicas. A los 21 me fui de casa y me hice hippie. Toda esa ensalada está en mis canciones.”

La música uruguaya se escucha en blanco y negro. Ya no queda nadie en Medio y Medio y Jaime Roos concluye: “Octavio Paz dijo que con cada lengua que se extingue en el universo, lo que se pierde es una visión del universo. Rada, Dino Ciarlo, Maslíah, Cabrera, Drexler, yo, estamos dando una visión del universo. Por eso me molestan las bandas de rock uruguayas que se espejan en el rock internacional o en el argentino. No por nada. Simplemente el acento les sale mal”.

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