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Domingo, 20 de enero de 2013

PERSONAJES > CARLA BRUNI SE REINVENTA DESPUéS DEL PODER

SIEMPRE TENDREMOS PARIS

 Por Agustina Muñoz

Carla Bruni es alguien muy extraño. Ya lo era cuando dejaba un noviazgo duradero con Eric Clapton para arrojarse a los brazos de Mick Jagger para ser su amante mientras él esperaba el parto de su última hija (“Quiero ser tu maîtresse preferida, para siempre”, dice Bruni que le dijo en una carta; también que cuando él la dejó, creyó que nunca se recuperaría). O cuando se enamoraba perdidamente del primogénito de su novio, el famoso editor y periodista Jean Paul Enthovan, al que le dio un nieto apenas meses después de confesarle que quería que la dejara embarazada. Lo fue cuando, después de vender millones de discos con sus chansons, sorprendió a todos con su compromiso con el entonces recientemente divorciado y flamante presidente de la derecha neoliberal francesa, Nicolas Sarkozy, con el que se casó al poco tiempo. Pero más lo fue en el último año, en ese limbo materno-político en el que se había hundido y del que parece estar despabilándose. La última campaña presidencial por un segundo mandato en pleno puerperio parece haber sido demasiado para esta María Antonieta moderna, como suelen llamarla en Francia. Bruni salía a regañadientes a eventos públicos en los que se la veía amordazada por el botox, ojerosa, mal peinada y con trajecitos de cajera de banco que si bien servían para ocultar su figura de madre a los cuarenta, eran de una abulia notable. Resistía como podía a los diarios sensacionalistas que hablaban de su mal estado físico, hacía campaña a favor de su marido, desentendiéndose por completo de las causas abiertas por malversación de fondos, corrupción y alianzas con Khadafi y Mubarak diciendo cosas como “somos una pareja de franceses modestos”. Era demasiado para una Europa en crisis que estaba harta del show business mezclado con política de Berlusconi y su esposo. Pero como ya no cortan cabezas, prefirieron mostrarla desfigurada y gorda en cuanto medio pudieron y así lograron hundirla –a ella, la más hermosa de todas–. Sin embargo, si uno mira bien, en esa desidia con la que elegía su vestuario, el triste brushing que llevaba el día del acto en el que dejó el palacio presidencial y la sonrisa ensombrecida imposible de ocultar, se confirmaba que no todo estaba perdido, que la oscuridad que sentía era más fuerte que los mil libros de protocolo e incluso, que su ambición. Y esa pesadumbre e irreverencia esquivando a estilistas y peluqueros eran mejor que todas las fotos de ella impecable besando políticos; la prueba de que todavía no la habían capturado del todo.

La vida en el fondo del pozo le duró apenas unos meses. Hace pocas semanas, volvió a la vida pública, con París empapelada con su cara vendiendo auriculares de diseño y como chica de tapa de las revistas Vogue y Elle. Carla está más Dr Jekill y Mr Hyde que nunca, menos hinchada, de nuevo linda, pero con un dejo de algo en la cara que tal vez ya no se le vaya nunca: más curtida, más frágil y alerta. Por un lado, está empecinada en cultivar su nuevo perfil de burguesa moralista, aconsejándole públicamente a la novia del presidente Hollande que debería casarse y dejar de vivir en el Elíseo como concubina; pero por otro, salieron a la luz versiones que afirman que nunca dejó de ver a Mick Jagger, al que le debe la idea de ponerse a cantar siguiendo la tradición familiar (su madre es concertista y su padrastro, además de millonario, es compositor clásico). Con una serie de desmentidas tibias del tipo “una amistad entrañable que se mantiene en el tiempo”, los supuestos celos de Sarkozy y una nueva biografía de Jagger (The Wild Life and Mad Genius of Mick Jagger) en la que se asegura que en los ’90 la entonces esposa de Mick, Jerry Hall, tuvo la mala suerte –y el privilegio– de encontrar en su cama a su marido desnudo junto a Bowie, Bruni y la entonces ignota Angelina Jolie, Carla vuelve a tener que lidiar con su faceta anti esposa aplicada. Tanto Angelina como Bruni quieren borrar ese pasado desesperadamente y nada han dicho respecto de esa noche. Pero, si bien Angelina sigue conservando cierta gracia detrás de su título de Miss Naciones Unidas, Bruni recompone su imagen diciéndole a Vogue que después de tantos años de terapia, finalmente se parece a su madre. O: “No soy una feminista. Por el contrario, soy una burguesa. Amo la vida familiar y hacer todos los días lo mismo”. Esta parece ser la nueva vida de Bruni, quien prepara un nuevo disco mientras cría a su hija Giuilia en un petit hotel parisiense que cada dos por tres es intervenido por un juez que busca pruebas contundentes para llevar a Sarkozy a la cárcel. Antes de Navidad le preguntaron por la causa abierta contra su esposo y ella dijo: “No voy a hablar de eso nunca más. La aventura política fue divertida, pero quiero volver a ser una ciudadana común. Ya no tengo obligación de responder sobre un mundo que me enriqueció humanamente, que me abrió los ojos, pero que en el fondo es un mundo que no me pertenece”.

Uno podría pensar que se trata de una chica brava que sentó cabeza; que a sus 45 años, ya cansada de deplorar la monogamia como declaró alguna vez, quiere quedarse en su casa y mirar la tele. Tal vez –y es lo que ella se está encargando de alimentar en cada entrevista que da– esté verdaderamente enamorada de Nicolas Sarkozy y eso la ha cambiado, como sólo puede hacerlo el amor furioso y profundo. La verdad es que, contrariamente a lo que vaticinaban las malas lenguas de todo un país que en mayo pasado no volvió a elegir a su marido, no lo abandonó una vez terminado su ciclo. Sino que, por el contrario, salió a redoblar la apuesta y a gritar de viva voz que no puede creer que los franceses no hayan reelegido a ese ser brillante, inspirador y valiente que duerme con ella todos los días. Carla Bruni es como Don Draper en la última temporada de Mad Men, carece de encanto en tanto se comporta como una buena esposa; su luz está en el desborde amoroso, en los caprichos sentimentales y las aventuras improbables que son muestras de un deseo galopante que suele salirse con las suyas. Habrá que ver de qué hablan las nuevas canciones de su disco, si Mick Jagger sigue dado vueltas por ahí, si Eric Clapton sigue diciendo que fue la mejor amante que tuvo jamás, si Raphael Enthovan y su padre siguen distanciados a causa de ella. El amor loco que ella dijo buscar irremediablemente se ha aquietado bajo las molduras de su casa burguesa, pero eso sólo podría ser un capítulo más de su vida. Y toda la moralina, un esfuerzo excesivo para tapar su claustrofobia. Del alto perfil del modelaje de los ’90, al mercado discográfico, pasando por el núcleo duro de la gauche caviar, llegando a la política europea de la crisis y el exceso; por todos esos lados ha pasado Bruni sin tener que dar demasiadas explicaciones, hasta que la relación con Sarkozy le dio otras responsabilidades y la convirtió en una maqueta de “rebelde recuperada” obligada a protegerse.

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