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Domingo, 4 de agosto de 2013

YA NO

 Por Sergio Kisielewsky

Ya no es el gol de Bernao a Roma...

Ya no es ir al Maracaná y ganarle 3 a 2 al Santos de Pelé.

Ya no es el pase de Bochini a Percudani que nos dio la Intercontinental en Tokio, mientras los muchachos de la Juve decían “para qué nos trajeron aquí” si el peladito hace de las suyas. Hablaban del saltito, el saltito cuando venía la pelota y los esquivaba o tiraban la patada cual guadaña, y el Bocha sólo trababa, definía y daba el pase...

Nunca entendí por qué papá, que era de Boca, festejaba que yo era del Rojo. Me traía El Gráfico, las primeras fotos con Hacha Brava Navarro levantando los dos brazos con el equipo detrás, saludando a la tribuna. El equipo usaba la roja con escote en V y jugaba las Libertadores casi siempre en canchas embarradas, donde a Santoro una vez se le fue la pelota entre las piernas en un partido en el Centenario de Montevideo. Aún recuerdo estar con una pequeña radio en el patio de casa escuchando cómo nos ganó el Inter y fue la primera vez en mi vida que lloré por el Rojo. Papá decía que Roma era un arquerazo, que Rojas y Marzolini eran de oro, juntos vimos el gol que Bernao hace la diagonal y la pone en el ángulo y el cuerpazo de Roma no llegó y yo no grité, pero papá se tapó la boca con la mano y después me tocó la cabeza. A la cancha no me quiso llevar nunca, salvo para ver a la Selección. Y ahora que papá no está y el Rojo va a jugar en la B, la película pasa más rápido como la corrida de Percudani en la final de la Copa del Mundo ante la Juve o el Bocha poniéndosela junto al palo de Gatti y Villaverde sacándole la pelota a Perotti sin que se diese cuenta. Y las paredes con Bertoni y Burruchaga. Eran épocas de los últimos potreros: en el que yo jugaba estaba en los baldíos de la estación de Villa Pueyrredón y nunca nos peleábamos por cosas del fútbol, siempre jugábamos hasta que anochecía y cuando regresábamos del colegio, volvíamos a jugar con Bichi, Marcelo, Villalba; ninguno era del Rojo, salvo un amigo de mi padre que vivía en Mar del Plata y me llevó a la doble visera. Después hubo una época en que no me ocupé del fútbol y no seguí muy de cerca al equipo, y en el taller literario “Mario Jorge De Lellis” no hablábamos de fútbol entre 1974 y 1977.

¿Cuándo se desmoronó todo para que juguemos en la B? ¿Cuándo nos empezó a ganar San Lorenzo? ¿Cuando aumentó la paternidad de River? No sé responderlo, pero sí puedo entender por qué otros festejaban lo que el Rojo en ese entonces ganaba, campeonatos nacionales, metropolitanos, Supercopa. En la foto en blanco y negro estaba el petiso Mura; Monge y Tarabini son flashes que pasan, imágenes que se van colando como las subidas del Chivo Pavoni y después Clausen, punteros rápidos como Barberón, Brailovsky y Alzamendi, un medio campo imparable con Pastoriza, Raimondo y el polaco Semenewicz. Después dejé de ir a la cancha cuando escuché los cantos antisemitas de la barra brava y vi los destrozos que hacían en colectivos y bares. Tal vez ellos se merezcan todo este presente sin gloria y sin consuelo. El poeta Luis Eduardo Alonso escribió que “la vida por Perón no fue una muerte brusca sino una lenta agonía”. Salvando las grandes distancias, esto le pasa al Rojo, a su historia, y en eso estamos: consternados, furiosos, tristes. En junio de 2013 fue la segunda vez que lloré por el Rojo, lágrimas que no se parecen a la transpiración que dejábamos en los potreros, siempre con lealtad en el juego, fidelidad con el amigo, con el que vivía en la misma cuadra y tomábamos la merienda. Lo otro es una anécdota, un pedazo de barrio y un horizonte sin certezas, salvo una: que la vida no es un recuerdo eterno.

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