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Domingo, 2 de febrero de 2014

EL SECRETO DE SUS OJOS

CRONICA. En los comienzos de la revuelta egipcia, en enero de 2011, un joven dentista llamado Ahmed Harara fue uno de los tantos que salieron a la calle. Pronto sufrió la pérdida de un ojo por una bala de goma. Mientras se deshacía el régimen de Hosni Mubarak y el ascenso de los Hermanos Musulmanes era un hecho, en otra represión, un año después, le dispararon un perdigón que le destrozó el nervio óptico y así quedó ciego. Pronto se convirtió en un icono de lucha y hombre providencial, un líder que a su vez niega todo liderazgo. Quizás, Ahmed Harara sea representativo de la confusión enorme que reina actualmente en Egipto, pero también es un símbolo de fe y optimismo en un cambio más definitivo, símbolo que exhibe con la palabra Libertad que puede leerse en su mirada.

 Por Facundo García

Desde El Cairo

Cegar. El verbo suena oscuro. Medieval. A Ahmed Harara lo cegaron por protestar. Hablarle de antes es como hablarle de otra vida: era dentista y poco más. A sus treinta y un años vivía en un barrio acomodado de El Cairo, y no cuesta imaginarlo montado en un auto último modelo. Pero corrían los primeros días de 2011 cuando escuchó por televisión que la gente pedía la renuncia de Hosni Mubarak, el dictador que había tomado el poder hacía casi tres décadas.

“Escuché que el pueblo gritaba en la plaza Tahrir y bajé. A mí me iba bien, pero sabía –lo había sabido siempre– que la mayoría de la gente en mi país sólo tenía tiempo para pensar en comer”, recuerda. Para él fue el fin de otras miserias. La miseria de que la vida se redujera a ir del trabajo a casa, a ver la tele y a comprar. Hasta que en uno de los enfrentamientos con la policía le volaron un ojo con una bala de goma.

Ahmed siguió yendo a las manifestaciones con un parche. En Tahrir se sentía vivo: conocía a personas diferentes que le hablaban de libros, de canciones, de formas de vida que no había conocido antes. Once meses después de la primera lesión, los sádicos volvieron a apuntarle. Un perdigón de goma seis veces más grande de lo normal le destrozó el nervio óptico.

Despertó en la cama de un hospital. No veía. Se levantó, quiso irse rápido, y por la noche apareció en televisión nacional todavía con las vendas, llamando a la gente a no caer en la trampa del miedo. “Me quitaron los ojos, no la dignidad”, repetía.

Por esa época empezó a circular por Internet un video casero que indignó a todo Egipto. Aún está en YouTube: la policía se ve de espaldas, reprimiendo a un grupo de manifestantes que tira piedras. Un tipo de uniforme entra en el plano y apunta. No a los pies, sino a la altura de las cabezas. Dispara. Sus compañeros lo felicitan:

–¡Esssa! ¡Se la diste justo en el ojo!

Con el correr de las semanas se supo que otros habían sufrido heridas como las de Harara. No uno ni dos: decenas. Incluso se identificó a personajes escalofriantes, como el protagonista de aquel primer video casero, el lugarteniente primero Mahmoud Sobhi El Shinawi, alias “el cazador de ojos”.

Como fuera, parecía que el movimiento revolucionario iba a ganar la partida. Mubarak renunció, y aunque el ejército había formado un “gobierno interino”, las elecciones libres se adivinaban en el horizonte. El mundo contuvo la respiración cuando un grupo largamente perseguido, los Hermanos Musulmanes, triunfó en las elecciones legislativas y también en las presidenciales. El nuevo presidente, Mohamed Morsi, sería el encargado de responder al mensaje de las urnas bajo las premisas del Islam político que defendía su partido.

Al ejército esto le hizo tanta gracia como el striptease de una momia. En consecuencia –más allá de haber aprobado una nueva Constitución– las intenciones de los Hermanos Musulmanes no pudieron pasar de ser eso, intenciones. Faltaba petróleo. Escaseaba la comida. La crisis económica iba al galope y millones de egipcios salieron otra vez a las calles. Entre ellos Ahmed: “A mí la salida de los Hermanos me pareció algo positivo. En Europa el fascismo religioso duró décadas. Aquí solamente un año”.

Lo cierto es que el ejército jugó rápido y tomó el poder a través de un golpe de Estado que las potencias se apresuraron a nombrar con eufemismos. Por eso la respuesta de Harara descoloca. Ya no está Morsi, es verdad, pero hay más carros blindados y camiones militares que nunca. Ni siquiera se salva la plaza Tahrir. Muros de hormigón bloquean el acceso desde las calles aledañas, y –como apunta Ahmed– “en medio de la plaza los militares han montado un monumento dedicado ‘a las víctimas de la represión’. Un canto a la hipocresía”.

Ahora en Tahrir se pueden comprar máscaras de Anonymous o posters de milicos. Salen igual. Entre las oficinas de empresas turísticas fundidas, la enormidad del Nilo y los olores de frituras, veinte millones de personas apelmazan su vida esquivando el tráfico y preguntándose cuándo volverán los extranjeros y sus dólares. En un año, los Hermanos Musulmanes pasaron de ser gobierno a ser declarados grupo terrorista y defenderlos puede ser penado con cárcel.

LO QUE QUEDO DE TAHRIR

Hace cuatro mil años los primeros faraones se retrataban en medio de dos leones en lucha, como si el caos estuviera bajo control gracias a la monarquía. Ahora quien se presenta como “el pacificador de Egipto” es el general Abdel Fattah al-Sisi, ex jefe de inteligencia y en este momento la figura política más poderosa del país. Su “gobierno interino” ha promovido un referéndum constitucional y promete elecciones en breve. E inquieta que Harara esté a favor de participar. Son millones los jóvenes que estarán de acuerdo con él. Es la postura del Egipto cosmopolita y moderno, el de Twitter y Facebook, el que habla inglés, el que quiere dar vuelta la página de un pasado garabateado por autócratas y religiosos conservadores. Aunque para eso tenga que pagar un precio carísimo, por adelantado y sin garantías.

¿Creés que en Egipto ha habido un golpe militar?

–No. Creo en el poder del pueblo. A la junta militar le interesaba situarse al lado de las masas para imponer sus condiciones. En 2013, millones se movilizaron contra el gobierno de Morsi. Pero pasó otra vez como en 2011: los militares, y especialmente el general Al-Sisi, apuestan a polarizar al pueblo con un discurso sentimental, asegurando la protección contra los “terroristas Hermanos Musulmanes”. La gente entonces quiere darle una oportunidad. Así que yo no veo que haya sido un golpe. Más bien fue un abuso por parte de la corporación militar, que aprovecha para cubrirse contra lo que pueda venir.

¿Pero sentís que hay condiciones para votar una nueva Constitución?

–El ejército va a decir que si no bajamos a votar será una victoria del terrorismo. Todo estará a punto para que sea una votación exitosa, por lo tanto creo que habrá participación. Al mismo tiempo, está claro que el temor también influye.

La Constitución propuesta no sólo mantiene el poder del ejército, sino que lo atornilla a una democracia de mazapán. El ministro de Defensa –también jefe del ejército, es decir, el que manda sobre los tanques– será nombrado por el cuerpo castrense y no por los electores, y mantendrá su puesto durante ocho años.

“Quieren que dejemos pasar cosas como ésa –avisa Harara–. Nos aseguran que los desacuerdos de hoy podrán modificarse mañana, y que peor es nada. Y la verdad es que están preparando todo para mantener sus privilegios. Eso es lo que combatimos nosotros, y por eso vamos a ir al referéndum... para votar en contra.”

Quien escuche hablar a Harara –incluso si ha nacido en un país tan propenso a la polarización como la Argentina– se preguntará qué proyecto político se puede articular si se desestima a los millones que votaron un gobierno islámico hace tan sólo unos meses. Harara es optimista. “Quieren transmitir que la rebelión no ha servido de nada, que todo seguirá igual. Pero hemos cambiado irreversiblemente. Por más que el tablero político se haya convertido en un juego de sillas en el que no se entiende bien quién se ha quedado con qué, hay una nueva conciencia”, recalca. El cambio, si llega, será difícil. Los jóvenes que integraron la crème de la revolución contra Mubarak y las protestas contra Morsi están fuera de la torta del poder. Los militares controlan entre el diez y el cuarenta por ciento de la economía, y mantienen aceitados contactos con la élite. No se trata sólo de armas: la corporación castrense produce desde spaghetti hasta ropa, pasando por la cría de ganado, y recibe –después de Israel– la mayor “ayuda económica” de la región por parte de los Estados Unidos, un socio siempre atento.

En contraste –y más allá de Harara– pocos conocen los problemas que enfrentan los “jóvenes de Tahrir”. Hay heridos. Hay encarcelados. En diciembre, tres de los líderes de la rebelión de 2011 –Ahmed Maher, Ahmed Douma y Mohamed Adel– fueron condenados a tres años de prisión. Incluso un chico de quince años, Khaled Mohamed Bakara, estuvo un mes en una celda, rodeado de presos adultos, luego de que el director de su escuela llamara a la policía porque el pibe tenía entre sus cuadernos afiches a favor del ex presidente Morsi. Ahora las protestas no son lo mismo. El que quiera manifestarse tiene que hacerlo “en el marco de la ley”. Eso significa que hay que pedir permiso a las autoridades. Si no se obtiene la venia y se sale igual, a la cárcel. Demasiados egipcios se sienten excluidos, y El Cairo se de-sangra a un ritmo de entre uno y diez muertos por semana. Bombas. Manifestantes asesinados por la policía. En la capital, o en cualquiera de las ciudades que salpican la orilla del Nilo, los últimos Hermanos Musulmanes que se atreven a protestar son acribillados como ratas. Y la vida sigue.

ESCRITO EN EL OJO

Para muchos, Ahmed se ha convertido un “mártir viviente” de la revuelta egipcia. Para otros, encarna los claroscuros de una revolución incompleta. El niega todo. Dice que la figura debe ser la plaza Tahrir y sus manifestantes, y que lo mejor es que no haya líder “porque de esa forma no podrán cooptarnos”. No nota, o no quiere notar, que ahí por donde pasa, la gente se detiene a escucharlo y a pedirle consejo. En otros barrios a eso se le llama “líder”.

A veces suena ingenuo, otras veces habla de Dios, y no es raro que haga las dos cosas a la vez. Dice que lo que le pasó es voluntad de Alá y que seguirá peleando. Parpadea exactamente cada un segundo, y la palabra “libertad” que se lee en su ojo es como el titilar de un cartel de neón. A la sombra del invierno cairota, entre mesas de bar, su contorno tiene el trazo de un personaje de comic.

Contame de tu ojo escrito.

–Ah, esto (pestañea). No es para mí, es para los que me ven. Perdí mis ojos por la libertad, y entonces se me ocurrió que estaba bueno escribirlo para que no se olvide. De paso varío y llevo uno de cada color.

Hoy Ahmed trabaja en la sección de economía y sociedad de la ONG Egiptian Initiative for Personal Rights. Si lo dejan: en la calle lo tratan como a un tótem. Lo paran para abrazarlo, o tocarlo. Una mujer lo encara: “Ahmed, me gusta cómo hablás, pero ¿por qué estás contra el ejército?”. Entonces Harara suspende todo y se pone a darle razones. Es una de esas personas dispuestas a convencer al resto de la humanidad uno por uno.

Y también ríe. Ríe más de lo que uno intuye que reiría si le destrozaran los ojos. “Es la fe. Con fe se puede... no sé como decírtelo en árabe... bend the natural laws of nature (en español: “torcer las leyes de la naturaleza”). Si te movés con fe, los demás se unen.”

Ya no le gusta hacerse fotos en Tahrir. Las odia. Dice que el “monumento” a los muertos le hace hervir la sangre. Después de dejarse retratar en otro lado, parte con rumbo desconocido entre las nubes azules que deja el smog de una de las ciudades más populosas del mundo.

No va solo. Lo rodea cada vez más gente. Más y más.

* Facundo García y Vanessa Escuer están cruzando África de norte a sur. Algunas de sus crónicas pueden leerse en www.suenantambores.wordpress.com.

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Imagen: Vanessa Escuer
 
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