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Domingo, 10 de mayo de 2009

Aramburu, entre Rucci y Lavalle

 Por José Pablo Feinmann

La novela es una tragedia, narra una tragedia. Hay algo que dijo Horacio: que él no habría venido si hubiera tomado partido. Yo no tomé partido. Hay algo muy importante: el secuestro y muerte de Aramburu ocurre en plena dictadura de Onganía. Esto lo diferencia de todas las acciones de la guerrilla, que ocurren a partir de la iniciación del gobierno democrático de Cámpora. Pero hay que tener en cuenta que cuando Fernando Abal Medina dispara, la Argentina lleva quince años de gobiernos ilegales, militares o civiles abiertamente cómplices. Yo soy cada vez menos cauteloso, o cada vez me enojo más, con los gobiernos civiles que aceptaron el juego antidemocrático y proscripcionista entre 1955 y 1970, el momento de la muerte de Aramburu. Tampoco está comprobado que alguno de estos jóvenes haya pasado por el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara, que ya era una evolución hacia el castrismo.

El narrador es conjetural. Y acá habría que discutir hasta qué punto el narrador es el autor: yo no lo sé. El narrador es muy cauteloso ante ciertas afirmaciones y ante la ausencia de una materialidad verosímil, conjetura. Eso facilita mucho las cosas y da una enorme libertad, que aquí consistió en hacer de Aramburu un general, más que arrepentido, que estaba creando una salida con la inclusión del peronismo mediante un diálogo serio. El general de esta novela debe ser inteligente: ¿por qué? Porque tiene que decir todo lo que hubiera dicho. Yo no sé si él dijo todo lo que dice en la novela, lo que sé es que eso es lo que hubiera debido decir para defender su vida. De modo que Fernando dice: “No sé de dónde este general habla así, o por qué despertó en mí todas estas dudas; quizás el hecho de estar tan cercano a su muerte lo tornó más inteligente”. El tipo que ve que lo van a matar empieza a elaborar argumentos en su defensa que llevan al ejecutor a dudar muchísimo. El principal reproche que le hace Gustavo Ramus a Fernando es que no hable más con Aramburu. “Porque cuanto más hablás, más se te transforma en una persona, en un ser humano. Vos no tenés que matar a una persona: tenés que matar a un gorila, a un general fusilador, a una idea, la idea de la revolución del ’55, de los fusiladores de Valle, a los responsables de la masacre de José León Suárez, del bombardeo a la Plaza. Vos tenés que matar eso. Cuanto más hablás con él, más vas a tener que matar a Aramburu.” En la ficción ocurre justamente eso: Fernando no puede dejar de escucharlo. Aramburu se da cuenta y entonces es como si ganara terreno. Y apela a denigrar a Perón: “El líder al cual vas a obedecer, bajo cuya conducción aceptás incluirte, te va a traicionar –le dice–. Yo podría contarte cosas aborrecibles de Perón”. Y ahí Fernando le contesta: “Es inútil, yo crecí escuchando cosas aborrecibles de Perón. Y por eso estoy aquí. Ustedes me hicieron ser lo que soy”. Fernando es el producto perfecto del estado gorila de la Argentina entre 1955 y 1970.

No es tan fácil condenar a Fernando. Porque cuando Aramburu le dice: “¿Pero ustedes qué justicia popular están representando, en qué asamblea el pueblo les dio ese poder?”, Fernando le responde que no hace falta esa asamblea, que el juicio ya está formado, está hecho. Cuando muere Aramburu, la mayoría del pueblo pobre, y de muchísimos intelectuales, se alegran, lo festejan. Aunque hoy parezca increíble, sobre todo para los jóvenes, este país vivió esperando a Perón durante muchos años. Al punto de transformarlo en una figura mítica, de creer que iba a volver en un avión negro, de que cuando volviera todo se iba a arreglar. En cuanto Jorge Antonio lo informa en Madrid, Perón dice: “Bueno, le tocó”. Le tocó algo que se esperaba. Algo para lo cual Aramburu había hecho todos los deberes necesarios: los hizo todos. Con la curiosa variedad de que era el más arrepentido en este momento. Y ahí lo que dice Walsh: que quizás Aramburu arrepentido se parezca a Lavalle.

Así, el libro es mi visión de Fernando Abal Medina conduciendo el primer acto de violencia de la organización Montoneros, una violencia que ocurre en medio de la ilegalidad institucional. La que ocurre en medio de la democracia yo no la justifico desde ningún lado: mientras un país tenga recursos democráticos a través de los cuales expresarse, la violencia no tiene sentido. Tampoco acá puedo decir, a esta altura de mi vida, que la violencia no tiene sentido, porque el hombre no puede sino matar: ha matado siempre, va a seguir matando, y el “no matarás” de Oscar del Barco es como el mío, sólo que le dieron mucha menos pelota. Y me castigaron enormemente, entre ellos Horacio, acá presente. Si algo lamento de La sangre derramada, un libro que hoy me hace antipático, es que toma partido, lo contrario que hace Timote. Pero yo pienso tomar partido, por ejemplo, con lo de Rucci. Perón acaba de ganar con el 64 por ciento de los votos; si uno sabe que confía para su proyecto sindical en un tipo como Rucci, le guste o no a uno, no se lo puede matar de 23 o 24 balazos. El pueblo al que decimos representar acaba de elegir al viejo líder: yo no tengo la menor duda de que lo de Rucci es un asesinato. Lo de Aramburu, en cambio, no sabría cómo calificarlo.

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