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Domingo, 23 de mayo de 2010

CIENCIA

Hombres de ciencia, hombres de fe

 Por Federico Kukso

John Locke y Jack Shephard. Jack y John. Muy a pesar de Jacob, del humo negro sin nombre ni apellido, del accidente aéreo, de la Iniciativa Dharma, de la escotilla y del resto de los náufragos de peinados perfectos y que aparentemente nunca van al baño, Lost –la primera obra de arte transmediática del siglo XXI– siempre fue algo más: un planeta complejo, caótico e impredecible con dos polos bien definidos, o sea, dos visiones del mundo antagónicas pero coexistentes que dialogan, chocan y se sacan chispas. De un lado del ring, la fe, el dogma y la creencia acérrima en el destino corporizada en Locke. Y del otro, la razón, la ciencia, la duda metódica, el acento en la evidencia y el poder de la observación, todo esto y más personificado y condensado en Jack, el neurocirujano de brazo tatuado, cuyo ojo abre la serie –y seguramente la cierre– en un primerísimo primer plano.

“El show se bambolea entre lo sobrenatural y la ciencia actual, ficción y realidad, y se mezclan las explicaciones científicas con la magia y el mito”, certificó hace unos años Damon Lindelof, uno de los cerebros detrás de la adicción. Y así fue: esa tirante tensión constituyó desde el arranque uno de los motores principales de esta experiencia narrativa hipertextual –con temas que se conectan siempre con otros temas– que no deja de atrapar, desorientar, confundir y volver a atrapar.

Las piezas estaban ahí, a la vista: los nombres de ciertos personajes clave como Daniel Faraday –bautizado en honor al físico y químico inglés Michael Faraday (1791-1867), uno de los pioneros en el estudio del electromagnetismo–, George Minkowski –referencia al matemático alemán Hermann Minkowski (1864-1909), especialista en teoría de números y la teoría de la relatividad– y Eloise Hawking –en honor al astrofísico inglés Stephen Hawking, cuyo best-seller, Breve historia del tiempo, apareció dos veces en la serie–; la repetición de una ecuación matemática –la “ecuación Valenzetti”: 4, 8, 15, 16, 23 y 42–, un teorema inventado para la mitología lostiana que predice el número exacto de años y meses hasta que la humanidad se extinga a sí misma. Y, sobre todo, la alusión a conceptos de mecánica cuántica, relatividad y otras disciplinas como “energía electromagnética”, el “efecto Casimir”, “agujeros de gusano” y, sobre todo, “materia exótica”, ni más ni menos que “el combustible básico para los viajes en el tiempo”, en palabras del popular físico teórico Michio Kaku, que escribió largo y tendido sobre estos ejemplos de ciencia pop.

Mientras que en la mayoría de las series de ciencia ficción las ciencias actúan superficialmente como maquillaje –un lenguaje críptico para otorgarle a la historia un velo de seriedad–, en Lost fueron cruciales, principalmente a lo largo de la cuarta temporada, cuando se revelan los experimentos de los científicos de la Iniciativa Dharma en la Estación Seis o La Orquídea, en los recordados “videos de orientación”. De hecho, las ciencias –física, sociología, antropología– constituyeron una pieza narrativa central del rompecabezas: el ancla de Lost, el contrapeso del cual se valieron los guionistas para que la historia –¿pensada desde un principio?– inquietase y desconcertara con sus adorables delirios dentro de un marco de cierta racionalidad.

Sin embargo, cuando los guionistas ya no precisaron de este elemento (la retórica física, los pizarrones colmados de fórmulas y garabatos, los personajes con bata blanca) para inquietar y disparar infinitas conjeturas e interpretaciones en el espectador, simplemente, lo apartaron del mapa. Y la bipolaridad –“hombre de ciencia, hombre de fe”– simplemente se licuó.

Con la metamorfosis de Jack y su grito desesperado de “¡tenemos que volver!” (a la isla), la balanza terminó por inclinarse hacia el lado del discurso fantástico y mitológico, lo incalculable e inaprehensible, un ámbito sin certezas ni puntos de equilibrio, sin respuestas últimas.

Por eso, Lost será recordada, además de por haberle dado la espalda al canon televisivo estadounidense (el de los finales felices y donde todas las puertas abiertas finalmente se cierran), por haber sido un experimento –una droga televisiva– donde las preguntas y las dudas fueron, antes que los actores, las verdaderas estrellas.

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