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Domingo, 13 de febrero de 2011

> LOS PANFLETOS ANTISEMITAS

La mala conciencia de Francia

 Por Hugo Salas

Leer casi un siglo después de publicados los panfletos de Céline traídos a discusión supone sumergirse en un inmenso y rotundo balde de mierda. Contra el pudor que quisiera creer que tal vez no sean tan extremos, cada una de sus páginas supone una nueva incursión en el odio y el desprecio, y su acumulación, la seguidilla, resulta francamente nauseabunda. Podrá decirse que lo mismo es válido para sus obras mayores, en particular Viaje al fin de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), donde una pluma envenenada y brutal descarga su condena sobre la humanidad toda. Tal observación, aceptable, más que disculparlo abre serios debates sobre la totalidad de su obra.

Antes de entrar en ellos, vale la pena prestar atención al contenido de estos textos publicados entre 1936 y 1941, cuando ya habían sido publicadas las dos novelas más importantes del autor. El primero de ellos, Mea culpa, resulta hoy muy poco corrosivo, apenas un breve libelo anticomunista en nombre de una supina y olímpica desconfianza en el hombre. Los problemas comienzan con Bagatelas para una masacre (1937), monólogo y diálogo con un interlocutor imaginario que comienza bajo la apariencia de una respuesta a la recepción de su obra: “La crítica en sí no existe... la crítica en sí es una farsa. Existe una crítica condescendiente y luego otra, venenosa. Toda miel o toda mierda. Cuestión de parcialidad”. Este lugar común, sin embargo, no tarda en desfondarse en una larga tirada de insultos, imprecaciones y argumentos falaces contra los judíos, a lo largo de 379 páginas escritas con indisimulada dureza. “En primer lugar, a partir de hoy mi crítico soy yo. Suficiente. Magníficamente... Necesito organizar sin tardanza mi defensa. Necesito anticiparme a los judíos... ¡todos los judíos! Racistas, hipócritas, cortos de luces, frenéticos, maléficos.”

Los argumentos, barajados y repetidos hasta el cansancio, serán familiares para cualquiera que haya conocido otros libelos antisemitas: los judíos son los dueños de todo, la historia de Occidente es la historia de la subida de los judíos al poder, el comunismo y la democracia son, cada uno a su manera, formas disimuladas de la “dictadura judía” sobre la mayoría aria, en realidad la raza judía es resultado del entrecruzamiento entre los negros y tribus bárbaras asiáticas, los judíos deberían ser enviados en primera línea al campo de batalla y demás. Cita textualmente, como era habitual en la época, el falso Protocolo de los Sabios de Sión y no vacila en traer sobre la memoria de los franceses los ecos del caso Dreyfus. A manera de originalidad, cabe reconocer tres puntos: un elogio de Hitler a partir únicamente del reconocimiento de la fuerza (“Hitler no me miente como los judíos, no me dice ‘soy tu hermano’, me dice ‘el derecho es la fuerza’”), un ataque contra la estandarización de la humanidad por medio de los medios de comunicación, en particular el cine, que antecede a las reflexiones del grupo de Frankfurt sobre la industria cultural, y una hipótesis delirante donde los judíos, vía la francmasonería, serían responsables del fracaso último del sueño imperial napoleónico.

La recepción, en su época, fue más escéptica que indignada. Muchas reseñas preguntaron cuáles serían las verdaderas motivaciones de Céline para publicar semejante texto (en 1945, todavía, Sartre insiste en que la única explicación es que le hayan pagado los nazis) e incluso Gide, en un artículo publicado en la NRF, lo supone demasiado grotesco para ser tomado en serio, una boutade. En nuestros días, algunos defensores intentan demostrar que en realidad los tópicos son más la decadencia de la sociedad francesa de los años ’30 y su pacifismo, cuando de la lectura surge claramente que en Céline no existe para nada una actitud pacifista sino antibelicista (cosas muy distintas), y que la mentada decadencia de Francia es para el autor, en suma, causada por los judíos.

La duda, en realidad, la cierra el propio Céline al año siguiente, con L’Ecole des cadavres, de “apenas” 274 páginas, un texto mucho más fragmentario, ágil si se quiere, y con mayor aspecto de palimpsesto, de recopilación de ideas propias y ajenas. “Me atrevo a citarme: Bagatelas para una masacre os enseñará, creo, bastante sobre la importancia de esta cuestión, su actualidad, lo que nos espera. Todo está escrito. Yo no descubrí nada. Ninguna pretensión. Simple divulgación, virulenta, estilizada.” En general, este segundo panfleto se caracteriza por la radicalización de las posiciones anteriores. Si en Bagatelas todavía decía no hablar en contra de todos los judíos sino tan sólo de los “judíos racistas”, aquí todo judío, grande o pequeño, es un “encargado del oro del diablo”, son biológicamente corruptos, causan enfermedades e incluso los tilda de “monstruos”. Los masones son llamados “judíos sintéticos”. La línea histórica se extrema: no sólo vía las hipótesis de otros historiadores antisemitas de la época como Dasté, sino a partir de una hipótesis descabellada según la cual la división del Imperio Carolingio sellada en el Tratado de Verdún (celebrado en 843) no ha sido más que una treta para dominar a la raza aria mediante la división y el enfrentamiento de Francia y Alemania. Furiosamente antiestadounidense, en particular antineoyorquino, a la vez que anticomunista, deliberadamente propone una alianza con Alemania (no con Italia, cuyo antisemitismo juzga “tibio, pálido, insuficiente”) “y no una pequeña alianza, precaria, de risa, frágil, paliativa... ¡Para nada! ¡No! ¡No!... Una verdadera alianza, sólida, colosal, de cal y arena. ¡De por vida! ¡Hasta la muerte!”.

Hacia el final, por si alguien tiene dudas, se apresura a disiparlas: “Esto que escribo lo pienso, solito, y nadie me paga para pensarlo ni me estimula... Es mi lujo. Mi único lujo”. Muchas pruebas podrían traerse a colación para enterrar cualquier intento de defensa. La primera, que el último panfleto, Les beaux Draps, fue publicado en 1941, es decir durante la Francia de Vichy, y un año después se reeditan los anteriores. Según varias fuentes, en la misma época el escritor remitió unas treinta cartas de delación a la prensa colaboracionista y probablemente también a la Gestapo. La más incontestable de las pruebas, quizá, tiene que ver con el paso del tiempo: al día de hoy, aunque Céline y luego su viuda se han negado a reimprimirlos, los folletos circulan fundamentalmente en ediciones clandestinas de los diversos grupos supremacistas blancos y neonazis surgidos a fines del siglo XX.

Ahora bien, como se ha dicho (y como acepta el autor, al reconocer en Bagatelas... una vulgata “estilizada” del antisemitismo), estos panfletos tienen un vínculo estrecho con la escritura de Céline y por ello resulta imposible ignorarlos a la hora de pensar su legado. En este punto, su caso se diferencia sustancialmente del de muchos intelectuales cuyo pasado antisemita salió a la luz, con gran escándalo, luego de su consagración, incluso a veces después de su muerte. A diferencia de lo ocurrido con los artículos de Paul de Mann o Maurice Blanchot, por ejemplo, no es posible decir que estos panfletos constituyen errores de juventud y apartarlos, condenar al hombre y salvar la obra, porque en la medida en que comparten su estilo visceral, no es posible ignorarlos como extensión política de la mirada que sustenta su narrativa.

Es cierto, también, que Céline no fue el único escritor o intelectual pronazi de su generación. Enfrentados a Sartre y el grupo de la resistencia podemos encontrar a Pierre Drieu la Rochelle (amante y luego amigo de Victoria Ocampo), Robert Brasillach, Ezra Pound y Martin Heidegger. En gran medida, la consagración de un discurso que establece el nazismo como “mal absoluto”, metafísico, en vez de un monstruoso y desafortunado proceso histórico, ha impedido reconocer que el antisemitismo, de hecho, era una ideología de amplia divulgación en la Europa de principios de siglo (como bien retrata Proust), con todas las consecuencias que ello trae. De hecho, esta demonización muchas veces ha impedido analizar seriamente la relación entre esas formas políticas y pensamientos nihilistas, al borde, al límite, como la filosofía de Nietzsche o la escritura de Céline.

¿Pero qué vuelve tan ríspido su caso, este caso, y no otro cualquiera? Mientras que muchos intelectuales, como Heidegger, jamás produjeron en el interior de su obra teoría explícitamente nazi (provocando que hasta el día de hoy muchos universitarios investiguen las relaciones posibles entre su filosofía y la ideología del partido), los panfletos de Céline, indisociables de su obra, lo son, y lo son con el estilo mismo de su literatura. En otra tónica, tenemos a Drieu o Brasillach, escritores importantes en su época, pero de segundo orden. Lo escandaloso de Céline, su mérito paradójico, es haber hecho antisemitismo dentro de su obra pero haber escrito también un libro tan ineludible y decisivo como Viaje al fin de la noche (caso que sólo se repite con Ezra Pound).

En la insolencia maestra de su obra, que impide cualquier clase de olvido o una lectura limitada a los círculos académicos y especializados, esa voz que grita se convierte en la mala conciencia de Francia. No es porque sea una anomalía, un monstruo, que Louis-Ferdinand Céline no deba ser celebrado como escritor nacional, sino por todo aquello que ilumina de la propia historia de la Nación, de sus ideas y de sus propios debates políticos.

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