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Domingo, 3 de junio de 2012

> LAS RAíCES DE UNA PASIóN

Un inglés en Nueva Orleáns

 Por Hugh Laurie

Nunca tuve, nunca compré música pop. Nunca me gustaron las bandas que mis compañeros escuchaban en la escuela. Hice pastiches de varios géneros musicales en sketches de comedias, pero escondido detrás de ese velo cómico. Me escondía no sólo musicalmente: lo hacía de muchas maneras, creo. Con este disco levanté el velo. Creo que tuve algunos discos de los Stones, en parte porque creía que merecían ser seguidos, pero nunca compré un disco de David Bowie, por ejemplo. No recuerdo dónde estaba cuando escuché que John Lennon había sido asesinado, pero sí recuerdo dónde estaba cuando murió Muddy Waters. Estaba manejando por la autopista A1 hacia Lincolnshire y tuve una reacción horrible, egoísta. Pensé: nunca voy a verlo tocar.

Con el blues sentí que era algo muy lejano a mi experiencia. La primera vez que escuché blues no entendí mucho de qué se trataba, pero me hacían sentir de una manera especial, como ninguna otra cosa. Supongo que, al venir de una familia presbiteriana, entendía cierto valor de sufrimiento y escasez que tenía un grado de nobleza. Posiblemente me atrajo una música que tenía que ver con la falta y con la pérdida, aunque yo nunca experimenté eso en mi vida. Pero estoy tratando de racionalizar algo que no es racional. Sencillamente lo que sucedió fue que el blues me erizó la piel, me paró los pelos de la nuca. Para mí es música que expresa todas las emociones humanas posibles. Me hace reír, me hace llorar. Y puede ser muy ingeniosa. Y muy sensual. Puede ser gozosa, alegre y también melancólica y terriblemente triste. Me alucina la gente a la que no le gusta el blues. No puedo creer que la gente no esté escuchando a Leadbelly y James Booker todo el tiempo. El primer blues que escuché fue de Willie Dixon. Yo iba en el auto con mi hermano, debía tener 11 años. Cambió todo. Dejé mis clases de piano a pesar de que mi madre enloqueció. Hice una huelga de hambre de tres días porque sencillamente no quise seguir aprendiendo música clásica: la profesora se la pasaba diciendo “no vamos a tocar esto, es un negro spiritual”. Era lo único que yo quería tocar. Solamente me reconfortaba tocar “Swannee River”, lo más parecido a un blues que me enseñaban. Esa batalla la gané. Tres días sin comer y logré no tomar más clases. Otra decepción para mi madre, que entonces decidió mandarme pupilo.

El elemento central de todo este proyecto es mi genuino amor por esta música y mi deseo de comunicar este amor y esta música a otra gente. Obviamente me preocupó que alguna gente pensara que yo estaba involucrado en algún tipo de pastiche –especialmente temía que lo pensaran los músicos–, pero creo que rápidamente se dieron cuenta de que no era el caso. Esto no es turismo. Si es honesto no puede ser malo.

No nací en Alabama a fines del siglo XIX, nunca comí grits, ni trabajé en los campos de algodón ni manejé un boxcar. Ninguna mujer gitana le dijo a mi madre, antes de que yo naciera, que me perseguirían perros del infierno. Quiero, también, que este disco muestre que soy un inglés blanco de clase media alta que está entrando sin permiso en la música y el mito del sur americano. La pregunta sobre por qué un chico de manos flojas y de escuela pública británica se emociona con música nacida de la opresión y la esclavitud en otra ciudad, otro continente y otro siglo es algo que otros deben responder: desde Alexis Korner hasta Clapton, de los Rolling Stones a Jools Holland. Digamos que sucede.

Lo peor es que rompí una regla cardinal: los actores deben actuar y los músicos, hacer música. Así funciona. No se le compra pescado a un dentista ni se le pide ayuda financiera a un plomero. Entonces, ¿por qué escuchar la música de un actor? No tengo respuesta. Si a alguien les importan la genealogía y el origen, debe ir a buscar a otro lado. Yo no tengo nada de calibre. Solamente amo el blues.

Y amo Nueva Orleáns. Es una ciudad que la pasó muy mal en toda su historia, no sólo en los últimos años después de Katrina. Sufrió todo tipo de tragedias. Y en la ciudad se respira una sensación muy mundana y una resignación a la dura realidad de la vida en la ciudad. Y la sensación de que sólo vivimos un período corto y que, por eso, debemos pasarla bien. Los Angeles es exactamente lo opuesto. Es un lugar donde la gente espera poder vivir 500 años y se perturba muchísimo cuando se dan cuenta de que no será así. Todos quieren ser eternamente jóvenes y hermosos.

Nueva Orleáns tiene otra actitud ante la vida y la muerte. Especialmente ante la muerte. Y me han hecho notar que en las canciones que elegí hay mucha muerte, en clásicos como “St. James Infirmary”, por ejemplo. Creo que soy un tipo un poco mórbido. O, en realidad, es que en general sospecho de la felicidad. Creo que tener presente a la muerte es necesario para la vida, y extrañamente reconfortante. Quiero decir: todos vamos en esa dirección. Todos estamos embarcados en el mismo viaje. No nos vamos a ir a diferentes planetas: vamos al mismo lugar.

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