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Domingo, 28 de abril de 2013

¿Qué me dejó Pajarito?

 Por Pipo Lernoud

La libertad de vivir día a día con lo que se va dando, con los amigos, siguiendo la ruta del “naufragio”. Como Tanguito, llevado por el oleaje del divague, atraído por el magnetismo de las casas en las que hay onda para tomar unos vinos y tocar unos blues, y reírse y hacer el amor. Como en los tiempos de La Cueva y las interminables noches de La Perla del Once, de las que Pájaro fue protagonista esencial, naufragando a los vientos de la poesía y la creatividad.

Hay que recordar que Pájaro encarnó hasta el último día una forma de vida que es una secreta tradición en la cultura popular argentina (y tal vez mundial). Una tradición que recuerda a las peñas en las que “naufragaban” Jaime Dávalos, Cuchi Leguizamón, Manuel Castilla y otros padres de la renovación folklórica, o los cafés en los que hundían su melancolía los primeros poetas del tango, apegados –como Pajarito–, a los adoquines y la noche. O las improvisaciones vitales de un jazzero como Charlie Parker o un blusero como Robert Johnson, marginados en los sótanos tristes del sueño americano.

A diferencia de muchos de los músicos y compositores provenientes de la bohemia, Pájaro nunca la abandonó para profesionalizarse, o –como nos pasa a otros– para aislarse en una vida más solitaria, persiguiendo visiones personales. Pájaro fue, como diría hace años Javier Martínez, “un compositor de calle”, de vereda y esquina, no de laboratorio musical ni estudio de grabación. En sus canciones, gráficas y sentidas, resuenan esos personajes con los que se paraba a charlar, como en el “Blues del diariero” o en “Seis o siete cuadras de la estación”.

Pionero del rock nacional desde el primer día, coautor del Rebelde de Los Beatniks, que –aunque no vendió nada– significó la patada inicial del movimiento nacido en La Cueva y La Perla, la primera vez que se gritó “no quiero ser esclavo de una tradición”.

Gracias a los años de vagabundaje creativo, Pájaro se fue transformando en un icono del rock and roll y el blues argentino con su poesía callejera y las melodías simples apoyadas en bandas formadas por amigos, músicos geniales pero casi desconocidos que pululan en boliches y casas “a seis o siete cuadras” de las estaciones del trajinado y sufrido tren Sarmiento, rumbo al oeste, en Ramos o Morón, en Castelar o Liniers, en Flores o Merlo.

Pájaro supo apoyarse en las notas sostenidas de la milagrosa guitarra de León Vanella, en la armónica de Chupete Milone, en los solos de Bocón Francino o el Conejo Jolivet, en la batería de Marcelo Pucci y el bajo de Néstor Vetere, en tantos otros que forman esa profunda corriente submarina que recorre el rock nacional casi desde sus inicios, el rock del Oeste.

Gracias a esos amigos de barrio pudo hacer un disco sorprendente como En el 2000 (también), con su tapa de caja de pizza (con escarbadientes incluido) y su sonido asombrosamente natural. Pajarito se convirtió en un maestro por fuera del rutilante mundo de show business, con su voz pequeña y su decir espontáneo.

Si existe un rock barrial, un rock que no sólo habla del barrio sino que vive allí, ese rock lo representa Pajarito. Un tipo que empezó frecuentando Mau Mau y otros boliches de alta gama a mediados de los ’60, soñando con ser un playboy como Bob Zaguri, “el que le hace el amor a Brigitte Bardot”, y encontró junto a Moris, Javier Martínez, Tanguito y Pappo el afecto de la divagata por la noche porteña. El rock lo llevó al conurbano, al olor de los malvones, a los amaneceres de casas bajas y calles tranquilas, a los lugares casi secretos en los que, finalmente, pudo descargar su “camión de rock and roll”.

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