CULTURA / ESPECTáCULOS › "A DOS TINTAS", EL FILM ARGENTINO DE BECKER Y DI SANTO

Historia entre dos realidades

Un escritor de características esquizoides concibe una historia que transcurre durante los años de Rosas. Se trata de una película primeriza, con fallas en su estructura narrativa.

 Por Leandro Arteaga

A dos tintas 5 puntos

Argentina, 2006

Dirección y guión: Walter Becker, Lucas Di Santo.

Fotografía: Claudio Perrin.

Música: Mariano Braun.

Montaje: Walter Becker, Mariano Braun.

Intérpretes: Daniel Michelli, Estefanía Bruno, Sergio Garfinkel, Liliana Belinsky, Raúl Kiko Saggini, Alfredo Anémola.

Duración: 78 minutos.

Sala: Del Siglo.

A dos tintas fue estrenada, oportunamente, por el Centro Audiovisual Rosario. Es uno de los muchos trabajos que se realizan en nuestra ciudad, y que conoce ahora la oportunidad del estreno comercial, solamente en el horario de las 20.20 en las salas de Cine del Siglo.

Concebida como una historia dual, A dos tintas toma como eje el personaje de Federico (Daniel Michelli), escritor de características esquizoides, que concibe una historia que transcurre durante los años de la Buenos Aires de Rosas, donde el amor imposible de Mercedes (Estefanía Bruno) es el móvil de un melodrama de época. Pero Federico escribe, cada vez más, obsesionado. Confunde, de a poco, sus hechos cotidianos con los que la ficción hilvana. El contacto con la realidad se vuelve un estorbo, y la escritura surge, entonces, como un medio catalizador pero, también, como el abismo sin retorno.

Es allí cuando el amor correspondido, pero imposible, aparece como grito que anuncia la angustia de lo escrito, pero también como el desquicio al que Federico se arroja. Lo que se suma a la confusión de lugares, entre los cuales aparece el psiquiátrico, junto con la relación paciente/doctor, algo así como lo que sería la que supone el par escritor/lector.

Pero las intenciones del argumento de A dos tintas comienzan y terminan allí. La manera desde la que se pretende confundir, amalgamar, ambas realidades, es algo ingenua, junto con la idea que atraviesa al film y que concibe a la creación artística como un acto enajenado, de locura. Hay ejemplos cinematográficos que referenciar. La pieza maestra de Alain Resnais, Providence (1977), confundía personajes y autor durante esa ocasión traumática que supone la escritura. Podríamos decir otro tanto de Capote (2005), desde su angustia creadora, llevada a lugares más complejos por la brillante, y aún en cartel, Infame (2006). En Los secretos de Harry (1997), Woody Allen jugaba con la misma idea, mientras enfrentaba a sus personajes, provistos de una vida propia que al autor se le volvía inmanejable. Misma situación que la reciente Más extraño que la ficción (2006) propone, a partir de la búsqueda que el personaje realiza de su sujeto creador, atrapado en plena crisis, digamos, existencial.

Pero lo que en estos films reseñados es excusa para la reflexión, en A dos tintas se vuelve pretensión, con frases escritas para la retórica, que no se corresponden con su verosímil, y con sobreactuaciones ante una cámara que evidencia ser, precisamente, una cámara que registra. De modo tal que no hay pregnancia entre lo que ocurre dentro del film, así como tampoco hacia los espectadores.

Hay algo, decíamos, de plasmación ingenua. Más aún cuando se delinea un personaje que, de a poco, se vuelve loco y reviste su habitación de iconografía de, justamente, un loco. O cuando el suicidio es una posibilidad y la imagen de ella, dibujada por un autor fantasma, llora lágrimas de tinta.

Son problemas que evidencian a una película primeriza, con fallas en su estructura narrativa. Tal vez uno de los asuntos menos tratados o abordados en los establecimientos de educación audiovisual: la escritura del guión. Y el guión, como sabemos, no sólo responde a la correcta formulación y ordenamiento de sus partes, sino también a la ilusión de realidad que debe saber hacer desprender. El cine conoce ejemplos soberbios. Allí radica la mejor escuela, a la que debiera aferrarse y, conscientemente, copiar todo aquel, maestro y alumno, que pretenda hacer del cine su profesión.

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Federico escribe obsesionado. Confunde sus hechos cotidianos con los que la ficción hilvana.
 
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