CULTURA / ESPECTáCULOS › ESOS FUNAMBULESCOS PERSONAJES QUE SE RIEN DE LA HIPOCRESIA DEL MUNDO

Como una especie de cabaret íntimo

"Varieté Trasnochada" es la nueva producción de "Los Payasos Muertos", dirigida por Mario Romeu y Adrián Giampani. Aquí la propuesta original se sintetiza en un modelo más de cámara.

 Por Julio Cejas

Hace tres años se estrenaba en Rosario, "Los payasos muertos", un trabajo nacido y gestado en los talleres de clown dictados por el actor y director Adrián Giampani. Era el producto de una búsqueda donde se intentaba dar vuelta el concepto tradicional del clown y abordarlo por el lado más oscuro, casi en el borde de una tensión entre la carcajada cómplice y la risa que nos invita a fruncir el ceño. La tradición circense y el uso denigrante que se hace del humor en la televisión y en algunos espectáculos que se consideran teatrales, son responsables de un receptor distanciado para degustar estas experiencias. Frente a este tipo de impermeables para espectadores felices, surje nuevamente otro temporal de la mano de "Descarnados", nueva propuesta que garantiza una lluvia ácida de sonrisas poco tranquilizadoras para la conciencia del buen consumidor de espectáculos. Esta especie intransigente subtitulada "Varieté Trasnochada" es la nueva producción de "Los Payasos Muertos", dirigida por Mario Romeu y Adrián Giampani, que puede verse todos los viernes de mayo a las 22 en La Morada de calle San Martín 771.

Aquí la propuesta original de aquella casi épica "Los payasos muertos", se sintetiza en un modelo más de cámara, en una especie de cabaret íntimo del humor de los que no tienen donde caerse muertos.

Hay aires de kermese popular, como aquellas que recordaba González Tuñón, con personajes que parecieran escaparse de aquel mítico bodegón apodado "El puchero misterioso" ,que describe en esa rara avis literaria que fue "Camas desde un peso (1932).

Personajes marginales que podrían rastrearse ya en "La crencha engrasada"( 1928) de Carlos De la Púa, o en Milonga de la ganzúa del Cuarteto Cedrón ,basada en el poema "Los Ladrones",del propio Tuñón.

"No tengo un cobre -dice uno de los personajes- no tengo a quien pedir un cobre, he agotado todos los recursos, desde hace ocho día me alimento con café con leche y me voy sin pagar de los bares aprovechando el menor descuido del mozo".

De esta manera es recibido el público, con una introducción que nos recuerda tanto la atormentada mirada de Arlt y el desmparo de las criaturas discepolianas, siempre vigentes en un paisaje urbano que pareciera no haber sido demolido por las constantes fachadas de los edificios "inteligentes".

Payasos que se cargan la tradición teatral del grotesco, máscaras que disparan la risa para transformarla en punzantes llamados de atención al ciudadano común que paga los impuestos y se confunde entre los que se disfrazan de honestidad enarbolando un mismo rostro.

"Al fin de cuentas, ¿qué es un hombre honesto?,un capitalista que explota a cientos de obreros, paga impuestos cuando no puede eludirlos con una coima", estalla la poesía lascerante de Tuñón, lanzada con el estrépito del papel picado y la serpentina de un corso a contramano.

Este hombre de la calle es el presentador de una serie de personajes funambulescos que se ganan la vida con oficios exóticos como aquel que se ofrece al público para cantar un menú de canciones con el instrumento desgarrado de una carcajada que se ríe de las miserias humanas.

Una serie de parejas desencontradas como la de la antigua canción infantil "Estaba la Catalina", donde una mujer desconoce a su marido y lo mata creyendo que es el soldado que le trae malas noticias del frente de batalla.

La parodia de aquel que canta apasionadamente el bolero "Mi propiedad privada",mientras irrumpe su amada con un puro en la mano y con aire de mujer liberada.

La pareja que se vampiriza y hace el amor en una fascinante escena donde los actores manipulan los "cuerpos" de sus manos como ardorosos títeres de cachiporra.

Impresionante estrategia dramática al servicio de una búsqueda que se clarifica y encuentra nuevos puntos de apoyo en una depurada técnica de clown cruzada por diferentes estilos que enriquecen la maquinaria actoral.

Un grupo de actores entrenados en una difícil performance que cruza en diferentes oportunidades el espacio del público, lo tienta y lo hace participar pero siempre parodiando las formas acostumbradas en que el teatro se vale de esos recursos.

Puertas ,ventanas y escaleras de La Morada sirven de escenografía y de renovados puntos de fuga para que estos payasos tragi-cómicos se apropien del espacio dramático de la misma manera en que lo harían por la cuerda floja de un circo de pueblo.

Un cierre desdoblado en principio con un homenaje al paso del tiempo de una pareja que envejece en escena como envejecerían también los actores acudiendo a un poético y simple recurso en manos de esos misteriosos objetos que están en escena pero que son resignificados al final del espectáculo.

Una emotiva metáfora del despojo con nuestro anfitrión descarnándose en escena al compás de la melodía nostálgica de un viejo acordeón.

Mención especial para la dúctil y talentosa troupe compuesta por César Artero, María Victoria Franchi, Diego Horacio Jozami, Gato Molina y Anabel Rosellini. Otro inteligente acierto de este plantel de creadores, entrenado y dirigido por los maestros Adrian Giampani y Mario Romeu, que se preparan para estrenar en junio un nuevo capítulo de su interesante búsqueda.

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La obra puede verse todos los viernes de mayo a las 22 en La Morada, San Martín 771.
Imagen: Alberto Gentilcore
 
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