CULTURA / ESPECTáCULOS › MUSICA. BALANCE DE 2011

A la conquista del público impredecible

El año que pasó confirmó la conducta irregular de los espectadores de la ciudad, que tuvo una asistencia dispar a los shows internacionales y volvió a darle la espalda a las producciones locales. A pesar de ello, la música sigue sonando.

 Por Edgardo Pérez Castillo

A fines de poder hacer un resumen de lo ocurrido a lo largo de 2011 en el ámbito musical de la ciudad, es necesario separar las bateas. Porque cada quien podrá dirigirse allí donde mejor se sienta representado, y en este caso el público podrá evaluar las bondades del año que pasó según su necesidad de consumo. Analizado desde el punto de vista de las grandes visitas, la última temporada incluyó un regreso de peso: el de Silvio Rodríguez, con un concierto notable en el Hipódromo de Rosario el 12 de noviembre. En esa lista, algunos podrán sumar la llegada de Guns N' Roses y otro retorno, el de Deep Purple, también en Metropolitano.

Y, en tren internacional, ese mismo espacio alojó al multitudinario show de un Manu Chao que llegó en formato de crisis europea (con un cuarteto que repitió un repertorio ya escuchado en la ciudad), Calle 13 demostró su condición de banda del momento en el Anfiteatro, los alemanes Blind Guardian deleitaron al segmento metalero y The Cult llegó con su oscuridad de los 80. También pasaron los avejentados The Skatalites, y con sus respectivos shows Adriana Calcanhotto, Liliana Felipe y Chucho Valdéz deleitaron con su obra cargada de historia y compromiso (artístico e ideológico). En ese listado de conciertos con pasaporte, el Festival Internacional de Jazz propuso una grilla de artistas de renombre, con cuatro noches en el Parque de España con concurrencia dispar.

Es aquí, en la participación del público, donde el balance puede dispararse en un análisis de difícil resolución. Es que, lejos de ser precisa, la definición del rosarino como "público exigente" quizás poco tenga que ver con su mirada crítica, sino más bien con una conducta impredecible. Esa misma conducta que, según la evaluación de los productores privados, lleva a evitar riesgos y hace esquiva la aparición de ciertos espectáculos.

Sin embargo, ese comportamiento fluctuante encuentra como principales perjudicados a los artistas de la ciudad. Lejos de cultivar el chauvinismo, o de pretender equiparar convocatorias con artistas de trayectoria internacional, el respaldo a los músicos rosarinos (y de la región en general) lejos está de corresponderse con el de una ciudad que se jacta por su profunda vinculación con lo cultural. Si así fuera, una natural inquietud llevaría a recorrer el circuito de bares y pequeñas salas donde numerosas bandas y solistas sostienen un nivel artístico que (en ocasiones) suele superar al de números que llegan desde la Capital Federal con más cartelera que sustento.

Para ser justos con los espectadores, también habrá que apuntar que los costos de las entradas se han disparado a valores que pocas veces se corresponden con la contraprestación estructural. En este punto, los productores y propietarios de salas deberían hacer su propio mea culpa: cuando los sistemas de sonido aportan más confusión que claridad, cuando los recintos pocas veces ofrecen comodidad y cuando el inicio de los shows suele superar en varias horas al horario anunciado, el público difícilmente sienta que su dinero vale. Y, aquí, poco de responsabilidad debería recaer en el músico.

En relación al mercado discográfico, no hubo lanzamientos en cantidad, más allá del sostenimiento del interesante concurso de coproducciones de la Editorial Municipal y de lo gestado desde la solidez de El Qubil (agrupación de músicos independientes de la ciudad). Algunos destacados en ese rubro: Exposiciones de Víctor Parma quinteto, Bajo fuego de Zona 84, Qué se puede hacer salvo ver (películas) de Sandra Corizzo, la colección de sonatas de Beethoven por Alexander Panizza, Anima de Ethel Koffman y Lagartos terribles de La mujer barbuda.

El 2011 fue, también, el año de la consolidación de ciertas escenas, como la tanguera (con la creación del Mutar y el sostenimiento de las orquestas escuela o el Encuentro Metropolitano) y el de la canción joven. También, el del crecimiento de otras como la murguera (alimentada por las potentes visitas de Agarrate Catalina) y de la improvisación, que este año marcó al ciclo Contemporáneo del Mundo del CCPE y que encontró en el espacio CaiRos un punto de encuentro destacado. Aun sin un festival como el de antaño (marcado por el carácter local), el jazz tuvo sus grandes momentos, el punk sus buenas visitas (Goldfinger) y la música académica interesantes cruces con lo popular, en encuentros con artistas como Franco Luciani o el Chango Spasiuk.

Quedará por analizar la necesidad de una mayor difusión para la música de la región, en un marco donde, salvo contadas excepciones, la mirada suele estar puesta en las visitas de renombre y no en aquellos que alimentan esa vieja máxima que reza que Rosario es la ciudad de los grandes músicos.

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Silvio Rodríguez volvió a presentarse en Rosario, con un gran concierto en el Hipódromo.
Imagen: Sebastián Granata.
 
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