CULTURA / ESPECTACULOS › "SOÑANDO DESPIERTO", SOBRE EL DIFUSO LIMITE DE LA REALIDAD

Entre estar soñando y el despertar

 Por Leandro Arteaga

Soñando despierto (La sciense des rêves) Francia/Italia, 2006

Dirección y guión: Michel Gondry.

Fotografía: Jean-Louis Bompoint.

Montaje: Juliette Welfling.

Música: Jean-Michel Bernard.

Intérpretes: Gael García Bernal, Charlotte Gainsbourg, Alain Chabat, Miou-Miou, Pierre Vaneck, Emma de Caunes.

Duración: 105 minutos.

Salas: Monumental, Del Siglo, Showcase, Village.

Puntaje: 7 (siete).

¿Cuál es la lógica que persigue el cine? ¿Dónde descansan las coordenadas de tiempo y espacio cuando la película comienza? ¿Cómo es posible "creer" en lo que vemos?

Preguntas que quedan al margen cuando la sala oscurece. Momento en que Soñando despierto nos arroja en su verosímil, en su desorden aparente. Poco importan las explicaciones que nos aclaren qué es lo que de veras ocurre. Es así que Stéphane (Gael García Bernal), conductor/productor de un programa televisivo onírico, nos explica recetas de cocina, o de hechicería, para el logro de sueños. Entonces los colores inundan la pantalla y nos recuerdan los títulos gloriosos de las películas de Roger Corman sobre Edgar A. Poe.

Y Stéphane, de a poco, se nos revela. Casi. Y lo vemos llegar a suelo francés con un manejo pobre del idioma, con un inglés algo mejor, con el español del México que añora. Su casera, su madre, o no, cuál es cuál, lo reciben, se instala, y duerme en su cama de niño, y descubre a su vecina, que vive en la puerta contigua. Cree estar enamorado de la otra, de la amiga, la que es esquiva y burlona, cuando en verdad está loco por la vecina, por Stéphanie (Charlotte Gainsbourg), porque comparten arrebatos espontáneos, porque simulan agua por celofán mientras encuentran la nota musical exacta, aquella que permite que el algodón su suspenda como una nube. Pero luego el algodón cae, como cuando Pequeño Nemo lo hacía desde su cama para abandonar Slumberland, el país de sueños dibujado por Winsor McCay, y Stephane ya no sabe qué es lo que le pasa o qué es lo que hizo, a la vez que procura cuadrar sus dibujos con el diseño de almanaques, trabajo que cumple en una oficina de rutinas y chistes vulgares, con máquinas raras y que sólo una persona sabe cómo utilizar.

Pues bien, que éste es el mundo de Stéphane. No hay diferencia entre lo que se sueña y lo que no. Y para colmo está enamorado. Y cuenta con una maquinita de botones que le permiten repetir o adelantar la vida. La vida, ése sueño. Qué capricho. Qué locura.

Michel Gondry, realizador que proviene del campo del video﷓clip, nos es más conocido por aquella otra montaña rusa que es Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004). Aquí, en Soñando despierto, va más allá. No hay producción norteamericana. Qué bueno. Entonces el film se pierde entre laberintos que conducen a caminos alternativos. De esos que molestan. Porque no se explican claramente. De modo tal que Stéphane se nos vuelve un problema, que nos sumerge en un mundo encantando y terrible. De escape, de refugio. Con climas que nos acercan a esos otros mundos de delirio y belleza que sabe pergeñar Jan Svankmajer, el maestro checo y surreal, dueño de la imaginería más perfecta.

Soñando despierto es un túnel de final impreciso. Animarse a caer en él es el precio de la entrada. Y lo mejor es cuando se sale de la sala. Ese momento en el que uno debe volver a acostumbrar la mirada, porque el sueño, la película, terminaron. Qué lástima. Menos mal. ¿Se detuvieron, alguna vez, en los rostros de la gente que sale de ver una película? ¿En ese momento inevitable, crítico, de reacostumbramiento sensorial? Bueno, Soñando despierto es algo, más o menos, así.

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